Japoneses secuestrados por Corea del Norte, un drama rodeado de enigmas

Décadas de frustración y oscurantismo es lo que vienen padeciendo las familias de los secuestrados.

EFE

 A Megumi Yokota se la tragó la tierra una tarde de noviembre de 1977 cuando regresaba del colegio en la ciudad de Niigata, en la coste oeste de Japón. Su historia resume el drama y enigma que rodea a los secuestros de ciudadanos japoneses por parte del régimen norcoreano.

Décadas de frustración y oscurantismo es lo que vienen padeciendo las familias de esos secuestrados por el país más aislado del mundo, a cuya capital ha viajado esta semana una misión del Gobierno nipón para indagar nuevamente en el asunto por primera vez en 10 años.

De entre todos los casos, el de Megumi siempre se ha considerado el más simbólico, tanto por su crueldad (tenía solo 13 años cuando fue apresada y llevada en barco hasta Corea del Norte) como por la incansable lucha que sus padres, Sakie y Shigeru Yokota, ya octogenarios, siguen encabezando para traerla de vuelta.

El Gobierno nipón da por hecho que, entre 1977 y 1983, 17 japoneses fueron secuestrados por el régimen Juche para impartir lecciones de cultura e idioma en programas de formación de espías.

Una de estos agentes era Kim Kyon-hui, que en 1987 hizo estallar un Boeing 707 surcoreano con 115 personas a bordo y que, tras ser detenida, dio el primer indicio sólido sobre los secuestros.

Hasta ese momento no eran más que especulaciones en los medios nipones que la opinión pública tildaba en su mayoría de invenciones paranoicas.

Nuevas pruebas fueron saliendo a la luz hasta que, en 2002 y de manera sorpresiva, Corea del Norte admitió 13 de estos secuestros.

No obstante, argumentó que, al margen de cinco ciudadanos que acabó devolviendo a Japón, los otros ocho fallecieron y que cuatro de ellos nunca pisaron suelo norcoreano.

Tokio siempre desconfió de esta versión y sospecha que el régimen de los Kim podría estar en realidad detrás de cientos de secuestros de sus ciudadanos.

Entre la lista de fallecidos facilitada se encontraba Yokota (Pyongyang asegura que se suicidó en 1994), aunque las cenizas que posteriormente envió a Japón dieron negativo en las pruebas de ADN.

Sus padres y sus dos hermanos gemelos siguen convencidos de que está viva y han recibido con ansia a lo largo de los años la poca información que se conoce acerca de Megumi y los aún más escasos testimonios de personas que se cruzaron con ella en el hermético país vecino.

Entre éstas se cuentan Hitomi Soga (secuestrada en 1978 y retornada en 2002), que vivió con ella durante cinco meses mientras ambas aprendían coreano, o la propia Kim Hyon-hui, que coincidió con ella en los ochenta en la academia militar de Keumsung.

Se sabe que se casó con un surcoreano también secuestrado por Pyongyang, Kim Young-nam, y que ambos tuvieron una hija, Kim Eun-gyong, con la que los Yokota se pudieron reunir en Mongolia por primera vez este pasado marzo. Sin embargo, no le preguntaron por su madre durante el encuentro.

"No quisimos que nuestro primer contacto con ella se convirtiera en algo que involucrara temas políticos. Además, ella ha crecido en ese país. No sabemos en qué medida puede contarnos o no la verdad", comentó a los medios la abuela tras la reunión.

La familia también ha recelado del viaje que ha emprendido la delegación nipona a Corea del Norte, ya que ven pocas probabilidades de que Pyongyang aporte información nueva y útil.

En mayo, el régimen de Kim Jong-un acordó establecer un comité de investigación para resolver el asunto y a cambio Japón decidió levantar entonces parte de las sanciones que mantenía sobre el país.

Pero las autoridades norcoreanas no presentaron a principios de otoño un informe que se habían comprometido a elaborar argumentando que la investigación marcha más lenta de lo previsto e instaron a que una delegación visitara Pyongyang para así poder ver de primera mano el estado actual de las pesquisas.

Los Yokota, al igual que el resto de familias afectadas, creen que Corea del Norte simplemente puede estar ganando tiempo con esta maniobra, lo que les aleja de su objetivo.

Este no es otro que volver a ver cuanto antes a su hija, que, en caso de estar viva, acaba de cumplir 50 años, 37 de los cuales los ha pasado lejos de ellos, viviendo en uno de los estados más represivos y herméticos del planeta.

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2014-10-29T12:16:47-05:00

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2014-10-29T15:33:56-05:00

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Idrissa Diakité - EFE

El Mundo

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