Conversatorio de Colombia 2020

hace 7 horas

¿Jaque mate a la izquierda regional?

La lucha contra la corrupción en Brasil tiene dos caras: una que demuestra que el país tiene instituciones fuertes e independientes que no excusan a un expresidente o a un alto cargo, y la otra, la feroz lucha política detrás de estos hechos.

El expresidente Luiz Inácio Lula da Silva es saludado por sus seguidores en medio de acusaciones de corrupción. / AFP

El expresidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva fue el protagonista de la etapa número 24 de la Operación Lava Jato, que desde 2014 investiga una trama corrupta de lavado de dinero en la estatal Petrobras. Se convirtió en el blanco de este momento debido a las declaraciones del diputado de su partido, el Partido de los Trabajadores (PT), Delcidio do Amaral. Según él, Lula y la presidenta, Dilma Rousseff, estaban al tanto del esquema de corrupción en la petrolera. El expresidente fue llevado por la policía a declarar, profundizando las grandes controversias entre sus seguidores y sus opositores.

De Alaska a la Patagonia, una derecha unida se fortalece y aprovecha la oportunidad política que se abrió, ante las fisuras de los gobiernos progresistas de la región, provocadas por la corrupción, el mal uso de los recursos públicos, la cooptación de instancias del Estado, el precario manejo de la economía y el deseo de mantenerse un largo período en el poder. En los últimos meses, Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador y Venezuela han vivido confrontación e inestabilidad política y, en ciertos casos, una agudización de la crisis económica.

Las preguntas son: ¿qué hace tan frágil la democracia en América Latina? ¿Hasta qué punto la disminución artificial del precio de petróleo —algunos lo denominan “dumping geopolítico”— ha erosionado las economías regionales y, por ende, recrudecido la derecha continental y mundial?

Amaral afirma que el expresidente Lula intervino en las investigaciones del primer escándalo de su gobierno, el mensalão, que consistió en el pago de propina a congresistas a cambio de apoyo en el Congreso. Un esquema recurrente en el Brasil democrático, pero imperdonable en un gobierno del Partido de los Trabajadores (PT), liderado por Lula da Silva.

Se saca a la luz un apartamento tríplex en la ciudad de Guarujá y una finca en Atibaia, que vincularían al expresidente con personas y empresas mencionadas en la Operación Lava Jato. También se habla de sumas considerables por pagos de conferencias y enriquecimiento de sus familiares.

Días antes, Eduardo Cunha, presidente de la Cámara de Diputados y uno de los 38 parlamentarios investigados en el escándalo de Petrobras, era acusado por el Supremo Tribunal Federal. Cunha responderá por corrupción pasiva y lavado de dinero.

Sin sombra de duda, Brasil vive uno de sus momentos políticos más desafiantes, que afecta sus indicadores macroeconómicos y su estatus ante las calificadoras de riesgo. A pesar del difícil panorama que abre la vinculación de Lula en el mayor escándalo de corrupción de los últimos tiempos, las instituciones del país se fortalecen en la lucha contra ese cáncer. Brasil, este gigante que ahora camina como un elefante blanco en su letargo, da a América Latina y al mundo un ejemplo de independencia de poderes.

Sin embargo, no se puede desconocer la existencia de un Brasil víctima de los acontecimientos, que ha pagado un alto precio por el incremento de la tasa de desempleo, el alza de la inflación, el juicio mediático, la inestabilidad política y la pérdida de poder a nivel regional e internacional. Parte de ese Brasil humano, sufrido y sediento de justicia por el robo a los cofres públicos se libera de sus dolores de patria. Hoy es el juez Sergio Moro, uno de los responsables de la investigación en Petrobras, quien se convierte en un héroe nacional. Da la sensación de que, finalmente, la justicia es igual para todos.

Algo loable si representara una madurez de la democracia en Brasil, si fuera un paso hacia adelante para un país mejor, más democrático, más equitativo y menos corrupto. No obstante, afuera de las dependencias de la Policía Federal (donde Lula prestó declaración por tres horas el viernes), en los pasillos en donde se maneja el poder en Brasilia y dentro del propio Palacio de Planalto, los mismos de siempre están a la espera para ver cómo se toman nuevamente el poder, cómo lo redistribuyen y cómo de una vez por todas eliminan del escenario político de 2018 —cuando se celebran elecciones presidenciales— al obrero y su creación, el PT.

Si eso pasa, el segmento conservador del país se topará con el presidente de Argentina, Mauricio Macri, y la vieja ilusión latinoamericana de un trato preferencial por parte de Estados Unidos, aunque a estas alturas no sepa si ese “buen trato” vendrá de Donald Trump o Hillary Clinton.

El escenario sería entonces una reanudación de los acuerdos con el FMI, una estigmatización más profunda de la integración regional y sus voceros, un recorte significativo en el área social, y se pelearía por la fugaz posibilidad de un asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU, que nunca va a llegar. Es decir, volveríamos al Brasil y a la región de hace 50 años.

Es imperdonable la corrupción del PT, así como de todos los partidos políticos que lo antecedieron, pero hay que entender que una salida traumática del poder, como muchos sugieren en Brasil, vale mucho más que un allanamiento, un escándalo mediático o una posible prisión del expresidente o la actual mandataria. Se aplazaría por siglos el sueño de que, en ocasiones, otro mundo es posible. Sería el jaque mate.

 

 

* Profesora de la Universidad Externado de Colombia.