Kerry propone alianzas para la paz

El secretario de Estado de Estados Unidos explica por qué en 2015 los países más influyentes deben demostrar la efectividad de “la diplomacia paciente
y la voluntad colectiva” para controlar desde amenazas de seguridad hasta virus como el ébola.

/ Reuters

Crecí a la sombra de la Segunda Guerra Mundial y en los albores de la Guerra Fría.

El trabajo de mi padre como funcionario del Servicio Exterior me dio la oportunidad de presenciar la historia con punzante proximidad: nunca olvidaré nuestras caminatas por las playas de Normandía, donde aún yacían los cascos quemados de las lanchas de Higgins, tan sólo unos pocos años después de que tantos jóvenes fueran a la tumba para que el mundo pudiera ser libre. Tampoco podré olvidar la sobrecogedora sensación de pasar en bicicleta por la Puerta de Brandeburgo desde Berlín Occidental hasta el Este y ver el contraste entre quienes eran libres y quienes estaban atrapados al otro lado de la cortina de hierro.

Lo que ahora me impresiona, tantos años más tarde, es que una generación de líderes ganó no sólo una guerra, sino también la paz. Lo hicieron juntos, Estados Unidos y nuestros socios trabajamos juntos para crear alianzas que brindaran prosperidad y estabilidad a Europa Occidental, Japón y Corea del Sur. Viejos enemigos se convirtieron en nuevos aliados y juntos promovieron un nuevo sistema económico mundial, que creó un mundo más próspero. E incluso durante la furia de la Guerra Fría, los líderes encontraron formas de cooperar para controlar la proliferación de armas y evitar el apocalipsis nuclear.

En resumidas cuentas, al construir instituciones internacionales y asociaciones estratégicas eficaces e indispensables no sólo evitamos otra catastrófica guerra mundial, sino que, en última instancia, pusimos fin a la Guerra Fría y elevamos el nivel de vida de cientos de millones de personas.

Esa es la extraordinaria historia del siglo XX. La pregunta ahora es cuál será la historia que nos legará el siglo XXI.

En la actualidad, el orden mundial enfrenta nuevos desafíos: la agresión rusa pone nerviosos a los aliados, los extremistas que secuestran a la religión amenazan a los gobiernos y a la gente por doquier, y la tecnología acelera un cambio en el equilibrio del poder entre los gobiernos y los gobernados, que ofrece tanto oportunidades para la responsabilidad democrática como obstáculos para la política inclusiva.

Hemos pasado de un mundo donde el poder residía en las jerarquías a otro donde habita en las redes y el arte de gobernar aún tiene que adaptarse. Las instituciones y asociaciones internacionales que surgieron en los años de posguerra requieren tanto mantenimiento como modernización.

Frente a toda esta turbulencia, hay quienes sugieren que Estados Unidos debe mirar hacia dentro. Nada nuevo hay en esto. Hubo quienes sostuvieron lo mismo después de la Segunda Guerra Mundial y lo afirmaron nuevamente hace 25 años, después de la caída del muro de Berlín. Estaban equivocados entonces... y lo están ahora.

Nunca hubo mayor necesidad de liderazgo y Estados Unidos nunca estuvo más involucrado en el mundo. Nuestra participación en la primera transición democrática pacífica en Afganistán nos recuerda que, después de invertir tanta sangre y tesoros para dar a los afganos la oportunidad de tener éxito en la batalla, el mundo es igualmente responsable de ayudar a sus líderes a tener éxito en el gobierno.

Sabemos que la destrucción del ciento por ciento de las armas químicas declaradas por Siria no hubiera sido posible sin perseverancia y diplomacia directas y prácticas; y que la horrible e inmoral guerra civil siria no hubiera terminado sin un compromiso de igual magnitud. También en Asia, donde el presidente estadounidense, Barack Obama, y el presidente chino, Xi Jinping, anunciaron recientemente ambiciosos compromisos para ocuparse del cambio climático, se nos recuerda lo que pueden lograr conjuntamente los países con verdadero liderazgo y cuánto más es necesario para lograr un acuerdo exitoso sobre el clima el próximo año en París.

El mundo ha cambiado y estamos cambiando con él. Las líneas del mapa ya no contienen las peores amenazas y los jugadores ya no están divididos claramente en dos facciones.

En el siglo XXI todos somos vecinos. Por eso el mundo necesita una diplomacia de coalición. Ningún país puede vencer por sí solo al terrorismo. Ningún país puede solucionar la amenaza existencial del cambio climático por sí mismo. Ningún país puede erradicar la pobreza extrema, combatir las posibles pandemias ni mejorar la seguridad nuclear individualmente.

Nadie puede vivir con más seguridad y riqueza dándole la espalda al mundo. Debemos apoyarnos en nuestra historia de alianzas y formar nuevas coaliciones: con los gobiernos, con la sociedad civil y, sí, con el ciudadano de a pie.

Un buen ejemplo es el esfuerzo internacional para enfrentar la maligna brutalidad del Estado Islámico en Irak y Siria. Se están usando las herramientas políticas, humanitarias y de inteligencia de más de 60 países para apoyar una acción militar unificada. El éxito no depende de lo que un único país, o incluso un puñado de países, pueden hacer, sino de lo que podemos lograr todos juntos contra esta amenaza común.

En un frente igualmente importante, EE. UU. está trabajando con las Naciones Unidas para impulsar una respuesta mundial al riesgo que presenta el virus del ébola. He hablado con más de 50 líderes extranjeros y todos coincidimos en que sólo a través de la coordinación de nuestras acciones podemos detener la devastación en África Oriental y limitar la diseminación del ébola.

Estamos avanzando en ambas cuestiones, pero resta mucho por hacer. Unir a los países con intereses encontrados y recursos dispares es un trabajo duro. Exige una intensa participación diplomática y recurre a relaciones que se han construido y mantenido durante décadas, así como a alianzas con nuevos socios. Pero al superar las diferencias y coordinar los esfuerzos para derrotar al Estado Islámico y al ébola, estamos reforzando el apoyo a un orden mundial basado en soluciones colectivas a problemas comunes.

La cooperación es igualmente vital para reforzar los principios económicos sobre los que Estados Unidos y otros países cimentaron su prosperidad de posguerra. La frustración no debe superar a la oportunidad en ningún país. Por ejemplo, las negociaciones para el Acuerdo Estratégico Transpacífico de Asociación Económica (TPP, por su sigla en inglés) refleja la determinación del presidente Obama para lograr un acuerdo con países que representan un tercio del comercio mundial y el 40% del PBI de nuestro planeta.

Los beneficios —tanto para EE.UU. como para nuestros socios— son enormes. Se estima que el TPP puede aportar 77 mil millones de USD al año en ingresos reales y crear 650 000 puestos de trabajo tan sólo en Estados Unidos. El Acuerdo Transatlántico sobre Comercio e Inversión, que se está negociando con la Unión Europea, ofrece otro paso fundamental para aumentar el comercio.

Independientemente de su objetivo —la seguridad mutua o la prosperidad compartida— las asociaciones genuinas no se construyen de la noche a la mañana. La diplomacia paciente y la voluntad colectiva son necesarias para lograr las metas comunes. Los objetivos estadounidenses son los mismos desde hace décadas: paz, prosperidad y estabilidad para EE.UU. y nuestros socios en todo el mundo.

 

* Traducción al español por Leopoldo Gurman. Kerry fue senador de Massachusetts y presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado.
Copyright: Project Syndicate, 2014.