¿Qué le espera al mundo en 2017?

Europa tiende hacia la derecha radical de cara a las elecciones en Francia y en Alemania, mientras el Reino Unido debe empezar su proceso de divorcio del bloque. Del otro lado del Atlántico, Trump emerge como la figura de una política con tintes racistas y xenófobos. Chile y Ecuador (sin Correa como candidato) elegirán a sus presidentes.

El terrorismo no da tregua

El 2016 comenzó con un ataque virulento y atrabiliario: el Estado Islámico ejecutó a 300 personas en Trípoli (Libia). Dos días después, dos bombas dejaron 100 muertos en Irak. Cuatro días después, militantes del grupo yihadista Al Shabab asesinaron a 63 personas en Somalia. Al día siguiente, el Estado Islámico dio muerte a otras 200 en Siria. Todo eso sólo en el primer mes del año. De allí en adelante hubo ataques y atentados en Ankara y Estambul (las principales ciudades turcas), Bruselas (Bélgica), Lahore (Pakistán), Kabul (Afganistán), Niza (Francia), Gaziantep (Turquía), Berlín (Alemania) y Bagdad (Irak, uno de los más letales, con 309 muertos). Aunque los índices generales resultan optimistas (el más reciente informe del Índice Global de Terrorismo señaló que hubo un descenso del 10 % en el número de muertos por atentados terroristas), el mundo no tiene mucho de qué alegrarse: los grupos terroristas tienen fuerza y continuarán en 2017 con sus objetivos religiosos, políticos y económicos.

El Estado Islámico es una prueba de ello. Aunque perdió cerca del 40 % de su territorio capturado en 2016, según autoridades de Irak y Estados Unidos, sigue teniendo buena parte de Siria y a finales del año pasado pareció revitalizarse: atentó en Berlín, recapturó la ciudad de Palmira (que sirve de entrada a la carretera principal hacia Damasco) y resiste todavía la ofensiva del ejército iraquí de retomar Mosul, su capital de facto. Raqqa, la ciudad siria más importante para el grupo, sigue en sus manos. Si bien su crecimiento se ha ralentizado, la ofensiva de la Coalición Internacional, Turquía y Rusia en su contra no ha logrado terminar con los cientos de reductos y territorios en sus manos.
 
El Estado Islámico es, además, una red de yihadistas: tiene brazos en Tailandia, norte de África y Europa. Aunque pierda territorio, su influencia supera la mera ambición del califato: los atentados en Bélgica y Niza comprobaron que los “lobos solitarios” son una cuestión exponencial para las autoridades europeas, que hasta ahora han respondido con el cierre de las fronteras a los migrantes con el pensamiento firme de que entre ellos se cuelan los terroristas, a pesar de que los autores de los principales atentados hayan sido sus propios nacionales.
 
Francia reafirmó hace poco su apoyo militar a los kurdos, que combaten al Estado Islámico en el norte de Siria e Irak. Trump ha dicho que rearmará la estrategia en contra de ese grupo, que según él fracasó durante la administración de Obama. Filósofos y expertos coinciden en que el Estado Islámico no será fácil de anular: sus militantes han encontrado en sus valores unas ideas por las cuales luchar. Ni Europa ni EE. UU. se han planteado dicha idea.
 
El revolcón de la presidencia de Donald Trump
 
El 20 de enero, Donald Trump se posesionará como presidente de Estados Unidos. Desde su elección, sus críticos han formulado numerosos temores sobre su presidencia, que no mermaron luego de que eligió buena parte de su gabinete central. Jeff Sessions como fiscal general, Steve Bannon como consejero y Rex Tillerson como secretario de Estado hacen pensar que el enfoque de Trump es defender a cualquier precio la economía del país y alentar las relaciones con Rusia.
 
En primer lugar, los efectos económicos de su presidencia resultan aún imposibles de mesurar. Tan pronto como fue elegido como mandatario, las bolsas cayeron, pero la economía ha seguido un curso equilibrado desde entonces. Hasta ahora, Trump ha arremetido contra las compañías automotrices (entre ellas Ford, General Motors y Toyota) por tener fábricas en México y parece que ese será su eje central en el momento de cumplir su promesa de crear más de 20 millones de plazas de trabajo: buscar la anulación de los tratos económicos con México y Canadá y traer los puestos y las fábricas que, por ser más barato, los conglomerados nacionales han desplazado a países de América Latina y Asia. Los representantes de las empresas automotrices parecen ceder al llamado de Trump.
Los migrantes son otra de las bases de su programa. La promesa de expulsar a más de once millones de migrantes se redujo después a dos o tres y Trump ha decidido dejar el tema a un lado. Sin embargo, la relación con México en ese sentido será la que más sufrirá: su propuesta es tomar parte del dinero de las remesas que envían los migrantes mexicanos a sus familias y crear de allí un fondo de financiación para que México, como lo prometió, pague el muro que piensa construir en la frontera.
 
Estados Unidos será —ya es— un país distinto: desde la elección de Trump, los actos de racismo y violencia contra las minorías se han multiplicado. La polarización es evidente y varios de los miembros del gabinete de Trump tienen un pasado ambiguo de comentarios racistas y aun antisemitas. Por otro lado, las relaciones internacionales tendrán un giro de 180 grados: Trump es proclive a acercarse en demasía a Rusia (Tillerson, su secretario de Estado, tiene fuertes vínculos comerciales con ese país) y ha presentado ciertos desafíos a China (por ejemplo, la llamada oficial a Taiwán, con el que no había relaciones desde los 70 por sus resentimientos con China). Israel también tendrá su parte: con la ayuda de Estados Unidos, toda resolución que busque crear un estado palestino o condenar de nuevo los asentamientos israelíes en tierra palestina recibirá el veto de Estados Unidos.
 
¿Ganará el sucesor de Correa?
 
El 19 de febrero, Ecuador tendrá sus elecciones presidenciales. Rafael Correa decidió eludir un nuevo presidencial, pero nombró a su sucesor: el exvicepresidente Lenín Moreno (2007-2013). De 63 años y administrador público, Moreno es una pieza singular del equipo de trabajo de Correa en el partido Alianza País: tras un ataque, perdió la movilidad en las piernas y se ha convertido en un representante de las personas con discapacidad.
 
Correa le dio el título de líder de la Revolución Ciudadana, su proyecto político, que ha resultado beneficioso en materia económica e industrial. Ecuador, junto con Bolivia, fue uno de los países que emergieron con salud del cambio hacia el socialismo que ejecutaron varias naciones en América Latina. Moreno, con un 49 % de favorabilidad en los sondeos más recientes contra el banquero Guillermo Lasso, tiene entonces la responsabilidad de continuar con un proyecto educativo sólido, inversión en turismo y cambio del panorama energético, y también tendría que continuar (con un estilo que hasta ahora se ha mostrado pausado y conciliador) con las iniciativas diplomáticas con sus vecinos. Una de ellas es la mediación en el proceso de paz entre el Gobierno colombiano y el Eln, un tema al que no se ha referido hasta hoy.
 
Dado que Alianza País tiene más de un millón de seguidores suscritos oficialmente al partido y que tiene dominio en las decisiones legislativas, la probabilidad de Moreno de convertirse en presidente es alta. Ha sugerido la creación de una moneda nacional (Ecuador está dolarizado desde antes de la presidencia de Correa) y ponerle un punto final a la corrupción en las petroleras nacionales y a los tejemanejes de Odebrecht en ese país. El cambio político con respecto a Correa no sería demasiado amplio: el mismo Moreno ha dicho que, aunque será él quien gobierne —y no Correa, como han dicho los opositores—, su programa seguirá los lineamientos de la Revolución Ciudadana. “Siempre hay una forma mejor de hacer las cosas, pero jamás cambiar el concepto ni la esencia”, dijo en una entrevista reciente.
 
Merkel busca un cuarto mandato
 
Alemania escogerá entre septiembre y octubre —la fecha aún no ha sido definida— a los miembros del Bundestag (similar, aunque con un estatuto distinto, a la Cámara de Representantes en Colombia). Son 598 escaños y la mayoría la conforman 300. En las elecciones anteriores, en 2013, el partido de la primera ministra, Ángela Merkel, ganó 311 escaños y, tras un acuerdo con el partido de oposición, el Partido Socialdemócrata (SPD), obtuvo una mayoría de 504 con los que pudo gobernar de manera flexible. Las elecciones para este año podrían traer, en cambio, numerosas sorpresas.
 
Aunque los sondeos de finales de 2016 y principios de este año ponen a la Unión Demócrata Cristiana en primer lugar y al SPD en segundo, las mediciones estadísticas, después de los resultados por completo contradictorios de elecciones y referendo en 2016 en Europa y Estados Unidos, podrían fallar de nuevo. Una tendencia antimigrante y euroescéptica se ha abierto camino en el último año, representada en el Partido Alternativa para Alemania (AfD), liderado por la política Frauke Petry.
 
En las elecciones para el Parlamento regional del estado Mecklemburgo-Pomerania Occidental, el AfD ganó el 21 % de los escaños en septiembre pasado. En las encuestas para el Bundestag aparecen, en todas, en el último lugar (en el Bundestag actual no tienen ningún escaño). Su ascenso imprevisto podría trucar el camino de Ángela Merkel a un cuarto mandato, al que ya se lanzó como candidata de manera oficial. El canciller (aunque es una figura más abajo del presidente, tiene más poder que éste) es elegido por el Bundestag y cada partido propone un candidato. En el caso de la AfD, lo más probable es que sea Petry. El partido que lleva la mayoría elige por lo general a su candidato. 
 
La crisis migrante (Alemania ha sido protagonista principal con más de un millón de peticiones de asilo entre 2014 y 2015), la tendencia global a un cambio hacia la derecha más rigurosa y la revuelta que causa la salida del Reino Unido de la Unión Europea les han dado razones de crecimiento y aliento a los movimientos extremistas en Alemania. El AfD se alimenta tanto de la izquierda más extrema como de los comunistas. Es un partido que reúne muchas tendencias. Pese a ello, Merkel todavía tiene una oportunidad grande, puesto que su espectro de votantes también está configurado en el mismo espacio que el de la AfD y, por tradición e historia, podría arrebatárselos.
 
La derecha conquistaría el Elíseo
 
El 23 de abril los franceses elegirán a su presidente. De ser necesario, habrá una segunda vuelta el 7 de mayo, pero el candidato que más suena para ocupar el Elíseo, según los últimos sondeos, es el derechista François Fillon.
 
Fillon, de 62 años, es la sorpresa electoral —similar, en algunas aristas, al fenómeno Trump en Estados Unidos— en un contexto de atentados, lucha contra el terrorismo y tensiones raciales y religiosas. El político ocupó el cargo de primer ministro durante la presidencia de Nicolás Sarkozy. Por ese entonces, era una ficha de segundo plano: incluso Sarkozy lo desautorizó en varias ocasiones. Su victoria —en la que derrotó también al que fuera su jefe, que se había lanzado como el candidato casi seguro a la Presidencia— es en ese sentido una suerte de reivindicación.
 
Fillon se enfrentará a la candidata del Partido Frente Nacional, Marine Le Pen, que tiene tendencias de extrema derecha y una política antimigratoria rigurosa. Con el avance de la guerra contra los grupos yihadistas y su incidencia en la vida cotidiana de los franceses y de sus vecinos los belgas, Le Pen sonaba hasta hace poco como una candidata firme, pero la entrada de Fillon en la competencia le raparía numerosos votos. Dado que Fillon pertenece a una derecha con historia y seguidores, y tiene también propuestas similares a Le Pen, no sería extraño que los franceses se decanten por su candidatura, que tiene un rostro moderado, pero propuestas duras: modificar la ley que permite que parejas del mismo sexo se casen, recortar 500.000 puestos de las instituciones públicas para reducir el gasto y —como en el caso de Trump también— acercarse más a Rusia, de cuyo presidente, Vladimir Putin, es un aliado cercano.
 
“Mi diagnóstico es que nuestro país está al borde de la revuelta”, dijo Fillon. Su llamado tiene eco entre los católicos y los empresarios, que ven con recelo la migración y la posición económica de Europa, sacudida por la salida de Gran Bretaña del gran bloque europeo. El otro candidato al que encararía Fillon sería al socialista Manuel Valls, que hasta hoy funge como primer ministro en el gobierno de Hollande. Sin embargo, la desesperanza que hizo que Hollande negara a presentarse a un nuevo mandato también la hereda Valls: su partido flaqueó después de los atentados de noviembre de 2015, del ataque a Charlie Hebdo y el caos en que se ha convertido, en materia administrativa, la organización de los migrantes que llegan día a día a Francia. Fillon parece ser la mano dura y firme.
 
Brexit: el comienzo del final
 
El 31 de marzo es la fecha límite que propuso la primera ministra británica, Theresa May, para activar el comienzo del divorcio de la Unión Europeo. En junio del año pasado, por una mayoría apretada, los británicos decidieron abandonar el bloque europeo. David Cameron renunció a su puesto como primer ministro y May asumió, con una nueva oficina dedicada sólo a ello, la separación de la Unión Europea. La activación del artículo 50 del Tratado de Lisboa, donde se especifican los pasos para dicha división, ha sido aplazada en varias ocasiones, aunque en esta ocasión parece segura: las presiones políticas y económicas que están cayendo sobre May deben resolverse con prontitud.
 
La separación tomará, según lo reglamentado, dos años. Para abril de 2019, entonces, estará definido el mecanismo de relación que tendrá el Reino Unido con el bloque europeo. Justo allí está la pregunta principal: ¿qué tipo de relación bilateral tendrá? Hasta ahora, May ha dado pocas pistas. Sin embargo, uno de los caminos más probables, según diarios como The Guardian, es que el Reino Unido se decida por una “salida dura”, es decir, que prime el control soberano de las fronteras sobre el mercado común. Una de las razones principales de quienes votaron a favor del abandono de la Unión Europea fue, justamente, el hecho —aún no probado— de que los migrantes que están llegando de África y Oriente Medio están quitándoles los trabajos a los nativos. Que, en algún sentido, están desestabilizando la economía nacional.
 
El Reino Unido tiene tres opciones: fundamentar un mercado propio desligado de la economía común de la Unión Europea (a riesgo de perder en capital financiero y económico), asumir un modelo similar al noruego (en el que se integran al mercado común, pero deben abrir las fronteras para el libre movimiento de ciudadanos) o anudarse al mercado común sin dejar abiertas las fronteras. La Unión Europea, sin embargo, se ha mostrado reacia a esta última opción. En pocas palabras, ha dicho que el Reino Unido debe ajustarse a las reglas de convivencia europea, de libre movimiento, si quiere tener un mercado compartido.

 

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