¿Libertad, igualdad y guerra?

Para responder al terrorismo, Francia debe virar de nuevo hacia sus principios fundadores y aceptar la diversidad. Una respuesta sólo militar será insuficiente y podría ahondar el problema.

La reacción emocional frente a los atentados que tocaron Francia en su corazón es natural. La manera en la cual, en el mundo y en especial en Colombia, se manifestó el apoyo al pueblo francés es particularmente conmovedora. En especial la reacción del presentador británico John Oliver es reveladora de lo que está en juego: la orientación de la civilización humana en el siglo XXI.

Los discursos y el vocabulario utilizado por el presidente francés retratan este desafío: “Los ataques fueron perpetrados por bárbaros”. La elección de este vocabulario nos lleva a utilizar un filtro cultural y ético para entender los atentados. Un terrorista es un activista de la negación: negación de la moral, negación de la civilización, negación de la humanidad.

Sin embargo, el comunicado del Estado Islámico por el cual se reivindicó la autoría intelectual de los atentados está también marcado por una visión sobre la civilización. El uso de la sura 59 versículo 2 (uno de los fragmentos del Corán) pretende ubicar el acto en una narrativa religiosa musulmana y en una tradición arábica. Si bien la inmensa mayoría de los expertos y de las autoridades religiosas musulmanas condenan esta interpretación errónea del Corán, está claro que la lucha de los miembros de la organización terrorista Daesh (como son llamados en árabe) se ubica en el plano cultural, y la naturaleza de los blancos lo demuestra con más fuerza aún: fútbol, música y placeres cotidianos. Lo que se atacó fue una manera de vivir.

El hecho de que París, la capital cultural del mundo occidental, sea el blanco, también explica las reacciones y la solidaridad manifestada en el mundo. A diferencia de las víctimas iraquíes, sirias, libanesas, pakistaníes, indonesias, kenianas, malienses, nigerianas, somalíes, tunecinas, egipcias, yemenitas, o todas las demás que murieron en estos diferentes países, las víctimas en París representan un otro con el cual todos nos podemos identificar. ¿Quién no ha viajado a París o ha soñado ir de viaje romántico a esa ciudad? Con más de 84 millones de turistas al año, Francia es una de las destinaciones privilegiadas del mundo y los ataques nos llevan a pensar que hubiéramos podido ser nosotros las víctimas.

También, como se pudo leer en los medios, Francia es el país que los radicales islámicos “aman odiar” porque, a sus ojos, representa todo lo que quieren destruir: la pluralidad, la laicidad, la emancipación. Al mismo tiempo, el método empleado en estos ataques (personal, devastador, impactante) es de una excepcional brutalidad. Esta fue la primera vez que un atentado suicida se llevó a cabo en Francia, la primera vez que una mujer se inmoló por explosión en Europa y fue la masacre más numerosa de la historia reciente de Francia. Estas son algunas de las razones que explican el movimiento mundial de indignación.

Y a estas reacciones se juntan los actos y las declaraciones. Desde Turquía, los miembros del G20 recordaron su compromiso con la lucha contra todas las formas de terrorismo. Los operativos aéreos de la coalición internacional se intensificaron. Los rusos, por medio de su presidente Vladimir Putin, anunciaron su voluntad de perseguir y castigar los responsables del ataque terrorista que puso de luto al país hace unas tres semanas. Claramente, el choque que produjeron los ataques en París ha impulsado una respuesta militar que debería llevar a una mayor coordinación de los operativos militares en Irak y en Siria. Pero ningún experto militar está confiado en la efectividad de los operativos aéreos, así estén coordinados. Durante mucho tiempo, la posibilidad de mandar tropas en el terreno había sido rechazada por las diferentes potencias. Desde hace unos días, se pueden escuchar susurros. En estos días, Anders Fogh Rasmussen, antiguo secretario general de la OTAN, recordaba la imposibilidad de erradicar definitivamente a Daesh sin presencia física en el terreno. Sin embargo, ya conocemos los resultados de la última experimentación que se dio en ese sentido. Después de los ataques del 11 de septiembre del 2001, frente al horror, la retórica belicista de la administración estadounidense llevó a una intervención de la OTAN en Afganistán y de los Estados Unidos en Irak. Casi 15 años después, el número de víctimas y las pérdidas económicas engendradas por esta lucha han aumentado de manera incontrolada. En el 2014, este costo económico del terrorismo alcanzó cerca de US$53 mil millones, más que en el año 2001 y con certeza menos que para el año 2015.

Con la respuesta militar, los grupos terroristas desaparecen pero no el terrorismo. Los grupos argelinos de los años noventa se desmantelaron pero sus miembros volvieron a iniciar sus actividades en las filas de Al Qaeda del Magreb Islámico (AQMI). Ya sea en Somalia, en Nigeria o en Irak, los grupos no desaparecen, se transforman. Al Shabbaab (antiguamente Unión de los Tribunales Islámicos), Provincia Oeste-africana del Estado Islámico (antiguamente Boko Haram), Estado Islámico (antiguamente Al Qaida en Irak), son tantos ejemplos de la gran capacidad de adaptación, del polimorfismo y de la resiliencia de los movimientos de rechazo y de contestación violenta.

Estos elementos nos llevan a pensar en el trasfondo ético, moral y filosófico que representa la expresión violenta del rechazo cultural, social, económico y político del modelo promovido por algunos Estados desde el fin de la Guerra Fría. Hace un siglo, a través del acuerdo Sykes-Picot, franceses e ingleses dividieron Medio Oriente según su conveniencia, traicionando así la palabra dada a los árabes de poder organizar su vida política como lo deseaban. Después de la Segunda Guerra Mundial, los países de Europa apoyaron la estrategia estadounidense de alianza con regímenes autocráticos en su lucha contra el bloque del Este. Por su parte, los soviéticos se aprovecharon del terreno afgano para manifestar su poderío al mundo. Después de la Guerra Fría, la petrodependencia de las mayores economías del mundo llevó a las mismas grandes democracias del mundo a desviar la mirada y olvidar sus principios en lugar de enfrentar las dictaduras de Sani Abacha en Nigeria, de Muamar Gadafi en Libia, de Hosni Mubarak en Egipto y de tantos otros. La realpolitik orientó la política exterior de los grandes de este mundo. La falta de coherencia engendró la multiplicación de las discrepancias. El individualismo trajo el repliegue humanístico. Pero esta constatación no nos debe llevar a olvidarnos de la responsabilidad que cada uno de nosotros, como ciudadanos, tenemos. La mayoría de los estados de los cuales estoy hablando son dirigidos por mandatarios elegidos. Durante más de sesenta años el pueblo francés ha apoyado indirectamente estas decisiones. Charles de Gaulle, Georges Pompidou, Valery Giscard d’Estaing, François Mitterrand, Jacques Chirac, Nicolas Sarkozy, François Hollande, todos fueron elegidos por los ciudadanos franceses y todos tomaron las decisiones que hoy son parte integrante de la explicación que se puede dar de la situación. La promoción minimalista de los valores universales que desde 1789 Francia defiende, llevó a la falta de compromiso, al olvido, a la cobardía y al clientelismo, tanto interno como internacional.

Hacer un balance sin compromisos es fácil. Y ahora, ¿qué?

El problema, sin duda, es la respuesta violenta de los estados que son el blanco de estos ataques terroristas. Es la superficialidad de la respuesta militar, que solo brindará un alivio temporal a un problema que se articula entre universalismo, cosmopolitismo y particularismos. Es la necesidad imperiosa de proponer soluciones diferentes, que solo se podrán encontrar apartándonos del exclusivismo y del elitismo. Y es la superación de una retórica materialista sin la cual nunca podremos derribar los discursos de seguridad, la búsqueda perpetua del interés particular y el sentimiento de superioridad.

No tengo respuestas, pero sí tengo certezas. La trampa tendida por Daesh ha funcionado. El fuego de la destrucción no se va a apagar y seguiremos dilapidando nuestros recursos humanos, financieros y naturales en la actividad menos rentable que conocemos: la guerra. Sé que mientras no alabemos la solidaridad al mismo nivel que el crecimiento y la seguridad, ninguna solución satisfactoria o duradera se podrá formular. La solidaridad no tiene exclusividad. Debemos escuchar, entender y ayudar a todos por igual. La realización de los valores universales de libertad, igualdad y fraternidad deben volver a guiar e impulsar nuestras vidas. No podemos permitir que estos principios sólo apliquen a algunos privilegiados, no podemos hacernos la vista gorda, no podemos excusar nuestras fallas. Debemos aceptar al otro, debemos considerarlo en su diferencia y debemos tratarlo como si fuera uno de los nuestros.

*Ph. D. y profesor de la Universidad Externado de Colombia.

 

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Florent Frasson-Quenoz*

El Mundo

¿Libertad, igualdad y guerra?

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