Libia, la puerta sin control

De acuerdo con la Organización Internacional de las Migraciones, el 90% de los inmigrantes que parten de África hacia Europa lo hacen por los puertos libios, donde los traficantes se aprovechan del caos que reina desde la caída de Gadafi.

Un grupo de migrantes africanos esperan en la ciudad libia de Misrata, luego de que la barcaza en la que viajaban a Italia colapsara. /EFE

Hay una parte del drama, el primer eslabón de la cadena trágica que ha vuelto al Mediterráneo en una fosa común, que no se ve entre la creciente preocupación de la Unión Europea ni entre las fotos de barcazas maltrechas que llegan a las costas italianas o griegas, cargadas de gente milímetro a milímetro cuadrado. En los últimos días, 700 almas entraron de un puñado a los ya habituales registros de inmigrantes que fallecen en el intento de llegar a Europa, justo después de una semana en la que habían desaparecido 400 más y en la víspera de que la Guardia Costera de Italia y Malta tuvieran que saltar a alta mar para que otros cientos más no se ahogaran. La realidad ya no parece noticia, sino cotidianidad y el escritor Italiano, Roberto Saviano, en uno de sus textos, ha intentado atajar la apatía: “Pero ya sabemos que volverá a pasar mañana. Y en una semana. Y en un mes. Llevando nuestras emociones hasta la indiferencia (...). Esa historia no recibirá atención, parecerá la misma de siempre. Será la misma de siempre”. (Vea: ¿Por qué la parálisis de Europa frente a la crisis del Mediterráneo?)

Atención tampoco ha recibido Libia, ese primer eslabón de la cadena, a unos 300 kilómetros del infierno costero europeo donde los sueños migrantes broncoaspiran. Libia, ese caos al que ciertos análisis califican de “programado”, está siendo la principal plataforma de salida hacia Europa de los optimistas africanos que ahorran por años para jugarse la vida en la ruleta rusa. Hace cuatro años que en este país del norte de África no existe la paz. La intervención militar ejecutada por la OTAN, liderada por Francia y, claro, apoyada políticamente por la misma Unión Europea (por Washington también), acabó con el dominio de 42 años del líder Muamar Gadafi. Acabaron con él también, quien tras ocho meses del comienzo de los ataques fue capturado y linchado por diversos grupos, algunos de ellos salafistas, que lo persiguieron desde que la furia popular y los bombardeos lo obligaron a vivir escondido, muy lejos de su habitual vida palaciega. No obstante, la figura del líder había logrado mantener la unidad libia a pesar de las rencillas de los viejos gobiernos de Tripolitania y Cirenaica. Con Gadafi, al margen de la democracia ausente, Libia gozaba de los mejores indicadores del desarrollo humano del continente.

Ya es el pasado. Las legislativas de 2014, que recibieron el apoyo político de Occidente, instalaron en la ciudad de Tobruk un nuevo poder apoyado en los rezagos del Ejército Libio, lo que queda de la Fuerza Aérea y que controla en gran medida la enorme riqueza petrolera y gasífera, de sumo interés para esa Europa (85% del petróleo libio va allí) que ahora no sabe qué hacer con tantas barcazas que parten del incontrolable puerto de Zuara (ver mapa). Este ejecutivo, que además sirve de bisagra para el control militar del Shael y el Magreb, cuenta con el apoyo económico, también, de Egipto y Emiratos Árabes Unidos.

La capital de este país ya no es Trípoli, porque Trípoli es la ciudad centro de ese otro Ejecutivo que disputa el territorio y el control de una buena porción de la riqueza energética, compuesto por la unión de grupos político-religiosos erigidos sobre la sharia (ley islámica), que no reconocen a la autoridad de Tobruk y que tienen en Arabia Saudita y Catar a sus bastiones regionales. En medio de la fragmentación, de la aparente preocupación de la Unión Europea (una vez más) de entablar un diálogo entre las partes que concluya en un único gobierno de unidad, es que ciertas regiones han quedado a merced de traficantes, por ejemplo, en los puertos. Resulta más rentable invertir tiempo y recursos en el control de la extracción petrolera que intentar controlar el flujo de migrantes africanos que ven en Libia la salida más corta y más fácil hacia el Mediterráneo y sus costas norteñas.

Si se buscara una traducción real de este descuido, de ese caos libio donde la ley no es ley y el gobierno no es gobierno, basta con ver las cifras de la Organización Internacional de las Migraciones (OIM). Amer Taha, responsable de la oficina en El Cairo (Egipto), sentencia que “un 90% de los emigrantes que arriban a Italia han partido de Libia”. Una cifra que preocupa hace meses, antes de la oleada cotidiana de muertos de estos días: el número de personas naturales de África que intentan llegar a Europa desde el Norte de África entre 2013 y 2014 fue de 60.000. El último año ha crecido hasta 170.000.

 

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