Los días de Malala

Esta joven pakistaní de 16 años, activista de los derechos de las niñas en una región de influencia talibán y salvada de un ataque que por poco le cuesta la vida, podría ganar hoy el Premio Nobel de la Paz.

Malala Yousafzai recibió hace un año un disparo en la cabeza a manera de retaliación por su defensa de la educación para las niñas. / AFP

Malala Yousafzai supo muy joven que iba a morir. Iba a morir asesinada además, de 15 años, a manos del grupo Tehrik e Talibán de Pakistán (TTP), que opera en la región del valle del río Swat. Ya le habían hecho saber que era un objetivo, que la tenían en la mira por promover la educación para las niñas de su pueblo, para que pudieran ir al colegio a pesar de que ese detalle fuera en contra de la doctrina de los fundamentalistas. Sólo los niños varones debían ilustrarse.

El problema de Malala eran las armas de quienes controlaban la región, que además prohibían los bailes y la televisión en las casas. El problema fue que a ella no le importó y desde un blog y mensajes locales continuó con su idea de luchar por lo que, más que justo, debía ser normal: "No sé por qué, pero oír que era un objetivo no me preocupaba. Me parecía que todo el mundo sabe que morirá un día. Así que tenía que hacer lo que quisiera”.

Esta confesión la hizo pública en su autobiografía Soy Malala: la niña que se alzó por la educación y fue baleada por los talibanes. Un título crudo y certero: el 9 de octubre de 2012, cuando regresaba a su casa en un autobús escolar, dos hombres armados subieron y le dispararon tres veces, una de ellas en la cabeza.

Tuvo suerte y una pronta atención médica que la llevaría una semana después al Reino Unido, a Birmingham, donde sus heridas se tratarían de manera especializada. Malala se convirtió entonces en una suerte de niña-heroína, una víctima más de la barbarie y una voz fuerte que sigue hablando en los escenarios internacionales muy al pesar del portavoz del PTT, Ehsanullah Ehsan, quien anunció que intentarían matarla de nuevo.

Malala, desde entonces, lleva una prótesis de titanio en el cráneo y un implante en el oído izquierdo que le permite oír a pesar de los daños. Vive sin secuelas graves —pronto será sometida a una cirugía para borrar los rastros que quedan del ataque— y aunque está radicada en Birmingham, sus viajes son constantes por diversas tierras a las que llega con sus mensajes. En el valle de Swat las niñas van a la escuela porque su caso, el de una mártir, sirvió para que el Ejército ahuyentara a los talibanes, aunque se encuentren al acecho en las localidades cercanas. Como sentencia Malala, “los extremistas siguen teniendo miedo a los libros”.

La historia, su historia marcada por la tragedia y el milagro, parece tornarse ahora hacia el final feliz. El Parlamento Europeo acaba de distinguirla con el Premio Andrei Sajarov a la libertad de conciencia y hoy podría recibir el Premio Nobel de la Paz, para el que la prensa europea la da como la gran favorita. La voz de Malala se oyó humilde en la radio esta semana: “Hay mucha gente que se merece el Premio Nobel de la Paz y creo que yo todavía tengo que trabajar mucho. En mi opinión, no he hecho tanto como para ganar”.

A juzgar por el número de nominados que aspiran al galardón, Malala tiene razón. En esta oportunidad, el Instituto Noruego del Nobel de Oslo decide a quién premiar entre 259 candidatos —personas y organizaciones—, la mayor cifra de aspirantes de su historia.

Malala Yousafzai podría ser enaltecida hoy, apenas tres días después de que se conmemorara el primer aniversario del ataque en su contra. De ocurrir así, esta joven, que ahora ya supera los 16 años de edad, sería destacada por encima de personalidades como Edward Snowden, célebre por filtrar información secreta sobre los programas de espionaje masivo de EE.UU.; numerosos activistas de derechos humanos y organizaciones como la Unesco y las Damas de Blanco de Cuba, quienes abogan por sus hijos presos.

Es una posibilidad la victoria y la realidad dicta que hay que tomar precauciones: el colegio público al que asistía Malala el año anterior, en la pequeña localidad de Mingora, permanece cerrado ante la posibilidad de que la violencia traiga represalias.

 

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