Los dos caminos de Venezuela

Hoy las elecciones presidenciales enfrentan dos maneras de ver un país polarizado, que parece irreconciliable en un punto medio.

Hugo Chávez apuesta a consolidar su proyecto socialista durante el período 2013-2019.  / AFP
Hugo Chávez apuesta a consolidar su proyecto socialista durante el período 2013-2019. / AFP

En la Venezuela de Herinque Capriles hombres vestidos de negro recorren Caracas en motos y camionetas. Se detienen en la madrugada armados con pintura negra, se acercan a los muros y tachan sus afiches, descuelgan pendones, escriben mensajes de burla, boicotean. En la Venezuela de Hugo Chávez “los niños ricos”, la burguesía, pintan bigotes de Hitler a su imagen, le dicen lacayo de Fidel Castro, corrupto. La Venezuela de antes no existe porque ahora parece haber dos países: uno que ama al comandante y otro que odia al dictador. La gente entiende tácitamente qué sector pertenece a Capriles y cuál a Chávez, como si existiera un mapa dividido en zonas rojas y amarillas, territorio revolucionario o territorio opositor. La polarización política, avivada por la campaña electoral, parece por momentos una disputa entre barras bravas de equipos de rivalidad histórica.

En una Venezuela, Hugo Chávez es responsable de haber entregado miles de viviendas a los más necesitados, de darles de comer a los niños y hasta del gol que Salomón Rondón le anotó a la selección de Paraguay hace tres semanas en Asunción. En otra, por culpa de él, el país vive un infierno cotidiano, sin azúcar en los supermercados, con apagones de luz, expropiaciones caprichosas, deudas enormes difíciles de saldar y una virulencia en el lenguaje difícil de reconciliar a través del diálogo. En ese otro país, el de Henrique Capriles, él es la única esperanza de cambio, el sacerdote indicado para exorcizar todos los demonios, aunque de la orilla opuesta lo señalen de tener intenciones de lanzar a Venezuela por el barranco para después subastar los escombros a los grandes capitales.

La Venezuela sin puntos medios, que hoy sale a votar a las urnas, nació con la llegada de Hugo Chávez al poder en 1999 y comenzó a fraccionarse cuando el discurso socialista comenzó un bombardeo masivo a las políticas neoliberales del pasado para la reconstrucción de un Estado fuerte, protagonista de todas las actividades. Y la nación terminó de separarse porque Chávez, como él mismo ha indicado, dejó de ser el ingenuo que fue hasta que la oposición intentó darle un golpe de Estado del que finalmente sobrevivió en 2002.

La estrategia cambió entonces ese año, el año de la purga. El Estado socialista empezó una ofensiva comunicacional desde los medios oficiales que apostaban a contrarrestar la influencia tradicional de los medios privados. Aparecieron las Misiones Sociales de asistencia a los más pobres, los “comunicadores alternativos” en la televisión y en la radio pública defendían/defienden la revolución y criticaban/critican ponzoñosamente a “la burguesía” capitalista, que era Globovisión, Radio Caracas Televisión, los partidos Copei y Alianza Democrática. “La burguesía” que hoy es Henrique Capriles Radonski, el mismo que estuvo preso, acusado de participar del asalto a la Embajada de Cuba en Caracas, buscando a chavistas asilados dentro de sus instalaciones tras el golpe de 2002. En su país, Hugo Chávez dice: “Lo peor que le puede pasar a Venezuela en 1.000 años, 10 siglos, es que gobierne esa burguesía, esa extrema derecha”.

Cada Venezuela tiene sus propias verdades, que se pasan de boca en boca y se contagian como enfermedades. No en otro contexto podría aparecer una baraja tan variada de encuestas: la Venezuela patriota del comandante muestra orgullosa los números que para hoy dan una favorabilidad de hasta el 80% a Chávez y su gemela opuesta marca cómo ‘el huracán del progreso’ ha llevado a Capriles a sobrepasar a su rival en la intención de voto. El mismo virus se extiende como epidemia en todos los campos: los opositores señalan que hoy el país importa el 70% de los alimentos y los chavistas afirman que sólo con trabajo duro la Revolución ha logrado reestructurar de a poco la Venezuela agrícola que la derecha demolió a lo largo del siglo XX y Chávez se ufana de que al sol de hoy el Estado sólo importa el 30% de los productos y que en el año 2019 alcanzarán la anhelada soberanía alimentaria.

En la Venezuela de Henrique Capriles resulta inadmisible, un despropósito, que en un país con una riqueza petrolera como la que ostenta, la colosal inflación del último año se hubiera ubicado en el 27,6%, la más alta del continente. Pero preguntan sus contendores: ¿Recuerdan que durante el gobierno de Carlos Andrés Pérez (1989-1993) la inflación llegó hasta el 81% y que en el segundo período de Rafael Caldera (1994-1999) el promedio fue de 45,3%?, no, no lo recuerdan. La amnesia se traslada también al otro lado del río: ¿Se acuerdan los chavistas que en 1999 el comandante prometió no expropiar a privados, trabajar en llave con los gobernadores de la oposición y no convertirse en un caudillo? No, aquí también falla la memoria.

A la hora de las justificaciones ambos bandos encontrarán la manera para sustentar sus tesis, para que las verdades sigan su cauce, pero a la bipolaridad de cifras resulta confusa para quién trata de poner un pie a cada uno de los costados de la línea. En la Venezuela sin puntos medios pocos datos son unánimes, tal vez la temperatura, quizá que son el país con mayores reservas petroleras del mundo.

Sólo por un gobierno desordenado como el de Hugo Chávez, dirían, la deuda pública podía llegar a los US$160.000 millones de hoy (40% del PIB) con todo y que el petróleo en la primera década del siglo XXI estableció su precio en las nubes. Sólo una gestión incapaz se permitiría pasar de la producción de 3,2 millones de barriles diarios de 1998 con 30.000 empleados en Petróleos de Venezuela (Pdvsa), a los 2,7 millones de hoy con el triple de empleados. Sólo una burguesía desvergonzada, dirían de vuelta, es capaz de inventar mentiras semejantes, cuando la deuda pública es sólo del 23,6% del PIB y las proyecciones de producción de Pdvsa apuntan a que la producción diaria de barriles de petróleo se establecerá en cuatro millones para 2014 y en seis para 2019. En la Venezuela sin puntos medios las cifras están en guerra.

Si en la campaña hubo enfrentamientos entre los seguidores de Hugo Chávez y Henrique Capriles, en Venezolana de Televisión (VTV) resultaba claro que los pacifistas chavistas sólo respondieron a las agresiones de la extrema derecha y en Globovisión, los desprevenidos opositores eran atacados por energúmenos vestidos de rojo. Cada canal tenía sus imágenes, sus pruebas de la “verdad de lo ocurrido”. En Puerto Cabello pasó y en esa ocasión vale decir que los verdugos fueron los chavistas.

Sin embargo, lo incontrovertible fueron las imágenes que el uno y el otro emitían de los candidatos. Hombres simples rodeados de inmensas multitudes, cada uno hablándole a su país, despertando aplausos, dando abrazos y desatando lágrimas. De repente hasta hoy la Venezuela de Hugo Chávez no había tenido una contendora tan fuerte en el ring, con un Capriles incansable, de retórica simple, que contagiaba a aquellos que la Revolución no había incluido en sus planes, que tocaba puertas en hogares que el chavismo llevaba años sin visitar.

La Venezuela opositora se unió para las elecciones de hoy como nunca antes, mezclando las voces de organizaciones políticas disidentes y tratando de revertir los insultos recibidos con críticas al gobierno, que para ellos eran insultos también. Nunca antes, en los casi 14 años de comandancia chavista, el presidente insistía tanto en la necesidad de sumar voto a voto. Hugo Chávez hace dos meses pronosticaba un nocaut fulminante y en los últimos días prometía ser un mejor presidente en el próximo período y citaba a “aquel pelotero de béisbol que decía que los juegos se ganan cuando se hace el out número 27”, que no puede haber lugar para triunfalismo.

La Venezuela de Henrique Capriles está optimista, aunque se enfrente a una contendora con enorme arraigo popular y devoción religiosa hacia el comandante. Hoy en las urnas se libra esa batalla de dos países en un solo territorio.

 

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