Los Estados Unidos de Trump

El republicano se impone, según las encuestas, en 24 de los 51 estados. En ellos hay una larga historia de pobreza y abandono.

De acuerdo con las encuestas, en 24 de los 51 estados de Estados Unidos, Trump es favorito para ser presidente.  / AFP
De acuerdo con las encuestas, en 24 de los 51 estados de Estados Unidos, Trump es favorito para ser presidente. / AFP

Es un hecho: quienes van a votar por Donald Trump son, en su mayoría, hombres blancos. Entre las mujeres, Hillary Clinton supera a Trump por 12 puntos; mientras que entre los hombres, el republicano aventaja por 16 puntos, de acuerdo con un reportaje del Washington Post del pasado 25 de septiembre.

Si se les pregunta a los votantes blancos por su favorito para llegar a la Casa Blanca, el republicano le saca a Hillary Clinton 18 puntos de ventaja; mientras que si se les pregunta a los votantes hispanos, Clinton supera a Trump por 43 puntos. En el caso de los votantes afroamericanos la ventaja es mayor: 80 puntos a favor de Clinton.

Pero se equivoca quien cree que esto se reduce a la raza. Si fuera por eso, en Vermont, Maine o New Hampshire los tres estados con la mayor proporción de blancos, Trump sería el favorito. Y Clinton sería la ganadora en Misisipi, Louisiana y Georgia, tres de los estados con la mayor proporción de afroamericanos.

Pero es al revés: Clinton aventaja a Trump en Vermont, Maine y New Hampshire, mientras que el empresario es favorito en Louisiana, Misisipi y Georgia. Hay otros elementos. Para empezar, no todos los blancos piensan igual: entre las mujeres blancas con estudios superiores, por ejemplo, Clinton aventaja por 18 puntos.

Por su parte, entre los blancos con estudios superiores, la ventaja es de un punto a favor de Trump. Un panorama muy distinto al de las mujeres y los hombres blancos sin estudios superiores. En el primero de estos dos grupos Trump supera a Clinton por 10 puntos; en el segundo la ventaja es mucho mayor: 52 puntos a favor de Trump.

Hay una correlación entre la raza y las posibilidades de acceso a la educación superior. Pero, aún más, hay una correlación entre raza y pobreza. Una muestra de ello: West Virginia. Este estado es el cuarto con la mayor proporción de blancos. Pero, a diferencia de Vermont, Maine y New Hampshire, es un estado pobre.

West Virginia es el séptimo con las más altas tasas de pobreza de Estados Unidos. Y allí las encuestas le dan 18 puntos de ventaja a Trump. Algunos medios estadounidenses, de hecho, se han referido a este estado como el “país de Trump” debido al apoyo que el republicano ha recibido por parte de sus pobladores.

En esa región ven a Trump como una alternativa al gobierno de Barack Obama, al que acusan por la crisis que se vive allí por cuenta de las medidas que ha tomado Washington en contra de la explotación del carbón, una de las industrias que más empleos genera en esa zona. En Clinton, en cambio, ven más de lo mismo.

Si nos fijamos en las tasas de pobreza, Trump es favorito en 13 de los 15 estados más pobres de Estados Unidos. (Clinton se impone, apenas, en dos de ellos: Nuevo México y Oregón). Es decir, la mitad de ese país que lo apoya. Teniendo en cuenta que el republicano es favorito en 24 de los 51 estados de Estados Unidos.

Se trata de estados que sufrieron con mayor fuerza la crisis financiera de 2008. Y en los que esto generó una crisis social sin precedentes. Aumentaron los suicidios y el consumo de drogas. West Virginia, por ejemplo, se convirtió en el estado con la mayor tasa de muertes por sobredosis en Estados Unidos.

La crisis produjo en estos estados roces entre los blancos y los hispanos, a quienes los primeros acusan de quitarles sus empleos. Es por ello que allí el tema migratorio es clave. En ellos muchos se han dejado seducir por el candidato republicano y sus propuestas en materia migratoria.

Otra de las consecuencias es el rechazo que se ha generado hacia los dirigentes de ambos partidos, hacia Washington, dando origen a movimientos como el Tea Party, un grupo de extrema derecha contrario a las políticas económicas del gobierno de Barack Obama. Un rechazo que Trump ha sabido capitalizar presentándose como alguien distinto a los “políticos de carrera”.

Trump y su candidato vicepresidencial, Mike Pence, lo han dicho varias veces. Y les ha funcionado: de acuerdo con una encuesta realizada por el Pew Research Center, el 33 % de quienes apoyan a Donald Trump van a votar por él porque “no es Clinton”. Otro 27 % lo hará porque es un outsider político.

Mientras los jefes republicanos le han dado la espalda a Trump (sobre todo tras conocerse un video en el que el republicano habla de acosar mujeres aprovechando su fama), el 74 % de los votantes de su partido lo apoyan y rechazan la posibilidad de que se retire de la contienda, de acuerdo con otra encuesta del PRC.

Pero el disenso entre estos estados y el gobierno federal no se ha circunscrito a la crisis. Estos estados, sobre todo del sur y del medio oeste, son conservadores que se han opuesto, a su vez, a varias de las medidas tomadas por el gobierno federal, por ejemplo, a favor de la comunidad LGBT.

El gobierno federal y varios de estos estados sostienen actualmente una dura pelea por una directiva presidencial en la que se les recomendaba a todas las escuelas públicas permitir que sus alumnos accedieran a los baños creados para el género con el que se identificaban y no a aquellos para el género con el que habían nacido.

Pese a no ser de obligatorio cumplimiento, los estados que se negaran a cumplir con ella corrían el riesgo de que se les redujeran los fondos federales que reciben. Entonces once estados: Alabama, Wisconsin, Virginia Occidental, Tennessee, Oklahoma, Luisiana, Utah, Georgia, Arizona, Maine y Texas, demandaron la directiva.

Luego otros se les unieron. Y esta fue suspendida, temporalmente, el 27 de agosto. Es sólo uno de los tantos capítulos en esta disputa de varios años. No es descabellado remontarse hasta mediados del siglo XIX, hasta el inicio de la Guerra Civil, para comprender que Estados Unidos lleva años dividido.

En el norte unos estados industrializados y liberales; en el sur, estados conservadores y de una economía, sobre todo, agrícola. Dos visiones encontradas de un mismo país que se enfrenta, de nuevo, a la polarización, gracias a una campaña que ha derivado en la guerra sucia y en las acusaciones mutuas.

Dos bandos armados: el país de Clinton y el país de Trump. Y, en medio, millones de estadounidenses que siguen sintiendo que ninguno de los dos partidos, que ninguno de los dos candidatos los representa.