Los fantasmas del pasado en Irak

Aunque los ataques aéreos frenen el avance de los islamistas, la crisis política del país aún continúa en un punto alto y sin soluciones inmediatas.

El portaaviones George H.W. Bush, desde donde salieron los aviones que comenzaron a realizar ataques aéreos contra el Estado Islámico (EI) en Irak. / AFP

El 18 de diciembre de 2011 fue celebrado en Estados Unidos como el día en que el ejército de este país salió definitivamente de suelo iraquí luego de ocho años de combate. El parte oficial fue de victoria, aunque el futuro claramente indicó que aquella parece ser una palabra prohibida a la hora de referirse a Irak. El viernes, fuerzas estadounidenses volvieron a realizar bombardeos en este país, esta vez en un contexto muy diferente al de 2003: ya no se trataba de derrocar al gobierno, sino de evitar el colapso de lo poco que aún evita que el país caiga en manos del Estado Islámico (EI), una organización tan extrema que rompió vínculos con Al Qaeda por considerar que su forma de guerra era algo conservadora.

Al menos seis aviones de combate de EE.UU. bombardearon piezas de artillería y otros blancos del EI involucrados en el ataque a las posiciones de las fuerzas kurdas que cuidan la entrada a Erbil, la capital kurda en Irak, uno de los bastiones de la resistencia contra el EI y en donde existe un centro de mando con personal estadounidense. Las acciones militares llegaron apenas horas después de que el presidente Barack Obama autorizara bombardeos limitados contra los militantes islámicos, así como entrega de comida y agua para cerca de 40 mil personas de la minoría yazidi que se refugiaron en lo alto del monte Sinyar.

La situación en Irak no ha sido un ejemplo de estabilidad y paz después de la salida de las tropas norteamericanas, debido a las profundas divisiones entre la población iraquí, de mayoría chií pero gobernada por un régimen suní durante la época de Saddam Hussein; a esta ecuación hay que sumar a los kurdos, que fueron perseguidos durante el gobierno del dictador.

Con Hussein por fuera del escenario se suponía que el país estrenaría una democracia flagrante que lo llevaría por una senda de progreso, pero al día siguiente de que EE.UU. retirara sus soldados, el primer ministro, Nuri Kamal al-Maliki (chií), ordenó el arresto del vicepresidente, Tariq al-Hashimi (suní). Y ese, quizá, fue el abrebocas para años de violencia sectaria que sólo ahondaron más las brechas que ya dividían a la población.

Maliki es, de hecho, uno de los grandes obstáculos actuales, aparte del ejército del EI que intenta establecer un califato en una vasta área entre Siria e Irak. El control del poder por parte del primer ministro, que al menos hasta antes de la presente crisis buscaba reelegirse, ha impedido la formación de un nuevo gobierno que logre darle cohesión a la administración de Bagdad y a la respuesta armada contra los militantes islámicos, que el jueves de esta semana lograron hacerse con la mayor represa del país, la de Mosul.

Es interesante, cuando menos, que la respuesta armada de Estados Unidos, que varios sectores en Irak han calificado diplomáticamente como tardía, llegue para defender la capital kurda (y a una minoría vulnerable), pero no se dio cuando el gobierno iraquí perdía posiciones de vital importancia, como Mosul o varias otras localidades cercanas a Bagdad.

La distancia entre Bagdad y Washington es notable, a juzgar por las declaraciones de Sami al-Askeri, líder chií cercano al primer ministro Maliki, quien le dijo a la agencia AP que “los iraquíes deben contar con ellos mismos y sus verdaderos amigos son Rusia e Irán, que han apoyado al país en su lucha contra el Estado Islámico”. Lo dicho por Al Askeri también tiene ciertas implicaciones porque, en últimas, el EI ha logrado crecer en buena parte gracias al caos de la guerra en Siria, conflicto que ha permanecido ajeno a las intervenciones internacionales mediante el veto de Rusia en el Consejo de Seguridad de la ONU.

La intervención en Irak de las fuerzas estadounidenses vuelve a despertar los viejos fantasmas de una guerra que comenzó como una búsqueda de armas de destrucción masiva (nunca encontradas) y cuyos resultados son cuestionables, al menos a juzgar por el escenario actual. También hay dudas acerca de la efectividad de los ataques que, claro, pueden restarle impulso a la ofensiva del EI, pero que también pueden no solucionar los problemas de fondo en un país que aún intenta definirse como Nación.

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