Los griegos que salvaron a cientos de migrantes de morir en el Mediterráneo

Residentes de las islas griegas atendieron y rescataron a los desarraigados que llegaban a su territorio en busca de una vida mejor. Están nominados al Nobel de Paz.

Thanassis Marmarinos, Emilia Kamvissi y Stratis Valamios, tres de los miembros de “Village All Together”.AFP

Hace unos años, los griegos se quedaron desempleados y sus ahorros resultaron casi inservibles. Es famosa la fotografía de un hombre arrodillado contra la pared de un banco, llorando impotente porque no podía retirar más que una pequeña suma de sus ahorros. En 2015, los griegos eran los europeos con la suerte menos bendita: habían sufrido los golpes más fuertes de la recesión económica, su gobierno se había deshecho y la depresión y el desespero campeaban. Ese año, más de un millón de migrantes arribaron a sus costas y a las islas vecinas en botes desafortunados: antes de llegar, los botes se hundían por el exceso de peso y entonces lo que se observaba desde la orilla era el caos acuático de un hombre, un niño, una mujer que se hunde.

Aunque no tenían qué darles, un grupo de griegos los salvó. Fueron decenas de trabajadores, pensionados y estudiantes quienes se apresuraron a nadar y a rescatar a los migrantes, agrupados bajo el nombre “Village All Together”. Después volvían a la orilla, los abrigaban con toallas o con lo que hubiera a mano y los alimentaban con todo cuanto pudieran. Fueron héroes sin proponérselo: es decir, verdaderos héroes. “La gente me dice ‘eres un héroe’ —dijo el pescador Stratis Valiamos, de 40 años, al diario The Guardian—. Pero esto no es heroísmo. Es lo que hay que hacer”. Valiamos y otras tres personas están nominadas por su trabajo en el rescate de migrantes: la pensionada Emilia Kamvissi, el pescador Thanassis Marmarinos y la actriz Susan Sarandon, que representa a decenas de oenegés y organizaciones tras su viaje humanitario a Lesbos.

Kamvissi vivía de cara al mar. Tiene 85 años y fue fotografiada mientras daba de beber a un bebe en un biberón. “Está en nuestra sangre ayudar a estas personas —dijo—. Todos somos humanos. Es lo correcto”. El rescate de migrantes se representó, primero, en la fotografía de un militar que se lanzó a las aguas para sacar a un infortunado. En la fotografía se nota la fuerza de su acto: parece no importarle nada más que el rescate, interesa poco el agua o el riesgo. La fotografía parece argumentar que para ser un héroe sólo se necesita actuar en el momento justo por la causa justa.

La petición de decenas de académicos para que los rescatistas griegos reciban el premio Nobel de Paz argumenta: “En las remotas islas griegas, abuelas han consolado a bebés aterrorizados, mientras que profesores, pensionados y estudiantes han dedicado meses para ofrecer comida, refugio, ropa y comodidad a refugiados que arriesgaron sus vidas para huir de la guerra y el terror” (lea sobre los Cascos Blancos de Siria, también nominados al Nobel). Piden que les den el premio por su “empatía y sacrificio”. Los rescatistas griegos son la excepción a la regla en Europa, que ha decidido cerrar sus puertas a los migrantes con diversos tratos con Afganistán y Turquía. Y poniendo vallas en las fronteras. Y dejándolos en tierra de nadie. Y, de hecho, devolviéndolos a sus casas. Hace unos días, más de 6.000 migrantes marchaban hacia la frontera con Hungría para que los dejaran pasar. Volver no es una opción.

“Fue una combinación de tragedia y esperanza”, dijo un activista griego. Cae en razón: ningún griego debía salvar a los migrantes que llegaban a sus islas. No tenían la obligación ni el deber legal. Pero la ética está por encima de lo que dicen las constituciones.