Los planes del presidente Trump

Las elecciones más polémicas de la historia del país terminan con un escenario incierto: el polémico empresario en la Casa Blanca. ¿Cómo será su presidencia?

Seguidores de Donald Trump celebran el triunfo de su candidato. AFP

Ningún pronóstico se cumplió anoche en Estados Unidos porque ninguno se atrevió a apostar por una victoria del candidato republicano, Donald Trump. Analistas y expertos electorales le dieron hasta última hora las opciones a la demócrata Hillary Clinton, pero a medida que avanzaba la noche el escenario que los medios de comunicación calificaron como “el peor y más catastrófico” se fue haciendo realidad. (Vea acá el especial ELECCIONES EN ESTADOS UNIDOS 2016)

Trump comenzó imponiéndose en Indiana, Kentucky y Virginia, para luego embolsillarse Alabama, Mississippi, Luisiana y un rosario de estados que nunca tuvieron un claro favorito.

El golpe más fuerte para Clinton llegó sobre las once de la noche, cuando Trump ganó en Ohio, estado en el que Barack Obama se impuso dos veces y en donde desde 1960 el candidato que gana se queda con la Presidencia. Sobre la medianoche era Florida la que le despejaba el camino a la Presidencia a Trump.

¿Y ahora qué? ¿Qué hará un xenófobo, sexista e impulsivo empresario, sin experiencia política, al mando de la potencia mundial?

El candidato del Partido Republicano, quien no sólo consiguió contra todo pronóstico la nominación, sino que derrotó a Clinton, nunca fue tomado en serio en esta elección. O sí, para alertar justificadamente lo que podría significar un gobierno como el suyo, en momentos críticos para el liderazgo de Estados Unidos en el mundo. Esto a causa de fenómenos como la pobreza e inseguridad, un Oriente Medio que lejos de apaciguarse con la tan promovida democratización, más bien arde en varios frentes de batalla, y una pérdida de legitimidad en América Latina, donde su desprestigio está en franco declive desde el nuevo milenio.

¿Qué tan claro tiene el nuevo presidente su plan de gobierno? Aunque no lo parezca, Trump ha venido consolidando una serie de ideas y prejuicios, que permiten entrever (sin certeza) cómo gobernaría.

Tiembla la economía

En materia económica, el empresario mezcla dos rasgos que parecerían contradictorios, pero que en la práctica pueden conjugarse.

Nacionalismo económico en términos de comercio exterior a inversiones, y una disminución del rol del Estado en materia redistributiva. Consecuencia de la lectura de que entre menos intervenga aquel, mayores posibilidades de que sea el mercado a través de privados, quien se encargue de redistribuir lo acumulado.

Según el dogma, los impuestos directos sobre quienes más devenguen sólo entorpecen la generación de riqueza para combatir la pobreza, la creación de puestos de trabajo y el anhelado crecimiento económico.

Trump ha sido un duro crítico de algunos esquemas de libre comercio, en particular del Tratado de Libre Comercio para América del Norte (TLCAN), firmado en 1994 por Canadá, Estados Unidos y México, en pleno apogeo de la desregulación. El magnate alega que por esa vía han salido capitales que aprovechan la deslocalización y se llevan el empleo a ese país latinoamericano. Lo etiqueta como “el peor acuerdo comercial de la historia que haya firmado Estados Unidos”. Señaló que se habían perdido millones de dólares, y ningún gobierno había sido capaz de corregir tal situación. La denuncia del tratado por parte de Washington es viable desde la legalidad, pues como toda convención dispone de cláusulas para el retiro de alguno de sus miembros.

La Comunidad Andina tiene la experiencia de haber sobrevivido a la salida de Chile en 1976 –en ese entonces Pacto Andino–, y en 2006, cuando Hugo Chávez acusó a Colombia y Perú de alterar las condiciones comerciales al avanzar en un Tratado de Libre Comercio (TLC) con EE. UU. Recientemente, el Brexit ha sido la situación más equiparable, pero ningún antecedente se acerca al impacto que podría tener la salida de Estados Unidos del acuerdo. No sólo por la afectación sobre la economía de sus socios, sino por el mensaje que se envía al mundo, respecto de los compromisos de ese país con algunos de sus pares más importantes. Esto se complementa con la idea de grabar las importaciones en un 20 o 25 % para acabar con la competencia de productos chinos y de otras zonas del mundo que llegan con precios muy bajos.

Valga aclarar que en política comercial, como en el campo tributario, Trump ha sido poco claro y ha disparado mensajes en varias direcciones, en la urgencia evidente de acumular votos. Fórmulas concisas, respuestas simples y soluciones inmediatas han mostrado un poder de seducción sobre una sección, cada vez más representativa, del electorado estadounidense.

¿Es viable lo que propone?

¿Trump tendrá margen de acción para ejecutar todo lo que dijo? La respuesta más probable es que no, pues a pesar de ser un régimen presidencialista, el Congreso dispone de medios para limitarlo. Basta recordar la potestad del Senado para aprobar la nominación del secretario de Estado, y los poderosos Comités de Relaciones Exteriores y de Apropiaciones, en manos de republicanos, que no necesariamente comulgan con Trump —una mayoría que según los resultados se mantiene—. Esto puede derivar en una parálisis sin antecedentes, pues los choques entre Ejecutivo y Legislativo, con capacidad de colapsar el Estado, son más propios de los presidencialismos latinoamericanos.

En temas migratorios existe una fuerte preocupación, pues se ha anunciado no sólo la construcción del muro para detener la llegada de irregulares, sino por el intento por deportar masivamente a quienes no han conseguido normalizar su situación. Aunque el magnate haya tratado de combatir los temores, y alcanzar al electorado latino, es evidente que el respaldo de muchos que quieren y anhelan las deportaciones masivas pesará más. El candidato habla de deportar a dos millones de “criminales”.

En 2015, Barack Obama firmó un decreto ejecutivo precisamente en la dirección contraria, evitando la salida de latinos en situación irregular. Cinco millones se vieron beneficiados con esa firma.

Finalmente, en política exterior se esperaría uno de los períodos de mayor aislamiento para Estados Unidos, al menos desde que desapareció la Unión Soviética. Trump ha dicho en múltiples ocasiones que se opuso a la guerra en Irak de 2003 y se ha mostrado como un fuerte crítico del injerencismo de su país en la región de Oriente Medio y Asia Central. Se ha quejado de los enormes costos que representa el Tratado de la Organización del Atlántico Norte (OTAN), clave en los intereses del país. Condiciona el compromiso de EE. UU. a un aumento considerable del presupuesto de otras naciones y se aleja de los países bálticos, lo que inquieta a Europa. Con Estados Unidos por fuera de estos temas será muy difícil saber el rumbo de la lucha contra el Estados Islámico, la estabilización de Irak y Siria, el avance inconmensurable en el dossier nuclear iraní, un relanzamiento de los diálogos entre palestinos e israelíes y tal vez el tema más sensible en cuanto el terrorismo: la violencia de grupos fundamentalistas en el Sahel africano. Trump tendrá en vilo al mundo, como en los peores momentos de la Guerra Fría. Y esos temores por su triunfo, lejos de responder a una exageración, son suficientemente fundados. A partir de hoy se comenzará a delinear el futuro de un Estados Unidos en manos de un hombre al que ahora sí hay que tomar en serio.

Profesor U. del Rosario.