Los republicanos, en contra del Papa por cambio climático

El 18 de junio será revelada la declaración en que el sumo pontífice dice que el cambio climático es producido en buena parte por los humanos.

AFP

 Clair Cameron Patterson es un nombre poco popular hoy. Geoquímico de la Universidad de Grinell (Estados Unidos) y doctor en ciencias de la Universidad de Chicago, Patterson falleció en 1995 y tiene en su currículo un descubrimiento poco usual en cualquier hoja de vida: fue él quien determinó, a partir de estudios en el Gran Cañón —y de los restos del meteorito que lo formó—, la edad de la Tierra en 4.500 millones de años. Patterson era un hombre curioso que, además de sus estudios geológicos, seguía una decidida atracción hacia la composición química de los objetos. Fue así, también, como descubrió que los niveles de plomo —uno de los compuestos hasta entonces más utilizados— eran altos y que su intromisión en el agua, por ejemplo, no se debía a una variación natural del líquido sino a la acción de la industria.

Por años, Patterson denunció los efectos del plomo en la salud humana y se enfrentó a la industria de la gasolina y los alimentos —las latas en que era empacada la comida contenían plomo—. Fue así como formó una legión de enemigos, entre ellos otros científicos que denigraban de sus conclusiones y en frente de la justicia llamaban a la cordura. Los científicos eran pagados por los industriales para certificar, con base en estudios de poca fiabilidad, que el plomo no hacía ningún daño, que la mano del hombre nada tenía que ver con el envenenamiento a través de la comida y que el plomo era un material que nacía con toda naturalidad en el agua. Los lobistas —los industriales—, con mayor poder económico que Patterson, truncaban sus investigaciones e impulsaron su expulsión de un instituto que estudiaba la contaminación. Para 1986, la justicia de Estados Unidos tuvo que aceptar públicamente todas las razones de Patterson y eliminar el plomo de la gasolina y de la cadena de producción. Los niveles de plomo —que, según decían, se daba sin esfuerzo en la naturaleza— descendieron 80% entre la población estadounidense. Patterson vivió para ver su triunfo.

Quizá no se mostraría sorprendido con el retrato actual del cambio climático. A pesar de las pruebas concluyentes de que los niveles de gases de efecto invernadero aumentan la temperatura en el mundo, numerosos grupos niegan su existencia, muchos de ellos impulsados por firmas dedicadas a la extracción y procesamiento de petróleo y las compañís de energía. La negación ha llegado a la arena política de Estados Unidos —que estará en elecciones presidenciales el próximo año— en forma de combate: el precandidato republicano Jeb Bush —hermano del expresidente George Bush— acusó al papa Francisco de entrometerse en la política luego de que una de sus encíclicas, que saldrá el 18 de junio, fue filtrada a los medios de comunicación. Allí, el papa Francisco diría que el cambio climático es en mayor parte responsabilidad de los seres humanos —dicho de otro modo: de las industrias que producen los gases que afectan el medio ambiente— y que es necesario que exista una coalición para defender los intereses de los más afectados. Bush dijo, certero: “No me aconsejo sobre política ambiental con el obispo o el cardinal o el Papa. Creo que la religión debería hacernos mejores seres humanos y preocuparse menos por cosas que terminan en la arena política”.

Al alegato de Bush ya se había unido Rick Santorum, senador por Pensilvania: “La Iglesia se ha equivocado en ocasiones con la ciencia, y creo que es mejor dejarle la ciencia a los científicos y enfocarse en lo que somos buenos, la teología y la moralidad”. Según el diario The Guardian, al menos cinco de los precandidatos republicanos son católicos y todos ellos, es posible, tomarán la misma posición: la Iglesia no debe entrometerse en las cuestiones de la ciencia. La industria energética y petrolera también se ha pronunciado en contra del Papa con el siguiente argumento: en vez de concentrarse en los efectos de esa industria en el medio ambiente, el Papa debería impulsar los combustibles fósiles para ayudar a la humanidad a salir de la pobreza. El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, dirigido por el Programa de Medio Ambiente de Naciones Unidas y la Organización Meteorológica Mundial, aseguró en su reporte de 2015 que 95% de los científicos coinciden, tras estudios de los cambios ambientales en el Ártico y en las zonas polares, en que el cambio climático está sucediendo y que es producto del aumento de los gases de efecto invernadero que, además de modificar los procesos naturales, aumentan la temperatura de la Tierra.

Más allá de cuántos están de acuerdo o no con el cambio climático, están las pruebas: aumento de la temperatura global, pérdida de glaciares a un nivel inusual, pérdida de hielo en el Ártico, cambios drásticos en la vegetación, aumento del nivel del mar. Los estudios, realizados por instituciones financiadas por gobiernos de países desarrollados y en vía de desarrollo, señalan que es necesario un cambio en las fuentes primarias de energía que utilizan los seres humanos en su vida cotidiana: menos petróleo, más energías alternativas (solar, eólica, por ejemplo). Allí está, pues, el embrollo político y económico: el mundo consume 30 mil millones de barriles de petróleo por año y es un negocio con utilidades altísimas y con participantes que se rozan con los gobiernos de cada nación. En este momento, negar la existencia del cambio climático —y enfrentarse a una figura diplomática como el Papa— es para Jeb Bush y sus colegas republicanos una forma de ganar adeptos políticos y, sobre todo, de obtener financiación de parte de las empresas que hacen lobby en el Congreso estadounidense en contra de las leyes ambientalistas de Obama.

De entrada, sus argumentos resultan poco confiables: están basados en los estudios del Instituto Heartland, una organización científica que lidera el grupo de negacionistas del cambio climático. Tres años atrás, luego de una filtración de documentos, fue revelado que Heartland tenía financiación de empresas que tienen intereses en negarlo y que varios científicos y blogueros eran pagados para extender sus argumentos en diversos medios. Los republicanos, además, tienen entre sus filas de donantes a las empresas petroleras y de energía. De hecho, Jeb Bush tiene preparada una reunión a puerta cerrada con presidentes de estas compañías la próxima semana. En esta ocasión, cada uno de ellos ha donado al partido republicano, por lo menos, US$7.500 y tienen a Bush en la mira en caso de que, si se convierte en presidente, los tenga en cuenta en su mapa político. En las elecciones de 2012, esas industrias entregaron US$4,4 millones al partido republicano para efectos de campaña, y también tienen relación con políticos demócratas en estados de base industrial. La industria, en este momento, está siendo presionada por los proyectos de la EPA (Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos), que regulará la construcción de plantas de energía basadas en el petróleo. La presión política obliga a nuevas estrategias. El Papa entra en esa ecuación como un jugador de peso y una voz con autoridad —que en los últimos meses se mueve en el mundo político como quizá ningún otro Papa lo había hecho— que quizá impulsará cambios políticos en ese sentido. Será posible, si Bush se convierte en presidente, verlo a él y al Papa abrazados en una foto futura. En este momento, por pura estrategia, Jeb Bush elude sus atenciones.

Si quiere leer más sobre este tema, consulte esta nota del diario The Guardian