Los restos de la Segunda Guerra Mundial

El conflicto que produjo la cartografía, produjo nuevas divisiones que perduran y determinó el estado actual del poder global. A 70 años de la rendición de Berlín, ¿en qué quedaron los países enfrentados?

El día D: en la mañana del 6 de junio de 1944 las fuerzas aliadas desembarcaron en Normandía. Del otro lado estaba la tropa nazi.

 

El 30 de abril de 1945, Hitler se suicidó en su búnker en Berlín y los aliados, representados en esas tierras por la Unión Soviética, dieron por terminada por lo menos una parte de la guerra: el nazismo, los campos de concentración, los desplazamientos masivos. Cinco meses después, otro frente definió su suerte: el 6 y el 9 de agosto, Estados Unidos lanzó sobre Hiroshima y Nagasaki sendas bombas atómicas que dejaron fuera de plaza a Japón y anularon, ahora sí, la guerra. Era tiempo, entonces, de que los ganadores juzgaran a los perdedores y se presentaran, con rigurosidad, como los nuevos propietarios del poder mundial a pesar de sus propios conflictos morales internos (el racismo perpetuo en Estados Unidos y su culposo, y nunca juzgado, daño a la población civil japonesa; los campos de concentración regentados por los bolcheviques y la decidida anulación de los derechos básicos). Como sucedió después de la Primera Guerra Mundial, el mapa general mudó y las fronteras, antes tan certeras —aunque tambaleantes en el período entre guerras—, se convirtieron en maleables límites determinados por la voluntad de los grandes ganadores —los que cuentan la historia—: Estados Unidos, la Unión Soviética, Inglaterra, China y Francia.

Una de las causas esenciales de la guerra —han dicho los historiadores— fue el impulso que tuvieron los totalitarismos en Europa. Otra, más humana, pudo ser la mera ambición de poder. Con Alemania devastada después de la Primera Guerra, Estados Unidos intentó atar sus pretensiones bélicas con grandes deudas; sin embargo, presa del rencor que produjo la pérdida, Hitler concibió un movimiento que, basado en el nacionalismo y la glorificación del espíritu alemán, alentó una destrucción inaudita: cerca de 6 millones de judíos, mal hechas las cuentas, murieron en las cámaras de gas, o por mera hambruna, o asesinados a tiro de fusil. En Italia, con Mussolini, ocurrió un proceso similar. La ansiedad territorial de Alemania sobre los países de Europa Oriental desató los lazos ligeros con la Unión Soviética. Japón, en plena guerra con China, se abalanzó contra Estados Unidos en el ataque contra Pearl Harbor en 1941, un país cuya fuerza económica se había revelado como inamovible después de su avance en la Primera Guerra.

Resulta extraño nombrarlos como ganadores o perdedores. Sería más sencillo —más honesto— decir que en una guerra que tuvo 85 millones de muertos todos perdieron, pero algunos, con más suerte, pudieron resurgir de esas cenizas y determinar el futuro político y social de sus vecinos. Así quedaron los países principales que lucharon en la guerra y estas fueron las consecuencias de la umbría violencia.

Alemania
 
El Ejército Rojo, de la Unión Soviética, puso su bandera en Berlín a finales de abril con el apoyo de tropas en su mayoría estadounidenses. El Consejo Aliado, que comenzó en la primera mitad de 1944 —cuando ya se preveía la rendición de Alemania—, determinó que el país quedaría dividido en cuatro zonas, pertenecientes a Estados Unidos, Francia, la Unión Soviética e Inglaterra. Alemania se dividió en dos: una zona comunista —o democrática, regentada por la dictadura de Stalin— y otra federal, a cargo de los tres países restantes. Desde entonces, y a causa también de la construcción del Muro de Berlín en 1961, Alemania fue el escenario del combate mundial entre dos ideologías que tuvo efectos sobre sus ciudadanos. Los escapes entre una zona y otra eran constantes, de modo que la Unión Soviética aumentó la seguridad y muchos ciudadanos, bajo el poder de la Stasi —la inteligencia de la República Democrática—, desaparecieron, murieron o fueron capturados. Con la caída del muro, en 1989, Alemania se reunificó y se convirtió en pocos años en una de las primeras economías europeas.
 
Unión Soviética
 
Al terminar la Segunda Guerra se convirtió en uno de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU y se destacó como uno de los poderes industriales con más influencia en el mundo. También expandió su territorio: los acuerdos de diversas conferencias le entregaron parte del territorio polaco —que había usurpado Alemania— y siguió con el mando en Ucrania, Lituania, Letonia y Estonia. A causa del sitio de Leningrado y de los ataques alemanes, la Unión Soviética fue portadora de sendas indemnizaciones. Las presiones por reformas más amplias en Checoslovaquia —que había sido ocupada por Alemania—, durante la Primavera de Praga, azuzaron a la Unión Soviética. A finales de 1968 invadió Checoslovaquia y tuvo influencia hasta la disolución de las Repúblicas Socialistas en 1991. Convertida hoy en Rusia, con un gobierno democrático —aunque determinado todavía por la continuidad de las figuras políticas—, sigue siendo una potencia y un actor central en la producción de armamento nuclear.
 
Estados Unidos
 
Junto con la Unión Soviética fueron los protagonistas en el globo durante casi medio siglo. Su expansión territorial se limitó al control de una parte de la Alemania Federal. Sin embargo, en el campo económico fue la mejor librada. Sus lazos se extendieron hacia Europa y América Latina —un actor que comenzaba a surgir—. Su asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU le permitió —le permite— dirigir decisiones de impacto mundial. El desarrollo de su industria, de su economía, de su armamento militar —nuclear— y de su influencia política  lo convirtió en un actor prácticamente solitario en el mundo capitalista. Su PIB creció 60% y la industria registró ganancias de 50%. Dos tercios de las reservas de oro estaban en sus manos y el dólar devino en una de las principales monedas del mundo. No es coincidencia que la cultura estadounidense hubiera sido determinante en la segunda mitad del siglo XX. Aún hoy el alcance de su poder se sostiene a pesar de haber luchado contra Vietnam, Corea del Norte y la Unión Soviética —en la Guerra Fría— y de que las guerras del nuevo siglo han mermado su éxito.
 
Japón
 
Estados Unidos ocupó el país junto con los demás aliados en 1945. Algunos culpables militares y políticos fueron juzgados en Tokio; otros volvieron a sus puestos en el poder. La ocupación, que se extendió todo 1945, estuvo  en manos de Estados Unidos y a eso se debió el curso que siguió el país. El imperio se diluyó y la nueva constitución redujo el poder del emperador y aumentó la influencia del parlamento. Como sucedió con Alemania después de la Primera Guerra, Estados Unidos desalentó la consecución de armamento para prevenir un  conflicto y, por la rápida expansión del comunismo en Asia, propulsó reformas para crear un sistema de capital similar al suyo. El Estado de Japón, como es llamado desde entonces, se hizo miembro del bloque occidental y después de 1952  la amplitud de su industria ganó terreno. Una serie de pactos firmados con Estados Unidos produjeron el cierre definitivo ante el avance del comunismo. La Guerra de Corea, en la cual Japón fue una base territorial de Occidente, afianzó esa relación. La capacidad nuclear de Japón en la actualidad y su industria tecnológica le otorgaron una suerte inesperada a un país que se reconstruyó en todo sentido después de los bombardeos.
 
China
 
Habiendo salido bien librada de la guerra, con tratados más equilibrados con Estados Unidos e Inglaterra, parecía que China seguiría el mismo camino de Japón. Sin embargo, las guerras internas entre nacionalistas y comunistas y el impacto de la Guerra con Japón cambiaron por completo el futuro de la región. En 1949, se estableció la República Popular de China. Estados Unidos intentó influir en esa decisión, apoyando a los nacionalistas, pero la historia es azarosa. Así, China se convertía en una aliada regional principal de la Unión Soviética y los dos bloques, comunismo y capitalismo, tomaban  forma. Sin embargo, el proceso del comunismo en China tuvo varias etapas, incluida una revolución cultural —con purgas ideológicas en medio—, cuya suma dio un resultado exótico: una república socialista con economía de mercado. La modernización comenzó a mediados de los años 80 con la proclamación de una nueva constitución. En los años 90, su índice de pobreza disminuyó y la industria despegó. En 2014 fue nombrada la segunda nación con la economía más poderosa.
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