Maduro, en guardia

El presidente de Venezuela busca el apoyo regional ante una tensionante relación con Washington. Unasur y Celac serán sus “escudos”.

El mandatario Nicolás Maduro aparece junto al presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello (izq.), y su ministro de Defensa, Vladimir Padrino. / AFP

Escudo protector. Parece el nombre propio de una operación militar de gran calado, pero no, en este caso no tiene que ver con las armas, sino con la política diplomática. Un escudo, así lo anunció el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, que pretende crear con las fuerzas conjuntas de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (Celac), que blinde a su gobierno de la injerencia de, claro, Estados Unidos. Maduro parece no tener duda de que algún brebaje se prepara en Washington, en alianza con la oposición local, y los mensajes de las últimas semanas han construido un escenario en el Palacio de Miraflores que varía entre la posibilidad de entablar un diálogo con la Casa Blanca y la paranoia de la conspiración total.

De extremo a extremo: la semana pasada, Maduro acudía al secretario general de Unasur, Ernesto Samper, para explorar un acercamiento a Washington, y hoy, tras la apuesta de la Casa Blanca de conversar por los canales diplomáticos establecidos, sin intermediarios incómodos, el presidente sube volumen a las alertas antiyanquis. Su última preocupación lo obligó a enviarle un mensaje público a Barack Obama: que no crea en los “informes manipulados” que dicen que en Venezuela peligra la democracia, porque él sabe —¿cómo?— que hay un documento que hace circular esa idea entre el gobierno norteamericano.

Maduro llama a sus huestes regionales para que lo rodeen en una cumbre de cancilleres que termina hoy en Montevideo y en la que aparentemente los gobiernos de Brasil, Colombia y Ecuador le recomendarán la apertura paulatina de conversaciones con la oposición, para aligerar tensiones. Carlos Raúl Hernández, doctor en ciencias políticas y profesor de la Universidad Central de Venezuela, califica la maniobra política del presidente como una suerte de “ataque de pánico”, la manera de asegurar la cercanía con la región en caso de que alguna postura de Washington lo obligue a subir el tono.

Las preocupaciones para Caracas saltan a la vista: la crisis económica derivada de la caída de los precios del petróleo, la inflación del 64%, las denuncias de desabastecimiento y la estrategia política opositora para capitalizar este momento. Maduro anunció el viernes que la cadena de supermercados Día Día sería asumida por la Productora y Distribuidora Venezolana de Alimentos (Pdeval), un presunto castigo a la falta de distribución de sus productos y una acusación similar a la del ya célebre caso de Farmatodo, cuya cúpula está siendo investigada por la misma razón. Se queja Maduro: “la estrategia es poner al pueblo a sufrir y si el pueblo hace cola se alzará a la revolución y derrocará al Gobierno”.

Para el chavismo no hay duda de que la revolución les pertenece y no luce dispuesto a ceder en sus principios aunque la “guerra económica” lo cuestione. “Ataque de pánico”, decía el profesor Carlos Raúl Hernández, quien destaca el que a su juicio podría ser mayor de los temores del momento para Maduro: los testimonios en Estados Unidos del oficial Leamsy Salazar, exmiembro del anillo de seguridad de Hugo Chávez, quien aparentemente denunció nexos entre el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello y el narcotráfico.

“No cabe duda —asegura Hernández— de que Salazar tiene información trascendental, que lo convierte en un ‘pez gordo’. No podemos olvidar que sabe muchos secretos y que incluso estuvo muy cerca de Chávez durante su agonía en Cuba”. El profesor se refiere a un rumor que en estos días parece cobrar fuerza en Venezuela, aunque no exista prueba alguna que pueda comprobarlo. Hay una versión —acaso con origen en Leamsy Salazar— que sostiene que Chávez habría fallecido de cáncer en diciembre de 2012 y no el 5 de marzo de 2013, como se hizo oficial. Si dicha hipótesis resultara cierta, en esos poco más de dos meses el círculo del líder de la Revolución Bolivariana habría organizado sus fichas para ungir a Maduro y muchos de los procedimientos que siguieron en el Tribunal Supremo Electoral no tendrían soporte legal. “Si esto resultara cierto, se produciría un derrumbe catastrófico de todas las instituciones. Sería un terremoto”, apunta Hernández.

No existe prueba de esto y hasta ahora tampoco está claro, amparado por el hermetismo de Washington, cuál es el papel de Salazar en Estados Unidos. ¿Testigo? ¿Colaborador? ¿Espía? ¿Parte del complot opositor, en palabras del Gobierno? ¿Por qué justo ahora se conocen algunas de sus denuncias?

Los problemas son suficientes para Maduro, incluso si la figura de Salazar no apareciera sombría como ahora. La insatisfacción popular, que la oposición ha intentado encauzar en protestas, permanece latente entre los adversarios de un gobierno que quizá tenga la situación controlada, pero al que no le gusta tentar el destino. La Guardia Nacional Bolivariana está con Maduro y esto es suficiente. No existe, en opinión del profesor Hernández, un poder que se perfile para llenar un eventual vacío, ni insatisfacciones en el Ejército y seguramente vengan más meses de desgaste. El barómetro definitivo aparecerá con las legislativas de este año (sin fecha establecida aún). “Si la oposición gana ampliamente —dice Hernández—, no habrá duda de que un nuevo poder surge en Venezuela”.

 

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