Maduro y la petrodiplomacia

Después de visitar Uruguay, el presidente de Venezuela llega hoy a Argentina, donde se reunirá con la presidenta Cristina Fernández. Brasil será su última parada.

Nicolás Maduro, presidente de Venezuela. / EFE
Nicolás Maduro, presidente de Venezuela. / EFE

No cabe la menor duda de que Venezuela, bajo los trece años del gobierno de Chávez, impulsó de manera destacada la integración regional latinoamericana bajo nuevos significados y alcances que han dado lugar a lo que se conoce como regionalismo post-liberal. Entre sus resultados, Unasur y Celac comprometen nuevas posibilidades para todo el continente en términos de concertación de políticas y cooperación intergubernamental, mientras que Alba representa una alternativa de cariz mucho más ideológico.

Especialmente dentro de Alba y a través de la gran empresa Pdvsa, el petróleo ha sido fundamental para articular posiciones de encuentro en el continente, especialmente por medio de la iniciativa Petrocaribe, sumamente influyente en el Caribe y Centroamérica, pero también con relevancia en Petroandina y Petrosur.

Pese a la precaria situación que atraviesa Venezuela en términos de inflación y devaluaciones del bolívar, el petróleo se sigue erigiendo como un mecanismo para relanzar las relaciones políticas y económicas en tiempos de cambio. Tiempos en que consolidar la posición de Venezuela más allá del Caribe, también en Mercosur y en otros espacios de integración regional, como Unasur, es fundamental y prioritario para Maduro.

Así es como se entienden las reuniones del martes con el presidente uruguayo, Pepe Mujica, y las de ayer y las de hoy con Cristina Fernández y Dilma Rousseff respectivamente. Unas reuniones que servirán para fortalecer la figura exterior de Maduro, revestir su legitimidad y liderazgo, y servir de antesala a lo que será la presidencia venezolana pro témpore en Mercosur. Una presidencia bajo la que las tensiones entre Uruguay y Argentina por el incremento de Fernández a los controles en los tipos de cambio, la parálisis de la inversión brasileña en Argentina o la depreciación de algunos productos tras la integración en Mercosur de Venezuela, serán una importante prueba de fuego.

Sea como fuere, dadas las circunstancias, sigue siendo necesario repensar el costo que la petrodiplomacia puede generar a Venezuela, pues si bien es cierto que el rédito político es incuestionable y permite consolidar su posición como actor en el continente, por otro lado, el mecanismo de financiación y relativa subvención del petróleo supone una deuda, sólo de los países centroamericanos, que en ocho años ya supera los US$20.000 millones.

El continuismo de la petrodiplomacia venezolana seguirá constante pese a la ausencia de cualquier atisbo de avance destacable en términos de integración energética en Latinoamérica, el tendente y recurrido empleo al nacionalismo energético como factor de desestabilización y la confluencia de otras posibilidades cada vez con mayor peso específico, como la brasileña y Petrobras. Circunstancias que deberían invitar a un ejercicio de reflexión conjunta respecto de cómo hacer uso del petróleo en las relaciones políticas y económicas que tienen lugar dentro del continente en aras de un mayor integracionismo, una mayor confianza mutua y una mayor seguridad, por el momento obviadas, y con la que se beneficie, verdaderamente, tanto a Venezuela como al resto del continente.

* Investigador en ciencias políticas y sociología de la Universidad Complutense de Madrid (@Jeronimo_Rios)