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La mafia colombiana en el corazón de Argentina

Publicamos en exclusiva un capítulo del libro “Sinaloa, Medellín, Rosario” (Editorial Planeta), del prestigioso periodista argentino Gustavo Sierra, que cuenta cómo los “narcos” se trastearon desde México y Colombia hacia esa provincia argentina.

La Gendarmería Nacional, encargada de las fronteras, entró a Rosario con una fuerza especial de la Secretaría de Seguridad. / Foto: Rubén Digiglio - Cortesía diario “Clarín”.

Un hijo de un importante narcotraficante reside en Buenos Aires y estuvo involucrado en una de las operaciones de narcotráfico colombiano más importantes de las detectadas en Argentina, el llamado “Operativo Luis XV”. Juan Carlos Ramírez Gracia es el hijo de Juan Carlos Chupeta Ramírez Abadía, el capo del cartel del norte del Valle, el tercero en importancia en la estirpe de las grandes organizaciones narcos colombianas. En abril de 2012 la Policía argentina descubrió que Ramírez Gracia y su madre, Patricia Gracia Álvarez, estaban involucrados en la “exportación” de 50 kilos de cocaína desde el puerto colombiano de Buenaventura hacia Buenos Aires, que iban a ser embarcados por Ezeiza rumbo a España.

Desde entonces está prófugo y algunas fuentes judiciales aseguran que todo se descubrió después de que Ramírez Gracia o su tío Alejandro, hermano de Patricia y residente en Argentina desde 2003, habrían hecho un acuerdo con la DEA y entregado a todos sus cómplices. Entre los detenidos está otra colombiana, María Claudia Gómez Martínez, de 46 años, viuda de Pedro Guerrero Castillo, alias Cuchillo, un narcoparamilitar que había iniciado su carrera delictiva en el cartel de Medellín.

Cuchillo murió en la Navidad de 2010, cuando escapaba borracho de la Policía colombiana. Tenía 19 órdenes de captura, manejaba todo el negocio de la droga del occidente de Colombia y se le atribuyen 3.000 homicidios como jefe del bloque Centauros de las Autodefensas Unidas de Colombia (Auc). Era socio de otro gran capo, Daniel el Loco Barrera Barrera, también vinculado con Argentina, donde se refugiaron sus dos exmujeres. María Claudia era socia de Alejandro Gracia Álvarez y, de acuerdo con la investigación del juez federal de Lomas de Zamora, Carlos Ferreiro Pella, y el fiscal federal, Alberto Gentili, ambos son las piezas centrales de la red que traficaba cocaína escondida en muebles de estilo (de ahí el nombre de la “Operación Luis XV”) y que a la vez está conectada con maniobras de lavado de dinero realizadas por el financista colombiano Ignacio Álvarez Meyendorff, detenido en Buenos Aires en abril de 2011.

Gracia Álvarez es un personaje que se repite en ambas causas. Hay escuchas que lo comprometen con el narcotráfico y un análisis societario lo relaciona con Álvarez Meyendorff y su familia. En 2007, Gracia Álvarez renunció como director de Gracia Enterprises S. A. y lo reemplazó, como director suplente, el hijo de Ignacio Álvarez Meyendorff, Mauricio Álvarez Sarria, de 28 años. En esa y en otras empresas argentinas de Gracia Álvarez y Álvarez Meyendorff aparece la misma contadora, Stella Maris Vieyra, que fue detenida en la operación. Gracia Álvarez tiene otra causa en común por “confabulación para traficar estupefacientes” junto con Álvarez Meyendorff. Por esa causa cumplió un período de probation (libertad condicional) y dejó Buenos Aires después de llegar a un supuesto acuerdo con agentes de la DEA para “entregar” la conexión argentina a cambio de que lo dejaran escapar.

"Álvarez Meyendorff y las pompas de jabón

A Ignacio Álvarez Meyendorff lo vinieron a buscar a Buenos Aires cinco marshalls de la justicia estadounidense, junto con un médico que tenía la tarea de mantenerlo estabilizado en las diez horas de viaje de regreso a Miami. El avión del servicio penitenciario de Florida aterrizó en Ezeiza el 3 de julio de 2011. La Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA) lo había detenido en ese mismo aeropuerto en abril cuando volvía a Argentina después de unas vacaciones en Tahití. Diez días antes un tribunal federal de Nueva York había solicitado su “arresto preventivo”. La fiscal Bonnie Klapper lo acusaba de enviar grandes cantidades de droga desde Colombia a Centroamérica, México y Estados Unidos.

Según Miguel Robles, subsecretario de Delitos Complejos del Ministerio de Seguridad argentino, “tendría a cargo la logística de los submarinos y perfeccionó ese sistema”. Se había instalado en Buenos Aires en 2005 y entró y salió decenas de veces del país. Había fundado aquí al menos cuatro empresas, todas tapaderas de sus negocios de narcotráfico. El hombre regordete de 50 años, enfermo de una diabetes severa que lo había llevado a recibir un trasplante de riñón en 2008, ya estaba bajo la mira de la Unidad de Investigación de Lavado de Dinero argentina por un depósito en efectivo de US$700.000 que hizo en la sucursal Montes de Oca, en el barrio de Barracas, del Banco Río, y se sospecha que “lavó” en diferentes operaciones en Argentina al menos US$50 millones.

Álvarez Meyendorff vivía en el elegante barrio de Puerto Madero, en un piso en la calle Vera Peñaloza 450, por el cual pagaba US$2.200. El negocio que tenía con su socio colombiano en Argentina, Alejandro Gracia Álvarez, era traer cocaína desde Colombia para embarcarla desde uno de los puertos cerealeros privados cercanos a Rosario hacia Bélgica, donde tenían una red de distribución para el resto de Europa.

Pero el verdadero imperio de Álvarez Meyendorff lo mantenía su hermano menor, Juan Fernando, en Colombia. Fue él quien mantuvo en pie todos los negocios hasta que llegó a un acuerdo con la justicia estadounidense y también se entregó en abril de 2013. Con los dos “capos” asegurados en una cárcel de alta seguridad aparecieron los “damnificados” que comenzaron a hablar. De esa manera se descubrió una de las mayores fortunas acumuladas por el narcotráfico tras realizarse una de las más grandes operaciones de extinción de dominio del mundo.

Pero nada de esto se hubiera descubierto sin la “colaboración” de un hombre que, al parecer, terminó siendo víctima de este clan y de un testaferro que trabajó junto al extinto capo del norte del Valle Wílber Varela, alias Jabón. La Fiscalía colombiana cruzó documentos e interceptó llamadas telefónicas de los 18 testaferros que estaban al servicio de los Álvarez Meyendorff. Fue entonces que encontraron una firma de contadores que manejaba las propiedades del narcoemporio y a través de sociedades fachadas compraba y vendía inmuebles para lavar el dinero que habían acumulado desde que eran socios del capo Víctor Patiño Fómeque, alias el Químico.

Uno de los testaferros que trabajaban muy cerca de Jabón fue quien dio las pistas para tener una dimensión exacta de la envergadura de Ignacio Álvarez Meyendorff en el entramado narco colombiano que opera desde Argentina. De acuerdo con los documentos de la Fiscalía, ese hombre relató que conoció primero a Juan Fernando Mechas Álvarez Meyendorff, después de quedarse con los negocios que había “heredado” tras el asesinato de otro capo importante, Luis Alfonso Ocampo, alias Tocayo. Mechas se convirtió en ese momento en el socio principal de Patiño Fómeque y quedó al nivel de los jefes máximos del narcotráfico en Colombia. Su hermano, Ignacio, en un principio era el encargado de manejar las propiedades y el dinero del clan familiar. Luego estuvo a cargo de trasladar parte del imperio a Argentina.

“Mi Sangre”, el Unicenter y los lagos de Palermo

Henry de Jesús López Londoño, alias “Mi Sangre”, se había criado en el empobrecido barrio de Boston de Medellín, pero con el tiempo adquirió algunos gustos refinados. Ese aburguesamiento terminó con su libertad. Lo atraparon en Pilar el 30 de octubre de 2012 justo cuando le estaban sirviendo una pasta rellena de hongos patagónicos en el restaurante Fettuccine Mario. Se había confiado demasiado. Hasta había hecho una reserva en el lugar con su propio nombre. Vivía junto a su mujer y sus dos hijos entre dos casonas de los countries de Nordelta y Las Praderas. A los 42 años había intentado armarse una vida de empresario alejado de la violencia narco en la que había estado envuelto toda su vida.

Fernando Quijano, el director de la Corporación para el Desarrollo Social y la Paz de Medellín, y uno de los analistas que más saben sobre el narcotráfico colombiano, describe a Londoño como “un hombre inteligente, con don de mando, muy respetado por los sicarios y con voz en esos grupos. Se inició a comienzos de los noventa muy cerca del cartel de Medellín. Después se pasó de bando y se metió con los Pepes, los Perseguidos por Pablo Escobar, que estaban financiados por los rivales de Cali. Allí es donde conoció a Diego Murillo Bejarano, alias Berna, y toda su movida paramilitar. Se fortaleció junto a él y está hoy dentro de la denominada ‘tercera generación’ de los ‘jefes gatilleros’ de Medellín, en una nueva organización denominada la Oficina, antes llamada de Envigado, pero mucho más amplia, con bandas criminales como los Urabeños, y con otros anclajes”.

El secretario de Seguridad argentino, Sergio Berni, lo definió directamente como “el narcotraficante más buscado del mundo”. Llegó por primera vez a Buenos Aires en 2007 cuando sus jefes directos, los Rendón Herrera del cartel de los Urabeños, lo quisieron esconder “un tiempo” porque había cobrado demasiada visibilidad al intentar “poner en caja” a decenas de bandas de los alrededores de Medellín. Aquí se entretuvo buscando algunos negocios para lavar dinero y comenzó con un emprendimiento agrícola para la industria del biodiésel con un campo de producción en Santiago del Estero. Para esa época también intentó conseguir estatus de refugiado político e inició los trámites ante el Ministerio del Interior argentino. Pero a finales de 2008 le concedieron la residencia a su mujer y a su hijo de tres años y se la denegaron a él porque descubrieron que tenía procesos abiertos en Colombia.

Había otro elemento que lo tenía en vilo. Unos meses antes habían asesinado aquí en Buenos Aires a Héctor Duque Ceballos, alias Monoteto. Unos sicarios lo acribillaron en el estacionamiento del Shopping del Unicenter, en Martínez. Monoteto era el segundo de Carlos Mario Jiménez, alias Macaco, un paramilitar líder del cartel Grupo Cordillera, con base en la región de Antioquia, y que está hoy preso en Estados Unidos. Una versión indica que se quedó con un cargamento de casi 500 kilos de cocaína de la organización y varios millones de dólares antes de huir a Buenos Aires; otros dicen que seguía manteniendo buenas relaciones con su jefe y que hasta había ayudado al hijo de éste, Macaquito, que había venido a estudiar en la Universidad de Palermo.

Lo cierto es que Monoteto usó a una señora que hacía las veces de empleada doméstica suya como “adelantada” para que le armara un hogar en la capital argentina y se instaló en un departamento de Olleros al 1700, en el barrio de Las Cañitas. Pero pronto alquiló otras dos propiedades, una en la Torre Le Park de Puerto Madero y otra en el country Ayres de Pilar. Unos meses más tarde se le unieron otros dos hampones con los que iba a montar su nuevo negocio de importación/exportación de cocaína con oficinas en Medellín, Rosario y Madrid. Eran Julián Jiménez Jaramillo y Jorge Quintero Gartner. Estaban juntos, por subir a un auto Volkswagen Vento, cuando el 24 de julio de 2008, apareció de golpe una moto a toda velocidad con un acompañante en el asiento trasero empuñando un rifle automático.

Los disparos acabaron con Monoteto y Gartner en el instante. Jaramillo escapó hacia la entrada del Shopping y se entregó a los guardias de seguridad. Mientras lo estaban revisando en la comisaría de San Isidro, apenas una hora después del asesinato, recibió un mensajito en su teléfono que decía “Están muertos. Ya salió en las noticias”. Jaramillo había sido el entregador.

Cuando los fiscales argentinos Diego Grau y Luis Angelini comenzaron a investigar las conexiones del crimen del Unicenter comenzaron a aparecer lazos con barrabravas de Boca Juniors, el dueño de la droguería Uniforma —investigado por el triple crimen de General Rodríguez por el tráfico de efedrina a México— y los hermanos Eduardo y Gustavo Juliá, hijos de un exalto militar condenados en España por el intento de entrar casi una tonelada de cocaína en su avión.

Pero el instigador del doble crimen sería otro capo muy importante, Daniel el “Loco” Barrera Barrera, que habría enviado a Buenos Aires a su jefe de sicarios, Mojarro Saldarriaga Perdomo, para cumplir la misión. El Loco fue hallado después en Venezuela y extraditado a Estados Unidos, pero antes mandó matar a Mojarro porque dijo que “se había cortado solo” en un negocio. Ante este panorama, Mi Sangre Londoño decidió regresar a Colombia. Pero ya estaba “marcado”. El presidente Uribe lo incluyó en una lista de los grandes capos y su foto estaba en todas las comisarías y cuarteles.

Se escapó a Venezuela hasta que en un chequeo de rutina unos policías caraqueños lo descubrieron, junto a su mujer e hijos, con documentos falsos. En vez de entregarlos, los secuestraron y pidieron un rescate. Unos tipos enormes pagaron los US$50.000 que pedían los policías. Evidentemente Mi Sangre prefirió pagar el rescate a provocar una carnicería y unos días más tarde estaba otra vez en Buenos Aires. Llegó a Ezeiza el 15 de diciembre de 2011 con su mujer Janeth y su hijo de cinco años con pasaportes falsos venezolanos. Se fue a instalar a Nordelta, con tanta mala suerte que una de sus vecinas resultó ser Ruth Martínez Rodríguez, la exesposa de el Loco Barrera, su archienemigo.

Intentó armar algunos negocios bajo su identidad de “empresario” venezolano interesado en hacer inversiones agrícolo-ganaderas mientras construía una estructura para volver a su antiguo oficio de enviar cocaína para el mercado español. Para entonces ya tenía encima a varios agentes especiales de la Policía colombiana y una mucama enamoradiza que lo terminó traicionando sin saberlo. La colombiana Gladys Macías trabajaba para la familia de Mi Sangre en el Nordelta y comenzó a relacionarse en Facebook con un tal Chango Poce, en realidad un agente encubierto que terminó sacándole mucha información del dueño de casa. Pero cuando los agentes quisieron actuar y arrestar a Mi Sangre se produjo un clásico “enfrentamiento” entre fuerzas de Inteligencia.

Los hombres de la SIDE del todopoderoso Jaime Stiusso se quejaron porque ellos decían también estar detrás de la pista del narco colombiano y todo se tiró atrás. Intervino la Secretaría de Seguridad de Berni y hubo que esperar recién hasta el día en que Mi Sangre llamó a su mujer para decirle que no lo esperara a comer porque tendría un almuerzo de negocios en el restaurante Fettuccine Mario.

Dos días más tarde apareció a cara descubierta ante las cámaras y las imágenes se difundieron en los noticieros de todo el mundo. Llamó mucho la atención por salir del cliché del narco, gordo y demacrado. Mi Sangre Londoño es un tipo de aspecto juvenil, delgado, de frondoso cabello, jeans y camisa sport de estilo y una determinación absoluta en su mirada. Desde entonces espera en el penal de Ezeiza una decisión de la justicia y un posible acuerdo para su extradición a Estados Unidos. 

Consumado corresponsal de guerra

Gustavo Sierra es periodista del diario argentino Clarín. En 2012 publicó el libro El cartel de Bagram (LID Editorial, colección Gallus) basado en su experiencia como corresponsal de guerra en Afganistán. La historia novelada se acaba de publicar en Argentina, México y España, y se basa en Juan Torres, un inmigrante argentino en Estados Unidos que nunca se resignó a aceptar las razones que le dio el Pentágono para explicar la muerte de su hijo, el soldado John Torres, que apareció muerto en las letrinas de la base estadounidense de Bagram, en Afganistán. Al argentino nacido en Córdoba le faltaban dos meses para regresar a Texas y casarse. Estaba asqueado de la guerra porque suboficiales utilizaban la repatriación de cadáveres de soldados para traficar heroína. Su padre enfrentó a los servicios de inteligencia y pasó semanas protestando frente al rancho de George W. Bush y la Casa Blanca. Torres descubrió que detrás estaba una multinacional que vende medicina para la malaria y venció en juicio. Por trabajos como este ha ganado premios como el prestigioso María Moors Cabot de la Universidad de Columbia. Gustavo Sierra salió ileso de la guerra de Irak mientras a su lado caía muerto, de un impacto de metralla en la frente, su amigo, un camarógrafo español.
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