La mala suerte de Nigeria

Goodluck Jonathan, presidente nigeriano, es criticado duramente por su falta de resultados en la lucha terrorista.

Goodluck Jonathan, presidente de Nigeria desde 2010. / AFP

El Índice de Paz Global 2014, divulgado la semana pasada por el Instituto para la Economía y la Paz (IEPU), mostró los niveles alarmantes de violencia en Nigeria: de 441 muertos que se registraron en 2011, la cifra subió a 1.432 el año pasado. En lo que va corrido de 2014 esos números ya fueron superados y eso tiene al gobierno del presidente, Goodluck Jonathan, en serios aprietos. A finales de mayo, luego del secuestro de 200 niñas por parte de Boko Haram —una secta islámica que quiere imponer la sharia y ataca cualquier influencia occidental—, el mandatario prometió una guerra frontal contra el terrorismo.

Hoy, dos meses después, la secta radical no ha liberado a las menores, pero secuestró a 91 mujeres y niñas más y sigue lanzando mortales ataques que sólo durante un día les quitaron la vida a cerca de 50 personas. Según datos de las autoridades nigerianas, el grupo terrorista ha asesinado a 12.000 personas y ha herido a otras 8.000 en los últimos cinco años.

Una contradicción para el presidente Jonathan, pues mientras su gestión económica ubica al país como uno de los estados más prósperos del África Subsahariana, los indicadores sociales dejaron a Nigeria en el lugar 153 (entre 187 países) del Índice de Desarrollo Humano de la ONU de 2013. La pobreza, la falta de oportunidades para los jóvenes y la alta tasa de natalidad son caldo de cultivo para la violencia y el nacimiento de grupos como Boko Haram, que a pesar de su extremismo islámico recluta militantes con facilidad.

El presidente Goodluck (buena suerte, en inglés) Jonathan (en hebreo, don de Dios) tuvo una resonancia positiva desde que llegó a la política nigeriana. Nació en un pueblo de pescadores en la región petrolera del delta del Níger y obtuvo el título de licenciado en ciencias. Trabajó como agente de aduanas y prestó un año de servicio civil en el National Youth Service Corps. Desde que llegó a la política prometió buscar un acuerdo entre el norte musulmán y el sur cristiano, que se han enfrentado durante años. Más allá de la cuestión religiosa, las enormes diferencias sociales y económicas son las que han llevado al país a la grave situación que hoy enfrenta: en el norte, la pobreza, el desempleo y la mortalidad duplican los niveles del sur.

“La violencia sistemática contra la población cristiana comenzó con la elección del actual presidente, Goodluck Jonathan, cuando éste decidió alterar el principio del zoning, un acuerdo informal y no escrito para que, al término de dos mandatos, la presidencia del país cambie de comunidad religiosa. Por lo tanto, se suponía que un presidente del norte musulmán debía permanecer hasta 2015, pero ante la muerte del entonces mandatario Umaru Yar’Adua, el vicepresidente Jonathan, representante del sur cristiano, asumió el cargo. Algunos esperaban que renunciara para permitir que un musulmán dirigiera el país hasta 2015, tal como lo planteaba el zoning. No obstante, Jonathan decidió permanecer como presidente encargado y posteriormente presentarse para las elecciones de 2011, en las que venció al rival del norte musulmán, Atiku Abubakar”, explicó en un artículo el profesor de la Universidad del Rosario Mauricio Jaramillo.

Las contradicciones de Goodluck Jonathan, que ante la arremetida terrorista de Boko Haram declinó la ayuda internacional. Según analistas, el mandatario siempre se ha negado a la intervención de potencias occidentales. Sin embargo, días después, ante la presión de la secta Boko Haram, que ha incrementado sus ataques, no tuvo más remedio que unirse con los cuatro países vecinos de Nigeria y aceptar el respaldo de Francia, Estados Unidos y Reino Unido.

Aun así, Boko Haram parece ir ganando la batalla, a pesar del despliegue militar. Algo que no cambiará, según analistas, hasta que disminuyan las desigualdades económicas y sociales que dividen al país.

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