Medio año al frente de la revolución

Entre percances económicos y la polarización característica de Venezuela, Nicolás Maduro cumple hoy seis meses de mandato presidencial.

Nicolás Maduro asumió la Presidencia el pasado 19 de abril. / AFP

Tal vez a Nicolás Maduro le haya correspondido el destino político más calamitoso de las últimas dos décadas en Venezuela, y la conjetura va más allá de las cifras de la economía, de la seguridad, de los programas sociales y del petróleo. Su reto principal ha sido reemplazar a Hugo Chávez al frente de la Revolución Bolivariana, una misión para la que no existía la preparación suficiente en ninguno de los más fieles alfiles del presidente, porque la clave estaba simplemente en asumir el papel de alguien a quien le bastaba con ser Hugo Chávez.

Los análisis hoy, cuando se cumplen los primeros seis meses del mandato de Maduro, dicen que se acerca un punto de inflexión en el futuro de Venezuela. También dicen que, a pesar de que en la etapa primaria de la sucesión el actual mandatario haya rescatado alguno de los gestos, palabras y el tono de voz de quien fuera su jefe por 14 años, la realidad lo ha obligado a intentar imprimirle su carácter al papel de jefe de Estado. Tras medio año de su elección —avalada por el Consejo Nacional Electoral tras una extensa polémica por los cuestionamientos de la oposición—, Maduro ahora afronta las demandas de sustituir a Chávez. Esos seis meses le han servido para organizar el escritorio del socialismo del siglo XXI después del cataclismo que vino con la muerte del líder, y ahora le exigen avanzar.

Si bien Maduro, además de evocar reiteradamente la memoria del “comandante supremo”, ha anunciado que su plan de gobierno sería el mismo diseñado por Chávez para el período de 2013 a 2019, los problemas que padece Venezuela hoy no le dan un amplio margen de espera a esa implementación. Las cifras que rondan por los medios de comunicación hablan de que la inflación del país está cercana al 29% y que la economía crece al 1,6%, una cifra nimia si se compara con el 5,6% registrado a finales de 2012. Todo esto sin contar que el control de cambio implantado desde los años de Chávez ha ocasionado una escalada vertiginosa en el precio paralelo del dólar, cinco o seis veces más costoso que el oficial. Como indica el profesor y economista venezolano José Manuel Puente, del Instituto de Estudios Superiores de Administración, “lo que estamos viendo hoy es la herencia de estos 13 años, y ahora hay un gobierno al que le están explotando las bombas y no sabe exactamente qué hacer. Esto también forma parte de la herencia de Hugo Chávez”.

Es una “guerra económica” desatada con el fin de desestabilizar al Gobierno. Esa es la versión que el chavismo ha empleado al enfrentarse a los problemas. No obstante, el Gobierno no ha cesado de buscar alternativas que respondan a los problemas de esta “coyuntura económica especial”, como la llama Maduro. De hecho, las necesidades de acción sustentan en buena parte la petición de poderes especiales que el mandatario elevó a la Asamblea Nacional la semana pasada. La ley habilitante que se discute entre los diputados —mayormente chavistas— entregaría un margen mayor de acción a Maduro para gobernar por decreto, pero la oposición se empeña en detallar los eventos “catastróficos” que vendrían con ella, argumentando que una cacería de brujas en su contra podría avecinarse. En cualquier caso, desde el punto de vista socialista no existe en Venezuela un problema económico lo suficientemente fuerte como para que no haya solución. En diálogo con El Espectador, Andrés Aguilar, escritor y activista del chavismo, lo resume en pocas palabras: “Cuando tu país produce entre 2.800 y 3.000 barriles de petróleo al día, que se venden a US$100, no se puede hablar de crisis ni de riesgo de quiebra”. Para el analista Nicmer Evans, que entregó su opinión a la agencia EFE, “las políticas económicas de Chávez tenían sentido durante su gobierno, pero ya estaban dando indicación de la necesidad de ser reformuladas. Maduro las ha mantenido sin tener claridad en cuanto a la acción”.

Varios de los detractores de Nicolás Maduro concuerdan en que la exaltación del legado de Hugo Chávez le ha impedido al actual Ejecutivo identificar su norte propio. Es claro que dicho legado puede encontrarse en el apoyo electoral obtenido por Maduro en abril y que la continuidad de los programas sociales instaurados por Chávez seguirá entregando adeptos a la Revolución bolivariana. Pero también es cierto que la prueba más dura de esta herencia vendrá en las elecciones municipales del próximo 8 de diciembre, en las que el chavismo podrá evaluar qué tan efectivas han sido las decisiones tomadas en ausencia del “comandante supremo”.

El propio Gobierno ha reconocido que la inseguridad en el país le está jugando en contra, de ahí que sea otro de los grandes lastres que tiene que cargar. Del plan Patria Segura, lanzando por Maduro en mayo y con el que sólo en Caracas se reforzó la seguridad con 3.000 efectivos de la Guardia Nacional, aún no se tiene un balance inicial, un consuelo bastante limitado para quienes denuncian que al país se lo está tomando el hampa. Lo que Maduro podría describir como un avance pausado, sus detractores lo calificarían como un avance que da tumbos. En seis meses de mandato la polarización política sigue campeando y cada bando acusa divisiones internas en los adversarios. El 8 de diciembre parece la fecha indicada para entregar evidencias reales de cómo es que los venezolanos están viendo a su gobierno.

 

 

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