Misión: seis años más

Las propuestas de Hugo Chávez apuntan a la continuidad de sus programas sociales, en los que radica el principal éxito de su gobierno.

Hugo Chávez visita una de las obras de vivienda dispuestas en las afueras de Caracas.
Hugo Chávez visita una de las obras de vivienda dispuestas en las afueras de Caracas.AFP

Subir al ferrocarril Ezequiel Zamora cuesta 2,6 bolívares fuertes, poco más de la mitad de un dólar —al cambio oficial—, para pasar de la estación La Rinconada del metro de Caracas hacia las poblaciones que están al suroeste. Los vagones rojos y blancos son amplios, cómodos, y el sistema funciona en silencio mientras va avanzando entre montañas verdes y terrenos que desde arriba lucen vírgenes. Hugo Chávez fue el gestor de esta obra, de este tramo de dignidad para los trabajadores que tenían que dejar su hogar en la madrugada para llegar a sus puestos en la capital a una hora decente. La misma historia se repetía en la noche: terminar la jornada, pasar dos horas en un bus de vuelta y encontrar a la familia dormida. Ir a la cama y volver a empezar.

El ferrocarril Ezequiel Zamora fue la primera ruta del proyecto Sistema Ferroviario Nacional, que en cuestión de meses entregará un nuevo tramo para conectar el centro del país, el área industrial del estado de Carabobo con Puerto Cabello, el puerto más importante de Venezuela. Pero mientras eso ocurre, la gente sigue pasando los minutos tranquila en este ferrocarril, que para salir de Caracas pasa por debajo de las montañas por un largo túnel y al salir deja a los vagones elevados, listos para ver por las ventanas más de diez edificios de quince pisos que están en construcción. Sobre las estructuras cuelgan pendones del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV): apenas estén listos, cada apartamento será entregado a una familia sin hogar.

Estos edificios, que se pueden ver gracias al tranquilo avance del ferrocarril que lleva a los Valles del Tuy, forman parte de los 450.000 hogares que la Gran Misión Vivienda está construyendo en todo el país. “Esto sólo es posible en revolución”, dice Chávez. “¡Que viva la Revolución!”.

Francisca Guadama representa con todas las letras el “sueño bolivariano”. Es la mujer más agradecida de toda Venezuela con el presidente Chávez, y lo asegura sin ambages, sin temor a despertar celos en las demás porque Venezuela es un país con un solo presidente y miles de primeras damas. “Todo revolucionario debe ser feminista”, repite el comandante, y como mujer, la señora Francisca, morena y robusta, considera que de mejor manera no ha podido ser acariciada por el socialismo del siglo XXI: su casa de 70 metros cuadrados, en el Parcelamiento Paraíso, fue un regalo del Gobierno. Sus tres hijos tienen acceso a la educación, ella siendo una mujer pobre, y para su vejez, ahora que acaba de cumplir 60 años, tiene una pensión mensual de cerca de 2.000 bolívares fuertes (US$460) que le permite ir a la iglesia los domingos sin preocupaciones.

“Gracias a Chávez no soy de esa gente que murió esperando su pensión”, comenta espontánea la señora Guadama, y se llena de una emotividad repentina: “Cuando el comandante estaba enfermo, le pedí a todos los santos benditos que lo curaran y le prometí una misa a Jesús de Nazareno y a José Gregorio Hernández, que ya pagué”. Ella, con su camisa roja y su pañoleta socialista, conjuga la Gran Misión Vivienda, las misiones Robinson, Ribas y Sucre, que ofrecen programas de educación primaria, secundaria y superior respectivamente, y también la Misión Amor Mayor, que entrega pensiones a los adultos en la tercera edad que nunca cotizaron en fondo alguno. Para una mujer como ella, resulta difícil no sentirse revolucionaria.

Así ha llegado Hugo Chávez a los sectores más deprimidos de Venezuela, con su discurso, repartiendo justicia entre la impunidad capitalista, lanzando obras locales, llevando médicos, entregando los tickets —así los llaman— de alimentos a bajo costo de la Misión Mercal. El punto no es que Hugo Chávez se crea un mesías bajado del cielo, sino que para miles de venezolanos simplemente lo ha sido, gústenle sus maneras a quien le gusten, cante como cante o azuce como azuce. Unas 330 familias del sector de Punta Gorda, en el estado de Barinas, viven mejor que antes porque hace apenas unos días el presidente acudió a entregar personalmente casas de 90 metros cuadrados donde hasta 2010 sólo había ranchos. Ellos votarán el domingo por Hugo Chávez. Cómo no hacerlo.

El gobierno venezolano atribuye un éxito enorme a las misiones sociales, aunque todavía miles de personas estén en la lista de espera y reconozcan que aún restan muchos ladrillos por colocar en el colosal muro del socialismo. La mirada de Hugo Chávez se posa sobre 2019: para entonces planea haber construido tres millones de viviendas, entre otras satisfacciones que aspira entregarle a su pueblo. Este éxito lo reconoce el propio Henrique Capriles, el contendor electoral, quien en su plan de gobierno promete conservar y fortalecer las misiones, para furia del comandante: “Ahora resulta que el ‘majunche’, el candidato de la oligarquía, quiere ser Chávez...”.

Capriles promete darles continuidad, pero en Venezuela la continuidad de las políticas de Chávez necesitan, inevitablemente, de Chávez. Si él está dispuesto a seguir ese camino, tendrá que tener las mismas prioridades del comandante a la cabeza de un Estado que en los últimos 13 años ha invertido en promedio el 60,7% del total de sus ingresos en programas sociales, un porcentaje que entre 1986 y 1998 llegó al 36,2%.

Hugo Chávez asegura orgulloso que la pobreza en su país sólo afecta ahora al 26,7% de los hogares de Venezuela, y que cuando se sentó por primera vez en el Palacio de Miraflores este índice llegaba al 43,9%. También, que en la desigualdad medida con el coeficiente de Gini, en el que 0 es la igualdad absoluta y 1 la máxima desigualdad, el país ha llegado a 0,39 y que “somos el país menos desigual de América Latina”. La ONU lo confirma.

Capriles promete continuar con las misiones, sin embargo, para ese propósito tendrá que seguir contando con la cooperación de Rusia, Bielorrusia, China e Irán, que envían a sus ingenieros y contribuyen con materiales para la construcción. También deberá mantener la alianza con Cuba, que responde con médicos para la Misión Barrio Adentro al envío de petróleo desde los mares venezolanos. Y como si fuera poco, estaría obligado a dar continuidad a la ley de consejos comunales, que desde el Estado reparte los recursos públicos entre los gobiernos y las asambleas de ciudadanos a nivel local. Ser seguidor de Hugo Chávez significa ser “poder popular”, ser mayor de 15 años para participar en estas asambleas y decidir por votación qué casos atender primero en cada comunidad: a la madre cabeza de familia de tres hijos que no tiene casa, o al padre desempleado, o al anciano discapacitado que no tiene cómo vivir. Son “poder popular” porque Chávez los puso a elegir su propio rumbo y les dio autonomía económica sobre las alcaldías locales, en las que el dinero se extraviaba entre las grietas de la burocracia.

Para personas como Francisca Guadama no hay mejor plan de gobierno que el de seguir por el mismo camino, y para Hugo Chávez no existe opción más digna para el pueblo venezolano que su propuesta. Él está convencido de que el “socialismo nos llevará hacia al autogobierno”, el Estado manejado por el pueblo y para el pueblo. El deseo de Bolívar, el general de generales.