Mujer, colombiana y migrante

Los siguientes cuatro testimonios narran algunas de las experiencias que las mujeres colombianas viven en el exterior.

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El pasado mes de junio, Donald Trump señaló en una de sus intervenciones que los mexicanos eran unos criminales y unos violadores, aunque no dudaba de que algunos fueron buenas personas. En México, el fin de semana anterior, varios colombianos protestaron por el asesinato de mujeres colombianas en ese país y las redes sociales se dejaron sentir con comentarios que acusaban a los colombianos de ladrones y prostitutas. En Colombia, a finales del mes de mayo, Migración Colombia hizo literalmente “una redada” para capturar chinos indocumentados en la zona comercial de San Victorino. Algunos colombianos piensan que en los restaurantes chinos sirven carne de perro o de “cristiano”.

Todo esto ocurre en un mundo doliente de nacionalismos y de xenofobia, que hoy necesita encarar la migración como un derecho y un rasgo humano. Del total de migrantes en el mundo y en América Latina, la mitad son mujeres, y hay un porcentaje similar de mujeres colombianas en México. Las razones por las que las mujeres colombianas migran a México son diversas, como diversos son sus perfiles. Sin embargo, a pesar de esa diversidad, las mujeres migrantes colombianas son juzgadas, etiquetadas y entendidas desde discursos superfluos. Esto ocurre tanto en Colombia como en los países de llegada.

El pasado 31 de julio asesinaron a dos mujeres colombianas en México, lo que se suma al asesinato de otras dos en 2012 y 2014. Las autoridades mexicanas han entregado versiones contradictorias y han concluido que tres de las cuatro mujeres se suicidaron al lanzarse desde un balcón, lo que resulta cuestionable, según algunas analistas, como Catalina Ruiz-Navarro y Margarita Solano. Por su parte, los medios se han enfocado en el hecho de que eran colombianas, que eran modelos y edecanes, que estaban desnudas, que usaban tangas, y otros se aventuraron a decir, sin confirmar, que tal vez eran prostitutas o andaban con narcotraficantes.

En la mitad de esas noticias se podían leer los comentarios de los lectores a los artículos: “Eso les pasa por putas”, “Colombia es país de putas y ladrones”, “Otro prepaguicidio“, “¿Qué hacía una mujer decente en otro país trabajando sin su esposo y su hijo?”. En internet aparecen varios artículos noticiosos que repiten la información, algunas crónicas morbosas y muchas opiniones, como esta de Yahoo Answers, ese rincón oscuro de la desidia, en la que alguien se pregunta:

“¿Por qué las mujeres colombianas se dedican tanto a la prostitución?”.

“Tanto”. La primera reacción podría ser llorar; la segunda, responder a los agravios, y no por patriotismo, porque esos valores siempre dejan a cualquiera abandonado en soliloquios, sino por un impulso primario de defender una identidad, de decir: ¡esta no soy yo!

¿Qué hacer? Salir a protestar para contarle al otro que uno es otra cosa, que uno es bueno, es apostarle a esa lógica maniquea de que existen buenos y malos y a esa lógica errática de entender el todo por la parte, porque ni las prostitutas colombianas representan a todas las migrantes, ni una experiencia personal tiene la capacidad de condensar la historia de la migración femenina de un país tan complejo.

Han pasado cuatro años desde la muerte de Diana Alejandra, un año desde la muerte de Mile Virginia, dos semanas desde las muertes de Sara y Stephanie, y sus casos siguen en la absoluta impunidad. Sus muertes han afectado de diversas formas la experiencia de otras mujeres colombianas en México, pero también han permitido hablar abiertamente sobre la experiencia de ser mujer y migrante en un contexto mediado por las narconovelas, las drogas, los feminicidios, la impunidad y los prejuicios desde los dos países. Los siguientes testimonios narran algunas de esas experiencias.

Ana. Empresaria colombiana en México: “Eso les pasa a las que sólo quieren tener novio gringo”

“Yo llegué a México hace muchos años porque me enamoré de un franco-mexicano que conocí por un portal web. Estuvimos ocho meses juntos y él fue a visitarme a Colombia para conocer a mi familia. Era un hombre muy tierno y detallista, me enviaba flores y estaba muy pendiente de mí, lo que es importante para una mujer a la que le enseñaron que debían tratarla como una princesa de Disney. Él me ayudó a conseguir la residencia en México y yo me vine a vivir aquí. El primer día en México, el príncipe azul se desvaneció. Me trataba mal y me dijo que si lo dejaba no podía quedarme en México. Estuvimos ocho días juntos y, al ver que las cosas no funcionaban, yo decidí dejarlo y él decidió comprarme un tiquete de regreso a Colombia, pero primero me convenció de que no podía estar aquí, porque, según él, en México odiaban a las mujeres extranjeras, me agarraría la policía y me pasarían cosas horribles. El día del vuelo me envió en un taxi y decidí escaparme, aunque tenía mucho miedo. Me quedé en México porque sabía que aquí podría estudiar en la universidad y salir adelante, y así fue. México me ha dado muchas oportunidades. Me da mucha pena contar esta historia porque sé que la gente tiene muchos prejuicios con las mujeres que tienen novios gringos.

Las noticias de las colombianas asesinadas me dan miedo, porque Stephanie Magón vivía a tres calles de mi casa. A veces me pongo a pensar qué pasaría si un día me asesinaran. Seguro también dirían de mí ‘Quién sabe en qué andaba’. Pensar eso me da mucha tristeza”.

Julieth. Exedecán colombiana en México: “Mamá, ¿usted de dónde cree que saco la plata que le mando?”

“Yo me vine a vivir aquí sin ningún apoyo familiar o amigo conocido. Llegué con 150.000 pesos en el bolsillo. Me di cuenta de que era muy fácil trabajar como edecán si eras colombiana y que lo trataban a uno bien por ser bonita. Trabajé con mueblerías, con cigarrillos, con marcas de cerveza, y en muchos eventos. Cuando ocurrió lo de Stephanie Magón, lo de Mile Virginia y las otras modelos muertas, pensé que era injusto decir que ser modelo o edecán significa ser prostituta. Sin embargo, es cierto que hay mucha demanda y oferta de prostitutas colombianas en México. Una vez el dueño de una mueblería me invitó a trabajar en un table dance que él tenía. Me dijo que podía ganar más dinero allí que bailando en los eventos de la mueblería, y que no desaprovechara porque era muy bonita. En los momentos de mayor desespero económico y en los que mi mamá necesitaba más ayuda, estuve a punto de decirles que sí a él o a los hombres que en los eventos se acercaban para decirme que tenían mucho dinero, que eran dueños de empresas y que les compraban carros y joyas a las mujeres que estaban con ellos. Mi mamá estaba desesperada por dinero y yo me sentía muy mal, pero no accedí a meterme en eso. Para mí, ese es un problema en Colombia. A muchas familias sólo les importa que a los hijos les vaya bien económicamente y que les manden dinero, pero los padres son invisibles. Una vez le pregunté a mi mamá: ‘Mamá, ¿usted de dónde cree que saco la plata que le mando?’. Y ella me respondió: ‘Pues de ser mesera’”.

Carolina. Psicóloga colombiana en México: “Ese pantalón no, se me ve el trasero como de puta colombiana”

“Una vez salí con una amiga argentina a comprar ropa y la llevé a un local de Studio F en Ciudad de México. Ella se puso un pantalón que le hacía ver el trasero muy grande y me respondió: ‘Ese pantalón no, se me ve el trasero como de puta colombiana’. Me impactó mucho porque sabía que no lo hacía de mala intención, pero me lastimó porque yo soy una mujer curvilínea y he sufrido mucho por ser colombiana y tener un trasero grande. Aquí siempre uso blusas amplias, ropa suelta, y evito las faldas, aunque me gustan. En algún momento la voluptuosidad se volvió un estereotipo de la prostituta colombiana y me ha hecho pensar que debería quitarme un poco de trasero para que las personas no me molesten. Una vez fui a una fiesta de cumpleaños de una amiga que era edecán y ella tenía muchas amigas modelos colombianas. Cuando llegué me di cuenta de que todas tenían los labios, los senos y el trasero operado, y pensé que eran prepagos. Estuve sólo un rato en la fiesta y me di cuenta de que en países como Colombia o México se ha construido un estereotipo de las prepagos colombianas muy poderoso y que les hace daño a las mujeres. A mí me gusta ser voluptuosa y eso no debería significar nada”.

Catalina. Ph.D. en geografía: “El 70 % de los colombianos que viven en México tienen grado de licenciatura; el 57,5 % son mujeres”

“Contrario a lo que muchas personas piensan, la migración colombiana en México es muy calificada. El 70 % de los colombianos que migran a México tienen pregrado y muchos vienen por oportunidades profesionales y académicas que en Colombia no existen. Yo soy un caso de esos, porque no tenía cómo pagar una maestría y menos un doctorado en Colombia, y aquí en México pude estudiarlo. Vine a México en busca de oportunidades. Por eso es tan difícil lo que está pasando con las mujeres colombianas asesinadas en México, porque los estigmas hacen daño y porque considero que, al igual que yo, esas mujeres vinieron buscando oportunidades en este país, más allá de la ocupación que ejercieran. No entiendo por qué los medios le dan tanta importancia a la ocupación de Mile Virginia, Diana Alejandra y Stephanie. Los medios se han enfocado más en el hecho de que las tres estaban desnudas que en sus asesinatos. También pienso que si ellas hubieran sido modelos de un país europeo o norteamericanas, seguramente la asociación no habría sido que eran putas o que andaban con delincuentes, porque eso evidencia que hay nacionalidades privilegiadas y que la colombiana no lo es. También me pregunto por qué la Embajada de Colombia en México no se ha pronunciado sobre la impunidad en las investigaciones de estas muertes y la de Sara Ramírez Bonilla, que implica a la Policía Federal de Cancún. Me da miedo la atrocidad con la que ha escalado la violencia en México en los últimos años, porque cuando llegué hace diez años no era así. A eso lo llaman ‘colombianización’ de México, pero la violencia es distinta aquí y allá. Con otros colombianos siempre decimos que a la Policía Federal le tenemos más miedo que a la de Colombia. Imagínese eso”.

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