Nakba, un día para no olvidar

Esta semana se conmemora otro aniversario de la tragedia del pueblo palestino (Nakba), en medio de un clima de escepticismo.

Protestas en Oriente Medio por la Nakba. / AFP
Protestas en Oriente Medio por la Nakba. / AFP

Hace 65 años se creó el Estado de Israel y con ello se dio inicio a una serie de guerras entre éste y algunos estados árabes, lo que provocó el éxodo de miles de palestinos.

La paz alcanzada entre Egipto e Israel en los acuerdos de Camp David I, en 1978, dejó huérfano al pueblo palestino frente al otrora respaldo árabe, y desde entonces, ha tenido que negociar directamente con Tel Aviv una salida a décadas de violencia sistemática.

El fenómeno ha dejado profundas heridas en ambas poblaciones y, sobre todo, una impotencia de la comunidad internacional, que aunque ha consensuado la creación del Estado de Palestina, aún no encuentra cómo materializarlo. La división entre Hamás y Al Fatah, que condujo hace algunos años a una guerra fratricida, detalla las dificultades de los palestinos para reconocer una dirigencia que hable en su nombre.

A pesar del pesimismo que marca este aniversario, existen razones para pensar que la paz en Oriente Medio es posible. El interés vivo de Europa y Estados Unidos ha sido efectivo para acercar a palestinos e israelíes. Los Acuerdos de Oslo de los noventa son testimonio fiel. A pesar de que en Camp David II Ehud Barak y Yasser Arafat no llegaron a un acuerdo final, dichas negociaciones son la semilla de lo que alguna vez será Palestina, probablemente en las fronteras de 1967. Paralelamente, la necesidad de crear dicho Estado dejó de ser un tema de exclusivo interés de Oriente Medio. En otras latitudes dicha urgencia se debate intensamente. El reconocimiento de Palestina por una apabullante mayoría de América Latina (cuya excepción es Colombia, rezagada y anacrónica en su lectura de dicha zona) lo confirma. Y no se debe obviar el propio interés de sectores israelíes en reconocer a un Estado que ponga fin a décadas de paranoia. Tel Aviv no logra superar una paradoja que consiste en millones de dólares invertidos en seguridad, mientras la sociedad vive bajo el miedo.

El corto plazo implica retos significativos. Como capital, Jerusalén aún suscita una enardecida discusión por el carácter indivisible que Israel presume y por el reclamo palestino de convertir el oriente en su centro político. La frontera entre Cisjordania e Israel es de difícil consenso, porque allí se encuentra el nivel freático más abundante, lo que representa las tierras más cultivables. Finalmente, de materializarse el Estado palestino, ¿quién se encargará de controlar a quienes no renuncien a la violencia? Desafíos complejos, pero no imposibles, y el pueblo palestino merece el intento.