Nepal: un país por reinventar

El terremoto arrasó con lo poco que había logrado el país tras una cruenta guerra civil y una inestable transición.

Ciudadanos de Nepal sobre los escombros de grandes construcciones en Katmandú. / AFP

En dos décadas, Nepal ha sido golpeado por una cruenta guerra civil y una larga transición que no soluciona la inestabilidad política ni los altos índices de pobreza. Para rematar, un terremoto deja más de 5.000 muertos y arrasa con lo poco que el país había logrado después del conflicto.

La eterna transición

Nepal vivió desde 1700 bajo un sistema monárquico que buscó mantenerlo aislado de sus influencias exteriores. En 1996, las guerrillas maoístas iniciaron una guerra civil en el país para acabar con la monarquía e instaurar una República Federal, hacer una asamblea constituyente para redactar una nueva Constitución, acabar con las desigualdades sociales y el feudalismo que imperaba en las muy empobrecidas áreas rurales. Fue la llamada “guerra del pueblo”, que duró una década y dejó alrededor de 13.000 muertos y más de 100 mil desplazados.

El 21 de noviembre de 2006, los maoístas aceptaron el desarme y llegaron a un acuerdo de paz comprensivo con un nuevo gobierno democrático. Bajo dicho pacto, que formalmente puso punto final a la guerra civil, a los maoístas se les permitió participar en el gobierno y el rey fue despojado de sus poderes políticos. Dos años después, Nepal dejó de ser una monarquía y se convirtió en una república democrática, en la que las fuerzas maoístas surgieron como la principal fuerza política.

No obstante, la implementación de una paz duradera y el anhelado impulso al desarrollo socioeconómico no se han consolidado. En los años posteriores a la firma del acuerdo han prevalecido los altos índices de pobreza y subdesarrollo, que son una causa de la violencia y el malestar social. Asimismo, ha sido evidente la inestabilidad política: en los últimos cinco años, Nepal ha tenido seis primeros ministros, que han renunciado con la intención de allanar el camino para que exista un mayor consenso en el gobierno. Sin embargo, las diferentes facciones políticas no se han puesto de acuerdo para redactar la Constitución definitiva y este ha sido, para muchos, el principal fracaso de la transición.

Otras promesas han sido incumplidas. Por ejemplo, recientemente el Tribunal Supremo de Nepal suspendió los planes que se habían hecho desde 2007 para crear una Comisión de la Verdad y Reconciliación, debido a las preocupaciones que generaba un decreto gubernamental para permitir la concesión de amnistías. Aún no existe un acuerdo sobre cómo realizar una efectiva integración de los 6.000 soldados que quedan del antiguo ejército maoísta en el ejército oficial de Nepal.

Los retos de la transición siguen vigentes casi una década después de firmada la paz. Mientras algunas élites trataron de proyectar a Nepal como un país de gente que vive feliz en la simplicidad y la paz espiritual de las montañas, en realidad las protestas y el malestar social no dejaron de presentarse. Sobre todo a partir de 2010 las tensiones entre los maoístas y otras facciones políticas han disparado protestas, huelgas y episodios de violencia. La pobreza estructural sigue estando en la raíz de la conflictividad: Nepal es uno de los países más pobres del mundo, su renta per cápita no llega a los US$1.000 anuales y el desempleo ronda el 40%. Ocupa el puesto 145 en el Índice de Desarrollo Humano de Naciones Unidas, por debajo de países como Laos o Bangladesh.

Debido a la falta de infraestructura, hasta en la capital se dan frecuentes cortes de energía eléctrica y una buena parte de la población no tiene acceso al agua potable. Esto sorprende en un país que tiene abundantes recursos hídricos en cubiertas de nieve, ríos, manantiales, lagos y aguas subterráneas, que alimentan los sistemas hídricos más importantes de Asia y llevan agua a una docena de países. Con esa riqueza, Nepal podría ser una de las primeras potencias en producción de energía hidroeléctrica para uso doméstico o regional.

Un pequeño entre dos gigantes

Nepal es un país mediterráneo y encerrado entre China e India, las naciones más pobladas de Asia. Mientras esos vecinos empezaron a insertarse en el mundo capitalista, Nepal permaneció con un sistema casi feudal, con una economía dependiente en un 33% de la agricultura (pese a que apenas el 20% de su superficie es cultivable y gran parte de la actividad agrícola es de subsistencia) y del turismo (que, hasta antes del terremoto, representaba alrededor del 5% del PIB). Nepal no fue jalonado por el crecimiento de las economías vecinas, sino que terminó estancado entre ellas.

Separado de China por la enorme Cordillera del Himalaya, Nepal es un país con estrechos lazos culturales y una alta dependencia económica de India, pues más de la mitad de su comercio depende de este país. Por eso, a raíz del terremoto, funcionarios indios se han solidarizado para decir que “los problemas de Nepal son los problemas de India” y el país ha estado entre los principales cooperantes para asistir la catástrofe. Desde una perspectiva más crítica, sin embargo, algunos autores observan que con esta cercanía, India ha utilizado a Nepal para alimentar su propio crecimiento económico, principalmente para obtener materias primas a bajo costo para sus empresas.

Los maoístas en el poder intentan construir un modelo de tendencia socialista en el lugar equivocado, en medio de dos potencias que buscan cada vez una mayor inserción e influencia en el sistema capitalista mundial y que tienden a ver a los exguerrilleros más bien como una amenaza. Incluso el Partido Comunista Chino ha optado por la “economía mixta”, por el “socialismo de mercado”, por absorber las tecnologías y prácticas de Occidente y por hacerle la competencia económica a EE.UU. Hoy los especialistas proyectan a China e India entre los cinco superpoderes asiáticos que reemplazaran a EE.UU., Japón y Alemania hacia 2030.

En este contexto, resulta apenas lógico que el programa político de tendencia socialista de los maoístas no haya encontrado mucho apoyo por parte de sus vecinos. Más que fortalecer el gobierno nepalí, las dos potencias lo han observado desde sus propios intereses económicos.

La aparición y crecimiento de guerrillas maoístas en India en los últimos años, entre otros factores, ha significado un distanciamiento entre Nepal e India. Para balancear (Nepal es visto como un punto clave de balance entre India y China) apareció China con sus prometedores programas para el desarrollo económico. En 2014 China superó a India como el mayor inversionista extranjero en Nepal. Se planea la financiación de centrales eléctricas y diferentes fábricas con dinero chino y se está construyendo la primera carretera de ocho carriles de Nepal, con un presupuesto de US$45 millones. No hace mucho que las autoridades de Pekín aprobaron el que sería el mayor proyecto de inversión de capital extranjero que Nepal ha recibido en su historia, con el cual se plantea construir una central hidroeléctrica que debería terminar con los habituales cortes eléctricos que sufren varias zonas del país.

Pero este altruismo chino tiene doble filo y en el lado oscuro puede estar implícita la intención de su expansión más allá del Tíbet. Esa inconmensurable fuente de agua que hay en Nepal no deja de ser un atractivo para el estado chino, enfocado en conseguir los recursos necesarios para satisfacer la demanda de su enorme población (alrededor de 1.360 millones de habitantes).

Terremoto esperado

En medio de tantas necesidades básicas y del caos político interno, y sin siquiera poder elaborar su Constitución, Nepal no podía enfocarse en prepararse para un terremoto que se veía venir. Tampoco hubo suficiente ayuda internacional para esto, a pesar de algunas inversiones para fortalecer la infraestructura de escuelas y hospitales.

Es bien conocido que el Valle de Katmandú se ubica en una zona de alto riesgo sísmico, donde se une la placa india con Asia para crear la cordillera más alta del planeta. Los sismólogos habían alertado sobre el riesgo inminente de un terremoto. La ONG californiana Geohazards International, que promueve proyectos para reducir el impacto de catástrofes naturales en países pobres, había advertido que cada más o menos 75 años el Valle de Katmandú es escenario de un terremoto intenso.

A pesar de las advertencias, Katmandú creció demográficamente a una tasa aproximada de 6,5% anual y se convirtió en uno de los lugares más densamente poblados del planeta. A falta de recursos, las construcciones en su mayoría no cumplían con los requerimientos antisísmicos. Con ese incremento poblacional, la capital ha llegado a producir 150 toneladas de residuos diarios y casi la mitad se vierten a los ríos —esta es una de las razones por las cuales no hay suficiente acceso al agua potable—.

Después de una década de guerra y otra de transición, el terremoto llegó para acabar con lo poco o nada que había avanzado el país. El panorama después de la tragedia confirma la debilidad y la incapacidad política del estado para reaccionar. Lo paradójico es que Nepal cuenta ahora con dos grandes amigos: India y China están entre los primeros y los que más aportan a las operaciones de rescate y asistencia humanitaria. Ambos también aportarán para la reconstrucción del país a largo plazo.

Tal altruismo también se puede entender como una competencia dentro de la llamada diplomacia del desastre. Como ha dicho el analista político Pramod Jaiswal, se espera que las dos potencias asiáticas tomen el liderazgo en la reconstrucción de Nepal. "Competirán para las oportunidades de reconstrucción en términos de carreteras y hospitales... a corto plazo es importante para proyectar su imagen o su poder blando. A largo plazo se trata de sus intereses de seguridad”.

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