Ni EE.UU. ni la Unión Europea son capaces de detener a Erdogan

El presidente turco fomenta una purga general sin que nadie lo obstaculice. Van 10.000 detenidos por el golpe de Estado. El mandatario sabe que es indispensable.

El presidente Recep Tayyip Erdogan frente a un grupo de guardias militares en Ankara. / AFP
El presidente Recep Tayyip Erdogan frente a un grupo de guardias militares en Ankara. / AFP

Europa y Estados Unidos, que se jactan de sus valores democráticos, tratan sin reparos con un presidente que representa las antípodas de su ética. Por pura política. Recep Tayyip Erdogan fomenta una purga general en Turquía —“limpieza”, como la llama su gobierno— después del intento de golpe de Estado del 15 de julio: más de 10.000 personas están en prisión preventiva, 50.000 empleados públicos han sido despedidos de sus trabajos, 21.000 profesores fueron suspendidos, al menos 150 medios de comunicación cerraron sus puertas y ministros civiles —de la cohorte de Erdogan— son ahora las cabezas de las Fuerzas Militares. Erdogan draga las aguas políticas y se deshace de sus opositores.

Y sus aliados internacionales observan sin moverse.

Lo han criticado, por supuesto. El ministro de Exteriores alemán, Frank-Walter Steinmeier, dijo que las purgas eran “desmesuradas”; el primer ministro italiano, Matteo Renzi, dijo que “un país que encarcela a sus propios profesores y a sus propios periodistas, encarcela su futuro”. Todo muy a tono. Pero ni Alemania ni EE.UU. dan un paso más allá: sanciones comerciales o políticas son impensables porque Turquía, más que ningún otro país, es indispensable para la seguridad de la Unión Europea y de EE.UU. It’s just politics.

Erdogan lo sabe. El 19 de abril, en televisión, dijo: “La Unión Europea necesita a Turquía más de lo que Turquía necesita a la Unión Europea”. En marzo, su gobierno llegó a un acuerdo con Europa para reducir el número de refugiados que llegan a Europa. En breve, Turquía se convirtió en un tapón para amainar el flujo incesante de migrantes desde Siria y África. Y esa es la carta esencial que juega Erdogan para mantenerse a salvo. Mientras exista ese trato, y mientras su ejército sea el segundo más grande de la OTAN, Erdogan podrá purgar cuantas instituciones desee sin que exista una mínima resistencia.

Las acciones de Erdogan desde 2003 —desde entonces ha pasado de primer ministro a presidente, como Putin— encarnan al “demonio” que EE.UU. veía en Irán: cierre y constreñimiento de medios de comunicación, una empedernida incapacidad para recibir las críticas, el forjamiento de un Estado donde gobierna prácticamente un solo partido —su formación, el AKP— y una cercanía intimidante entre el islam y la política. Erdogan y su partido querían —el proyecto se ha ido eclipsando— cambiar la Constitución para entregarle más poderes. EE.UU., entre tanto, hacía mutis. Sí, Obama lo criticó por sus actos contra los medios de comunicación. El miedo que aquella afirmación produjo en Erdogan fue evidente en una declaración pública: “Estoy triste por los comentarios que se han hecho en mi ausencia”.

Se sintió ofendido y terminó la discusión.

No era así hace algunos meses. Cuando Alemania, el representante por antonomasia de la Unión Europea, firmó el trato migrante con Turquía, la canciller Ángela Merkel viajó hasta un campo de refugiados en Turquía y fue recibida por el entonces primer ministro, Ahmet Davutoglu. Los dos sonrieron antes las cámaras, recibieron sendos ramos de flores y se felicitaron. Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, también asistió y dijo: “Turquía es el mejor ejemplo para el mundo sobre cómo se debe tratar a los refugiados (…). Nadie tiene derecho a sermonear a Turquía sobre lo que tiene que hacer”.

Pero eso era —refutado sea Tusk— lo que Obama había tratado de hacer meses atrás. “Le he recordado al presidente Erdogan que él llegó a la Presidencia con la promesa de una democracia y que Turquía ha sido históricamente un país en el que la profunda fe islámica ha convivido con la modernidad y una paulatina apertura. Y ése es el legado que él debe perseguir por encima de una estrategia que involucra la represión de la información y el cierre del debate democrático”.

La amistad entre Alemania y Turquía pervivió con tanto ahínco que Merkel, por petición de los abogados de Erdogan, le abrió un proceso judicial a un humorista alemán, Jan Böhmermann, por haber recitado un poema satírico en su contra en televisión abierta. Más de 2.000 procesos se han abierto en Turquía contra ciudadanos y periodistas, señalados de haber “insultado” a Erdogan. Europa, que se precia de abrir espacio a la libertad de expresión, les hizo una venia a las peticiones prohibitivas del presidente turco.

Erdogan es consciente de que Europa lo necesita. Lo sabe y amenaza. En noviembre de 2015, dijo: “Podemos abrir las puertas hacia Grecia y Bulgaria en cualquier momento y podemos poner a los refugiados en buses hacia Europa (…). ¿Cómo harán entonces con los migrantes si no tenemos un trato? ¿Matarlos?”. Este fin de semana, el ministro turco de Exteriores, Mevlut Cavusoglu, amenazó de nuevo con eliminar el trato, como ya lo había hecho el Gobierno hace algunos meses. La reacción de Europa ha sido, por lo menos, insuficiente.

Esa insuficiencia sugiere, entonces, varias preguntas: ¿EE.UU. sancionará al país en donde tiene la base aérea para atacar al Estado Islámico? ¿Alemania será capaz de aumentar la presión política (o de ejercer al menos alguna) sobre el gobierno de Erdogan aunque dependa de él para contener a los migrantes? ¿Merkel será capaz de encarar a un gobernante que, según sus propias declaraciones, desdeña la igualdad entre hombres y mujeres y que preferiría verla a ella en labores maternales que en cabeza de un país?

Porque Erdogan es justo eso: todo lo que Europa desdeña. Un mandatario que ha dicho: “No existe ninguna contradicción en tener un sistema presidencial en un estado unitario. Ya existen ejemplos en el mundo. Pueden verlo en la Alemania de Hitler”. Un mandatario que ha pregonado: “No pueden liberar a las mujeres para destruir la institución de la familia y eliminar los valores”. Un mandatario que afirmó indiferente: “Extinguiremos Twitter. No me importa lo que diga la comunidad internacional. Verán la fuerza de la república turca”. Quizá por eso, Obama se describió “atribulado” por lo que sucedía en Turquía.

Las palabras son importantes. Por eso, tras el golpe, Europa y EE.UU. se cuidaron de apoyar demasiado a Erdogan. De cruzar la línea de la mera diplomacia. Erdogan es como el amigo que nos avergüenza, pero sabe cómo agasajarnos. Merkel dijo por Twitter: “El orden democrático debe ser respetado”. No era un apoyo a Erdogan: era un apoyo a la democracia, a la idea de democracia. John Kerry, secretario de Estado de EE.UU., dijo que había llamado a las autoridades turcas y les había expresado “un absoluto apoyo al (gobierno) elegido democráticamente, al gobierno civil y a las instituciones democráticas”.

Erdogan: invisible.

Las palabras son tan importantes que Europa no se da cuenta de que purga es el mismo término que utilizaron Stalin y sus huestes para degradar la Unión Soviética al gulag. Tampoco que Fetullah Gülen, el clérigo acusado de armar el golpe —y que vive en EE.UU.—, es el Trotsky de Erdogan: la excusa perfecta para eliminar a la oposición de todos los cargos donde pueda tener influencia. Europa se ha declarado ciega ante ese fenómeno. Su respuesta ha sido una diplomacia fría y práctica. La indiferencia se extiende a pesar de las denuncias de Amnistía Internacional de que las autoridades turcas han enviado, sin justificación precisa, a cientos de migrantes de vuelta a Siria, aunque estos solicitan un refugio al que tienen derecho. Pero Merkel tiene demasiado cálculo para espetarle al gobierno de Erdogan una demanda de este calibre, aunque sí tenga, por el contrario, la habilidad de ceder a sus deseos de reivindicación.

Lo dijo Ambrose Bierce en el Diccionario del diablo: “Política: Conflicto de intereses disfrazados de lucha de principios. Manejo de los intereses públicos en provecho privado”.