¿Por qué Niza? ¿Por qué así?

Esta localidad del sur de Francia se halla en medio del extremismo: con varias células yihadistas, por un lado, y con un Frente Nacional fuerte, por el otro.

El ataque se presentó justo cuando los franceses celebraban su fiesta nacional. / EFE
El ataque se presentó justo cuando los franceses celebraban su fiesta nacional. / EFE

Las respuestas sobre lo sucedido en Niza son más fáciles de encontrar en sus calles y en el mar que la baña, que en Siria o en Irak. En esta ciudad conviven el extremismo yihadista y la ultraderecha francesa, los expulsados de Argelia, tras la guerra de 1962 y decenas de miles de inmigrantes africanos.

Hace menos de 200 años, en sus calles se vitoreaba a Italia y se gritaba ¡Abajo Francia! bajo la batuta de un tal Giussepe Garibaldi, que salió de allí a unificar a Italia, mientras que Francia se tomaba a Niza por la fuerza.

Niza es, en resumen, una ciudad en la que todos son, de alguna forma, extranjeros y eso genera tensiones que de vez en cuando derivan en tragedias como la de este 14 de julio. Tensiones que no se reducen a lo religioso.

El mismo gobierno francés no tiene claro si el ataque fue por motivos religiosos o no. El primer ministro Manuel Valls dijo que el autor del atentado, el tunecino Mohamed Lahouaiej Bouhlel, era “sin duda” un terrorista vinculado con el islamismo radical.

Sin embargo, el ministro del Interior, Bernard Cazeneuve, sostuvo, en entrevista con un medio local, que este era un individuo sin antecedentes, al que no se le conocían actividades ligadas al yihadismo radical, por lo que no era objeto de seguimiento por parte de las autoridades.

Pero no se puede rechazar de plano la causa religiosa, como tampoco la posibilidad de que lo religioso se haya mezclado con otros motivos, por ejemplo, personales. O que esas motivaciones hayan llevado al autor a radicalizarse.

Valga un ejemplo: tras la masacre de Orlando, se dijo que su autor, Omar Mateen, había sido influenciado por el Estado Islámico, pese a no pertenecer a esta organización. Luego se supo que Mateen era, además, cliente frecuente del bar gay en el que acabó con la vida de 49 personas, complejizando la investigación. Las razones por las que un lobo solitario actúa parecen, al final, más complejas que las de, por ejemplo, el Estado Islámico.

Y este hecho remite de nuevo a Niza, donde el yihadismo y la ultraderecha llevan años alimentándose mutuamente. En 2015, el ultraderechista Christian Estrosi venció en las elecciones regionales de 2015 a Marion Maréchal-Le Pen, nieta del fundador del Frente Nacional, Jean-Marie Le Pen, con la promesa de mejorar la seguridad a punta de vigilancia.

Y venció gracias al temor al yihadismo, que ya había convertido a Niza en centro de operaciones. Hasta el punto de que uno de sus reclutadores, Omar Omsen, la había convertido en su sede. Omsen, quien al parecer está muerto, aprovechaba el descontento de los migrantes musulmanes en los barrios pobres de Niza, para reclutar. De Niza han salido decenas de personas a Siria e Irak a apoyar al Estado Islámico; 55 en lo que va del año.

Un círculo vicioso interminable: el ultraderechista Frente Nacional ya ha pedido que se declare la guerra contra el yihadismo y el presidente francés, François Hollande, ha anunciado nuevos bombardeos contra EI en Siria e Irak, a lo que el yihadismo ha respondido antes con sangrientos ataques.

De hecho, desde el 2014, el Estado Islámico ha invitado a sus seguidores a atentar contra los “infieles” en sus respectivos países de cualquier forma, incluyendo el uso de carros. No es la primera vez que se ve un ataque similar al de Niza. Ya habían ocurrido dos, aunque mucho menores, en Nantes y Dijon.

Se trata de ataques que no requieren de mucha preparación o recursos y que pueden ser realizados por personas que, pese a no hacer parte de una organización yihadista, se identifican con su mensaje.

Pero, de nuevo, hay que mirar hacia Niza antes que a Siria o Irak: es una ciudad que representa bien la complejidad de la sociedad francesa: con sus miles de migrantes africanos huyendo de conflictos en los que, muchas veces, Francia ha intervenido, y sufriendo el rechazo de una sociedad conservadora que vota por la ultraderecha porque ve a estas personas del otro lado del Mediterráneo como las responsables de la crisis económica. Pero, a la vez, con miles de ciudadanos franceses rechazados por París, que los ve con desdén, como a los franceses desplazados de Argelia tras la independencia de ese país, a los que se les conoce despectivamente como pies negros.

La imagen lo dice todo: en una ciudad en la que todos son de alguna forma extranjeros, en el día en el que los franceses celebraban su fiesta nacional, un tunecino residente en Francia acabó con la vida de 84 personas, muchos de ellos turistas, en un lugar llamado El Paseo de los Ingleses.