"No me toquen ese Valls"

François Hollande remplaza al más popular de sus ministros por un exbanquero de Rohschild y provoca una crisis política.

El primer ministro Manuel Valls podría ser la carta clave para que Hollande recupere su popularidad. / AFP
El primer ministro Manuel Valls podría ser la carta clave para que Hollande recupere su popularidad. / AFP

Con seguridad, Arnud Montebourg suponía las consecuencias de la entrevista que dio al diario Le Monde el pasado fin de semana. No porque hubiera algo novedoso en sus declaraciones, en las que habló de la influencia excesiva de Alemania en Europa, de los beneficios fiscales otorgados a las grandes compañías en lugar de a las microempresas y de los escasos resultados y desastrosas consecuencias futuras de la política de austeridad de la Unión, sino porque estas críticas salían de alguien que, considerando su cargo, debía abstenerse de criticar la política económica francesa.

Montebourg es el ministro de Economía francés. Lo era hasta ese momento.

“Montebourg cruzó la línea amarilla”, afirmó el influyente primer ministro, Manuel Valls. La destitución de Montebourg, o más bien su renuncia, llevó a la de Benoit Hamon, ministro de Educación y, como Montebourg, izquierdista convencido. Los dos son considerados “socialistas sociales” que a lo largo de su carrera han intentado volver a los principios izquierdistas del gobierno Mitterrand.

El segundo revolcón ministerial en menos de seis meses confirma las dificultades de Hollande para conservar a sus aliados y las divisiones en el interior de un Partido Socialista en el cual muchos miembros critican la dirección centrista-liberal que ha tomado el presidente Hollande, reforzada en lo político con el nombramiento de Manuel Valls como primer ministro y confirmada en lo económico con la salida de Montebourg, quien, a pesar de sus desacuerdos con los ecologistas en temas como la energía nuclear, goza de una cierta simpatía por parte de los sindicatos y los partidos radicales de izquierda.

Para Hervé Morin, del centrista partido UDI, “desde hace veinte años hemos vivido con un Partido Socialista que se protege con una cubierta de ‘todos juntos’ heredada de Mayo del 68. Ahora ha surgido, o mejor dicho se ha presentado oficialmente, una corriente social-demócrata del mismo tipo que la mayoría de los partidos socialistas europeos y que buscará consolidarse, aunque esto no sea fácil en el actual contexto económico”.

La opinión de Morin hace un guiño a las declaraciones de 2009 del entonces diputado Valls, en el sentido de que la palabra “socialista” para hablar de un partido político le parecía mandada a recoger. Hombre fuerte del Gobierno e intocable en su puesto de primer ministro, Valls podría ser la carta del partido actualmente en el poder en el caso de que Hollande, en el punto más bajo de popularidad de la historia, decidiera no presentarse a las elecciones de 2017.

Para el escritor y analista político Christian Salmon, “Valls logró consolidarse muy hábilmente en dos movimientos. En el pasado mes de abril se unió a Montebourg y Hamon para lograr la salida del entonces primer ministro Jean-Marc Ayrault. La partida de sus dos aliados lo consolida como la figura decisiva del gobierno de Hollande”.

De toda maneras, según Salmon, Montebourg como ministro de Economía estaba en un callejón sin salida: “Si se iba sería un líder sin seguidores; si se quedaba, el timonel de un naufragio anunciado”.

El joven banquero desconocido

El reemplazo de Hamon en la cartera de Educación, Najat Vallaud-Belkacem, dividió las opiniones entre una izquierda progresista que la recuerda por sus combates en favor de la igualdad de género y una derecha que la critica por la misma razón y por su origen extranjero. El sucesor de Montebourg, Emanuel Macron, de 36 años, en cambio, acumula la antipatía de izquierdistas radicales, que le critican su carrera en el interior de la red bancaria internacional Rothschild, en la que llegó a ser “asociado gerente”, y de la derecha conservadora que lo acusa de “tecnócrata” por nunca haber ocupado un puesto de elección popular.

El patronato en cambio se mostró satisfecho con el nombramiento y se lo hizo saber tanto al nuevo ministro como a Manuel Valls, con largas ovaciones de pie luego de sus respectivos discursos en el congreso anual del Medef, la más grande asociación de grandes empresarios de Francia. En una de sus primeras declaraciones como ministro, Macron se declaró dispuesto a derogar el límite legal de 35 horas semanales de trabajo, uno de los símbolos hasta ahora intocables del socialismo francés.

Para Charlotte Chaffanjon, periodista y analista que colabora regularmente con el diario Le Point, “la llegada de Macron confirma que el criterio fundamental para hacer parte del gobierno de François Hollande es alinearse con su política económica”. Señala también que la distancia que tanto Hollande como Valls están tomando respecto a la izquierda no debe verse como un acercamiento a los partidos centristas tradicionales. “Cuando le pregunté a un reconocido político centrista me contestó, muy honestamente: ‘Nadie se sube a un barco que naufraga’”.

Según Chaffanjon, el rumor de que Hollande podría disolver la Asamblea Nacional y convocar elecciones anticipadas para recuperar la gobernabilidad ha ido ganando fuerza. La figura de la disolución no ha sido utilizada desde 1997, cuando el entonces presidente, Jacques Chirac, intentó sin éxito reforzar su mayoría parlamentaria y terminó frente a una oposición aún más consolidada.

Si no recurre a esa solución radical, Hollande habrá decidido jugarse su futuro político como el presidente que, usando medidas impopulares, logró sacar a Francia de la crisis económica. Si lo logra puede contar con su reelección, pero hasta ahora sus métodos no le han permitido cumplir ninguna de sus metas de campaña y, según lo afirmaba Montebourg en la entrevista que le costó su cargo y dejó a la guyanesa ministra de Justicia, Christiane Taubira, como la última ministra de izquierda en Europa, tampoco han funcionado en ningún otro país de Europa.