Nueva York cambia de mando

De un ‘obstinado’ multimillonario a un acucioso defensor del pueblo. Este martes se elige el nuevo alcalde de la Gran Manzana.

El candidato a alcalde Bill de Blasio (der.) con el presidente Barack Obama a la salida de un mercado neoyorquino. /AFP

Tres períodos consecutivos como alcalde de una de las metrópolis más complejas del planeta están llegado a su fin para el controvertido y multimillonario Michael Bloomberg, quien conocerá este martes el nombre de su sucesor. Sus cruzadas por prohibir fumar en lugares públicos, obligar a los restaurantes a referenciar en el menú sus calorías, restringir la venta y porte de armas, así como desmotivar el uso de automóviles, entre otras políticas de gobierno, sobresalen en los doce años de la administración del hombre que invirtió cerca de 74 millones de dólares, de su propio bolsillo, en sus dos reelecciones.

No obstante, para muchos neoyorquinos el balance del mandatario no es el mejor. Según la última encuesta del New York Times, el 52 % de la ciudad describe su mandato como regular o malo, mientras que el 34 % lo describe como bueno. De igual forma, 40 % de los encuestados dicen que la calidad de vida en la ciudad sigue igual desde que Bloomberg se convirtió en alcalde en enero de 2002, mientras que el 35 % asegura que ha mejorado y el 23 % concluye que ha empeorado.

Resulta entonces difícil de conciliar la idea de que su mandato es un éxito rotundo, como lo recalcan algunos economistas y analistas de Wall Street al afirmar que su gobierno logró lo imposible, como fue blindar a la ciudad de la aguda recesión económica que se venía al inicio de su mandato, al punto de dejarla hoy, doce años después, con el mayor crecimiento económico en décadas, de la mano de un superávit en sus finanzas públicas del orden de los US$22,5 billones.

La razón es clara, aseguran los expertos al afirmar que su mandato estuvo en gran parte destinado a promover el comercio y la marca de ciudad por encima del resto de necesidades. Un 70 % de los encuestados concuerdan en que Bloomberg prestó demasiada atención a Manhattan, donde sólo vive una quinta parte de toda la ciudad, pero la zona que mayores dividendos entrega a la ciudad en impuestos, no como los cuatro distritos restantes: Brooklyn, Queens, Staten Island y el Bronx, los cuales distan del glamur y la pujanza económica de la Quinta avenida y sus alrededores.

La formula fue un agresivo incremento en los impuestos a la propiedad privada en toda la ciudad, junto a un programa de redelimitación del 40% de las zonas de construcción en todos sus distritos. Que el desarrollo urbanístico es igual a progreso económico fue, desde el día cero, su eslogan de gobierno.

Sin embargo, este tipo de políticas desembocaron en un agudo incremento en el precio de la vivienda y la renta en la historia de esta ciudad. En los últimos doce años el costo de la renta se triplicó en comparación con el resto del país, llevando a que en la actualidad un tercio de su población gaste cerca del 50% de sus ingresos tan solo en vivienda.

Por un lado Bloomberg, quien incrementó su fortuna en US$23 billones desde que llegó a la alcaldía, deja una ciudad donde vive el mayor número de millonarios en el mundo, pero donde también el 20 % de su población vive bajo la línea de la pobreza. Una ciudad posicionada como la reina del comercio y turismo mundial, pero donde el 8,4% de sus habitantes están desempleados. Un punto por encima del promedio nacional.

Esto viene de la mano del otro gran rubro al que este magnate de 71 años entregó su capital político y económico: la seguridad. Su misión fue la de convertir a la policía de Nueva York en la más fuerte, mejor dotada y más especializada del mundo. Y lo logró. Sin duda una reducción del 34% en la criminalidad en toda la ciudad hace a muchos aprobar las controvertidas medidas del alcalde, como lo fue la implementación del programa de cámaras de vigilancia más grande e invasivo de todo el país, el monitoreo de grupos y minorías étnicas por parte de la policía, así como el controvertido programa “Stop and frisk”, el cual permite a los uniformados detener y requisar sin sospecha alguna a jóvenes principalmente afroamericanos y latinos en barrios marginales de toda la ciudad.

Así es como hoy muchos neoyorquinos, lejos del centro financiero y de las luces de Times Square, se refieren al legado de Bloomberg como un capítulo más en el gobierno de los ricos para los ricos y ven en la elección del próximo martes la opción, así sea en el papel, de otro tipo de ciudad.

De acuerdo con el último sondeo de la Universidad Quinnipiac, el actual defensor del pueblo de Nueva York (funcionario que hace de mediador entre los ciudadanos y la alcaldía) es el virtual ganador de la contienda. Con un 68 % en las encuestas, frente al 24 % que posee su principal contendor, el republicano Joe Lhota, y el 2 % del candidato independiente de origen latino Adolfo Carrión, el demócrata Bill de Blasio será el próximo alcalde de la Gran Manzana.

Capitalizando el malestar de los opositores de Bloomberg y con un discurso en contra de la desigualdad económica y la discriminación racial, De Blasio, quien viene de una familia de clase media, ha logrado posicionarse en el electorado neoyorquino, que si bien es de tendencia demócrata, no ha tenido un alcalde en las últimas dos décadas.

El político de 53 años y quien ha hecho carrera de la mano de Hillary Clinton durante su paso por el Congreso de los Estados Unidos, ha basado su campaña en lo que él mismo ha llamado será el gobierno del 99%, haciendo referencia a la consigna que se hiciera famosa durante las protestas de Ocuppy Wall Street en Nueva York hace dos años.

Eliminar los subsidios a las corporaciones de la ciudad a favor de utilizar esos recursos para expandir los programas de alimentación y salud gratuita a los más necesitados, cobrar un impuesto a los neoyorquinos que ganen más de medio millón de dólares al año para costear una red de jardines infantiles en toda la ciudad. Estas y otro tipo de propuestas de corte social hacen que De Blasio se eleve como la gran alternativa para luchar en contra de la enorme disparidad socioeconómica que reina en la ciudad.

Desde chico siempre fue un activista y defensor de lo social. Fue así como a sus 26 años, mientras realizaba estudios de política latinoamericana en la Universidad de Columbia, viajó a Nicaragua para ayudar a distribuir alimentos y medicamentos en medio del conflicto entre el Frente Sandinista de Liberación Nacional y los Contras, quienes eran financiados por el gobierno de Ronald Reagan. A su regreso a Nueva York y como parte de su trabajo en el Centro Quijote de Maryland, cuyo foco es la justicia social, empezó a recaudar fondos para los revolucionarios mientras se suscribía a la publicación prosandinista Barricada.

“De esa admiración no queda nada”, ha dicho De Blasio al referirse al caso mientras explica que su gobierno será diametralmente opuesto al del mandatario saliente, poniendo sus objetivos en reducir los altos índices de deserción escolar, fortalecer la red de servicios sociales, detener la privatización excesiva de la red de educación pública, acabar con el abuso policial, pero sobre todo trabajar por una ciudad que mire más allá de las fronteras y del glamur de Manhattan.

 

 

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