Nunca más Alemania

Los Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente convocaron su última manifestación en nombre de las víctimas de los atentados en París, pero la clave de su discurso sigue siendo el miedo.

Manifestantes salen a las calles de Berlín a protestar a favor de la tolerancia y en contra del terrorismo./ Fotos: Vanessa Castro

“¡Que apaguen las luces! ¡Que apaguen las luces!”, gritan cientos de manifestantes anti-Pegida detrás de la Puerta de Brandeburgo, en el centro de Berlín. “Pedimos a los grupos políticos que están aquí que hablen con los responsables para que los dejen a oscuras. No queremos ver ese racismo, no más nacionalismo, no será en Alemania donde pasará algo así otra vez”, reclaman desde el altavoz de una caravana amarilla. “Nunca más, Alemania”, responden los manifestantes. Son las 6:00 de la tarde. En medio de una llovizna ondean banderas de partidos políticos como el Verde, el Social- demócrata y La Izquierda. Pero la que más sobresale es la bandera arcoíris, símbolo de la diversidad. Un anciano sostiene un paraguas del que cuelgan carteles con el mensaje: “Paz. Nosotros somos Charlie, no somos Pegida”.

Una barrera de policías los separa del otro lado del monumento, donde unos 150 ciudadanos acuden a la cita de los Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente, en la Plaza de París. El movimiento, que se originó en Dresde, en el este de Alemania, se manifiesta cada lunes desde octubre. Convocó su última concentración en nombre de las víctimas de los atentados de París y de la libertad de expresión, aunque dos días antes del ataque a Charlie Hebdo sus portavoces acusaban a la prensa de “mentirosa”. Su foto de perfil en Facebook también fue la de “Je suis Charlie”. La mayoría de los asistentes portan banderas de Alemania; otros, carteles con el símbolo de la paz. Usan crespones negros, tal y como se les pedía en la convocatoria, pero la arenga de fondo es la del miedo a que “el islam se apodere de Alemania” y a que lleguen más inmigrantes que “abusen de las ayudas sociales”. En su discurso no diferencian entre las distintas corrientes que existen dentro del islam: “Queremos mantener una democracia en la que exista una protección de minorías y sabemos que esto no existe en países islámicos. En treinta años puede implementarse la sharia aquí. Eso es un peligro”, advierte uno de los organizadores por un megáfono.

A las manifestaciones concurren jóvenes, jubilados, padres de familia. No todos son de extrema derecha, nacionalistas o hooligans contra salafistas. Acuden también resentidos con las políticas sociales y otros que tienen miedo. Ellos encuentran respuestas simples para temas complejos, como la pobreza o el terrorismo, en el discurso del nuevo movimiento que presenta la inmigración o el fanatismo religioso como las causas del problema.

“Protesto por el futuro de mis hijos”, responde una mujer de 52 años. “Hay refugiados que necesitan ayuda, pero también muchos que vienen a anclar su futuro aquí. Por qué tenemos que acogerlos a todos”, reclama. Esta estrategia de hurgar en heridas sociales enfrentando pobres contra pobres ya ha sido utilizada en la Europa de la crisis, y consigue votos. La victoria de Marine Le Pen en Francia es una prueba de ello. Alternativa para Alemania (AfD), el joven partido que se formó en 2013 y cuya política es el rechazo del euro y los rescates, ya ha entablado contacto para una alianza electoral con Pegida. En la capital de Sajonia, que empieza a ser tildada como “el bastón de la islamofobia”, han logrado reunir a 25.000 personas esta semana. En otras ciudades, como Berlín, la respuesta es menor.

Más de 400.000 ciudadanos han firmado la iniciativa Für ein buntes Deutschland (“Por una Alemania colorida”), a favor de la inclusión y la tolerancia. “Nacionalismo fuera de las cabezas”, exclaman unos jóvenes. “¿Qué es cultura alemana? ¿Por qué el islam no puede ser parte de nuestra cultura alemana?”, cuestionan desde el altavoz de la caravana. “Vamos a bloquear su marcha”, incitan. Unos pocos se quedan para vigilar la Puerta. Los otros siguen el camión al ritmo de funk gritando: “Somos claros: los refugiados son bienvenidos”. Furgonetas de la policía cuidan la marcha desde adelante para evitar el contacto entre ambos bandos. Se detienen en una esquina y algunos jóvenes corren intentando llegar a la Plaza de París, pero los policías los alcanzan y forman una nueva barrera. “¡Que se vayan!”, gritan. “Nosotros volvemos”, responden desde la otra esquina. Finalmente, sobre las 9:00, ambas concentraciones se disuelven. El movimiento anti-Pegida comenzó antes de los atentados de París.

- “Terror, no en nuestro nombre”

Al día siguiente, la Puerta de Brandeburgo luce diferente con los colores de la bandera de Francia. En una tarima, los principales líderes políticos de Alemania encabezan la concentración convocada por el Consejo Central de Musulmanes y la Comunidad Turca para repudiar el terrorismo. Llaman a la unión y la solidaridad. “No nos vamos a dejar dividir en partes, el islam pacífico tiene un hogar en nuestro país”, expresa el alcalde de la capital, Michael Müller.

Un hombre se abre paso entre la multitud con su bicicleta y muestra su cartel: “Yo soy Ahmet Merabet”, el policía musulmán asesinado en París. Su letrero encaja con el lema de la convocatoria: “Terror, no en nuestro nombre. Estar unidos y dar la cara”. A la izquierda, el imán Abdallah Hajjir. Viste una túnica y un turbante blanco. “Que el islam se haya relacionado con el terrorismo es terrible porque el islam, tanto como otras religiones, simboliza un amor a la paz. Todo lo contrario a eso no es más que un juego político. Hoy los dirigentes se han mostrado abiertos y eso nos alegra”. El auge de Pegida ha provocado el posicionamiento de Merkel a favor de la unión de los musulmanes y contra la xenofobia. La misma que generó polémica en 2010 al hablar del fracaso de una sociedad multicultural y exigir a los que se quisieran quedar que aprendieran el idioma.

Luego del minuto de silencio, los políticos bajan de la tarima y la plaza empieza a quedarse vacía. Pero el grito de una mujer que agita la bandera de los exiliados sirios llama la atención de los que aún quedan: “Solidaridad también para el pueblo de Siria”. Tugce Kalyon, joven turca de 19 años que vive desde niña en Alemania, reclama enfurecida: “En París han muerto 17 personas, pero en Israel, en Siria y en Palestina mueren miles también, entre ellos niños. Nadie abre su boca, ningún político de los que vimos aquí condena eso. Ellos también son culpables de las guerras”.

En un gran mural con fotos a la salida de la plaza hay una postal enviada desde Dresde: “Amor y tolerancia”, firma una pareja joven. Al fondo, la mujer no para de vociferar: “¡Democracia también para Siria!”.

 

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