Obama y la doctrina Bush

La Casa Blanca propuso al Congreso un plan para derrotar al EI en tres años y sin restricciones geográficas. Washington reenfoca su estrategia de seguridad en medio de los fantasmas de Irak y Afganistán.

Ashton Carter es el nuevo secretario de Defensa de Estados Unidos, luego de recibir el aval del Senado. /AFP

Febrero está marcando el enfoque de Estados Unidos en materia de seguridad. Hoy se completa la mitad del mes y ya mucha agua ha corrido por debajo del puente: Washington publicó su nueva Estrategia de Seguridad para los próximos cinco años, el Senado acaba de aprobar el nombramiento de Ashton Carter como nuevo secretario de Defensa y el presidente Barack Obama apenas pasó una propuesta de resolución al Capitolio que pide la autorización de una operación militar de tres años para derrotar al Estado Islámico (EI).

Por partes. Aunque la designación de Carter, doctor en física teórica, tecnócrata y varios lustros de servicio en el Pentágono, obedece a la renuncia de su antecesor, Chuck Hagel, el pasado noviembre, su propia definición de prioridades ante el Congreso evidencia su orientación: la derrota de los extremistas sunníes del EI y la proyección de fuerza militar frente a China y Rusia, porque en medio de la crisis de Ucrania, en la conciencia de Washington, quizá sea momento de demostrar qué voz es la que más puede elevar el tono.

El Estado Islámico y su control de zonas importantes de Siria e Irak luce como el punto común más claro en el corto plazo y, a su vez, la propuesta de resolución de Obama es la que más ruido ha causado. El presidente quiere que sea autorizado el uso de las Fuerzas Armadas para combatir al EI o “fuerzas asociadas” a éste sin restricciones geográficas. O sea, si una amenaza es identificada en Yemen o Libia, por ejemplo, el Pentágono tendrá toda la legitimidad para poner en marcha sus drones, un caso que al menos técnicamente, si se comprueba ser parte o una “fuerza asociada”, podría extenderse a cualquier lugar del mundo. Sólo dos limitaciones: que las operaciones no se extiendan más allá de los tres años y que las tropas estadounidenses no participen en operaciones terrestres ofensivas.

En este punto la arena enturbia un poco la transparencia del agua. Esta semana, el general Martin Dempsey, jefe del Estado Mayor Conjunto, afirmó que asesores militares de Estados Unidos podrían hacer acompañamiento a las fuerzas militares iraquíes que combaten contra el EI y no queda muy claro qué papel cumplirían los cerca de 4.500 soldados que el Pentágono tiene en ese país, tal y como lo evidenció The New York Times en un reciente informe. La propuesta de resolución habla de operaciones “ofensivas” y claro, defensivas y preventivas son otra cosa.

Las críticas no han tardado mucho en llegar. Le ha resultado difícil al presidente Obama no representar la imagen de la doctrina George W. Bush para Irak y Afganistán, dos guerras de resultados relativos y cuyas heridas aún conservan los puntos entre sectores políticos y civiles. Y que sea el propio Obama, Premio Nobel de Paz en 2009, el que asuma la nueva bandera de la guerra luce al menos raro, él quien fue el encargado de dar la orden de retiro a las tropas sobre el terreno del lejano y doloroso Oriente Medio. Si el Congreso aprueba la iniciativa, sería la primera vez desde 2002 que el Poder Legislativo otorga un nuevo aval al uso de la fuerza.

No obstante, ¿en dónde quedan los últimos seis meses en los que el Pentágono y algunos aliados han lanzado más de 2.000 bombardeos contra el EI en Siria e Irak? En lo mismo que han sido hasta ahora, combates preventivos contra una amenaza real, amparados, justamente, por la resolución de 2002. Entonces se trata de una apuesta política: el pronunciamiento público y mundial del Capitolio en respaldo del discernimiento militar de Obama. El excongresista republicano Ron Paul, uno de los más críticos de la propuesta, publicó su opinión en un documento difundido a través de su página web, en el que se lee: “Hemos luchado en Oriente Medio durante 25 años. No ha habido victorias ni ‘misiones cumplidas’. Hemos tenido muchas muertes innecesarias y hemos gastado muchos dólares, pero esto nunca nos ha hecho reevaluar nuestras políticas de intervencionismo extranjero”.

La resolución necesitará el apoyo del Senado y la Cámara de Representantes para convertirse en realidad. En este último recinto, días atrás, Nicholas Rasmussen, director del Centro de Lucha contra el Terrorismo, notificaba que él y su equipo observaban una tendencia “clara e inquietante” de aumento en el reclutamiento de yihadistas por parte del EI derivada de los bombardeos lanzados por Washington sobre su región de influencia. Rasmussen estimó en más de 20.000 el número de voluntarios extranjeros que se han unido al EI en los últimos meses, de los que “al menos 3.400 proceden de países occidentales, y entre ellos, 150 son estadounidenses”, como si se tratara de una suerte de castigo de ciertos ciudadanos a la política armada de sus gobiernos.

Senadores como Marco Rubio, una de las figuras brillantes de la actualidad republicana, han expresado su rechazo al proyecto y anticipan que el partido por cuenta propia intentará proponer otra estrategia. El senador Orrin G. Hatch, también republicano, no entró en delicadezas para hablar del plan de Obama: “Su enfoque es uno de los más estúpidos que he visto”.

Sin ir muy lejos, resulta difícil desenmascarar la propuesta de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional. En un análisis escrito por Giovanni Grevi, director del centro de pensamiento europeo Fride, los planteamientos actuales responden al momento histórico: hace cinco años Estados Unidos debía orientar la gran parte de sus esfuerzos a superar la recesión económica y a reactivar su crecimiento. Con este objetivo cumplido “EE.UU. es más fuerte y está mejor posicionado para aprovechar las oportunidades del siglo XXI”.

 

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