Las olimpiadas de la esperanza

Mientras el mundo tiene sus ojos en la ciudad carioca, en Brasil se prepara todo para la salida definitiva de Dilma Rousseff.

Protestas en Brasil, al inicio de los Juegos Olímpicos. AFP

El 5 de agosto de 2016, el Cristo Redentor, símbolo de la ciudad de Río de Janeiro, abrirá sus brazos al mundo para recibir a todas las delegaciones extranjeras que participarán en los Juegos Olímpicos y a millones de personas que asistirán a esta confraternización universal.

Durante los próximos días, los medios internacionales estarán atentos al cotidiano de la Villa Olímpica, instalada en la Ciudad Maravillosa. Intentarán retratar la música, el ritmo, el color de Río, la mística de esta ciudad y de este país. En 2009, cuando el Comité Olímpico Internacional anunció a Río como sede de los Juegos de 2016, la realidad brasileña era verdeamarilla. Brasil vivía un momento único, había despegado, el presidente Lula era considerado un líder carismático, respetado por los grandes representantes mundiales y su popularidad en Brasil no tenía par.

Es imposible no recordar su emotivo discurso en Copenhague, ante el Comité Olímpico Internacional, después de que Río de Janeiro superó a Chicago y a Madrid.

“Somos un pueblo apasionado por el deporte, por la vida. Mirando los cinco aros del símbolo olímpico, veo en ellos a mi país. Un Brasil de hombres y mujeres de todos los continentes: americanos, europeos, africanos, asiáticos, todos orgullosos de sus orígenes y más orgullosos de sentirse brasileños. Esta candidatura no es sólo nuestra. Es también de América del Sur, un continente que, como vimos, nunca fue sede de los Juegos Olímpicos. Ya es hora de prender la llama Olímpica en un país tropical, en la más linda y maravillosa ciudad: Río de Janeiro. Para América del Sur será un momento mágico. Para el movimiento olímpico, una oportunidad de sentir el calor de nuestro pueblo, la exuberancia de nuestra cultura, el sol de nuestra alegría y de pasar un mensaje claro para el mundo: los Olímpicos pertenecen a todos los pueblos, de todos los continentes, a la humanidad”.

En aquella ocasión, Lula reiteró la estabilidad de la economía brasileña, que en Brasil se vivía un clima de libertad y democracia y que “30 millones de brasileños salieron de la pobreza y 21 millones pasaron a integrar la nueva clase media”, que “la superación de dificultades es lo que marca la historia reciente de Brasil y la trayectoria de millones de brasileños”.

En 2016 el escenario es otro. Paradójicamente, el Brasil de hoy no es el de 2009, aunque pertenezca al grupo de las 10 economías más importantes del mundo. El país transita del gobierno interino de Michel Temer a su legitimación como presidente en los próximos dos años, por medio de una coalición de fuerzas políticas que en el auge de los Olímpicos decidió acelerar los trámites burocráticos en el Senado Federal para concretar la salida definitiva de Dilma Rousseff, con el objetivo de que el impacto sea invisibilizado.

Las conquistas democráticas de las últimas décadas han perdido brillo debido a la ausencia de legitimidad del Congreso, a la corrupción en los más distintos niveles y a un sistema judicial parcializado.

Brasil será representado en los Olímpicos por un presidente interino que no cuenta con el respaldo de gran parte de la población, ya que segmentos significativos de la sociedad brasileña siguen gritando en las calles: “¡Fuera Temer!”.

El país mostrará su garra y su fuerza. Dejará a un lado el dolor de este desafiante momento histórico. A pesar de la epidemia del zika y de la insistencia de la prensa internacional en una posible cancelación, los Juegos Olímpicos empiezan hoy con la magia, el color y la energía de los trópicos.

El expresidente Lula, quien trajo a Brasil el Mundial 2014 y los Olímpicos 2016, estará al margen. Ahora es uno de los blancos más apetecidos de la operación Lava Jato. La suspendida presidenta Dilma Rousseff declinó la invitación para comparecer a la apertura.

Un presidente interino, con pasos firmes, hablará en nombre del país que jamás representará. Los defensores de esta tercera vuelta dicen que es la verdadera democracia. Resta saber de qué tipo de democracia hablan.

En los últimos días, el temor de un posible ataque de Isis, jamás confirmado por las autoridades nacionales, sobrevoló la Villa Olímpica. Con todo, hay consenso en que Brasil tiene plenas condiciones de proveer seguridad a los millones de visitantes. El experto en terrorismo David Kilcullen, ex-estratega jefe de antiterrorismo del Departamento de Estado, en una entrevista a los medios brasileños señaló que “la crisis política en el país puede perjudicar la coordinación de los trabajos en los ámbitos estatal, municipal y federal”, y afirmó que no cree “que Río sea más blanco que cualquier otra ciudad que haya sido sede de los Juegos”. Asimismo dijo que “estaría más atento a la población en las favelas y al crimen organizado y a la posibilidad de que cierren líneas de transporte de acceso a los locales de las competiciones”.

Desafortunadamente, esta realidad no pudo ser opacada por la fantasía de los Olímpicos. Desde hace algunos años, sobre todo después de la creación de una tropa de élite, BOPE, para combatir el narcotráfico en Brasil, y la llegada de las Unidades Policíacas Pacificadoras (UPP), se han realizado innumerables debates sobre la legitimidad de los métodos utilizados por el Estado brasileño.

A pocos días del inicio de los Olímpicos, según Amnistía Internacional, “aproximadamente 2.600 personas fueron asesinadas por agentes del Estado” desde 2009, cuando Río fue elegido como sede.

Con todo, en medio de esta catarsis nacional, aún hay indicios de esperanza. Uno de ellos es el Museu do Amanhã, creado por el arquitecto catalán Calatrava, quién elaboró un edificio inspirado en la imagen de las bromelias que vio mientras hacia su investigación de campo en Río. “Una vertiginosa estructura metálica, como una astronave que sobrevuela el vacío”. Por otro lado, en octubre de 2015, Thomas Bach, presidente del Comité Olímpico Internacional, confirmó la formación de un equipo de refugiados imposibilitados de competir en representación de sus países de origen. El comité preseleccionó 43 candidatos de todo el mundo.

Estos atletas no entrarán en las pruebas utilizando los colores de su país de origen, sino cargarán la bandera blanca con los aros olímpicos. Esta autorización extraordinaria ya había sido concedida en los Olímpicos de Barcelona 1992, Sídney 2000, Londres 2012 y en los Juegos de Invierno en Sochi. De esta forma, Río será incluido en esta lista humanitaria.

“El COI ha respaldado a algunos atletas que por motivos de persecución y guerra tuvieron que dejar sus países, entre ellos: una siria que está refugiada en Alemania, un congolés que se encuentra en Brasil y una iraní que está en Bélgica”. En Río 2016, los refugiados serán recordados.

Signos de sueños y de un mundo mejor serán sembrados bajo la mirada contemplativa del Cristo Redentor y de la cordialidad brasileña. Desde el cielo, Tom Jobim y Vinícius de Moraes, dos genios de la música brasileña, se unen a una voz para cantar “a pesar de usted, mañana ha de ser otro día”.

Temas relacionados