La otra cara de Buenos Aires

Miles y miles de personas viven hacinadas en las villas miseria, el gran fracaso de los gobiernos argentinos durante décadas de abandono.

El navegador GPS muestra un triángulo rojo cuando el coche se aproxima a la Villa 21 de Buenos Aires y nos advierte que estamos entrando en una zona de peligro. Las villas miseria son la cuna y la tumba de los adictos al paco, la pasta base, tal vez la droga más destructiva. Mencionar la Villa 21 o la Ciudad Oculta o la 1-11-14, también conocida como el Bajo Flores, es evocar los callejones de menos de un metro de ancho y sin salida, las tomas ilegales de corriente eléctrica, los sepelios de pequeños narcotraficantes cortejados por sus compinches disparando al aire. Hay decenas de ellas repartidas por Argentina, repletas de gente acostumbrada a que ningún gobierno atienda sus necesidades. Son sinónimo de abandono, droga y violencia. Y sin embargo, la mayoría de sus habitantes son humildes trabajadores, a menudo inmigrantes procedentes del campo o de Perú, Paraguay, Bolivia… Sirvientas, albañiles, carpinteros y camareros obligados a veces a ocultar su lugar de residencia.

“El que vive acá se tiene que buscar un amigo en la ciudad para cuando vaya a pedir laburo dar su dirección. Porque como vean que vives acá nunca te contratan”, indica Cristián Heredia, de 32 años y residente en Villa 21. En la 21-24 solo las multas y las citaciones judiciales llegan a las casas; el resto del correo hay que recogerlo en una oficina municipal. En cada esquina patrullan agentes de la Prefectura, una policía militarizada que hasta hace pocos meses se limitaba a la vigilancia de las costas y fronteras. “Con esta gente estamos mucho más tranquilos, se ve menos delincuencia. La policía que había antes era cómplice del negocio de la droga. Desde que llegó la Prefectura, ya apenas se ven coches y motos robadas”, añade Heredia.

“Acá a la fuerza tenemos que ser todos albañiles, fontaneros y electricistas. Yo no tenía ni idea de construir una casa, pero tuve que hacerme la mía. Y caerse no se ha caído. Pero eso sí: todas las viviendas están llenas de agujeros y goteras”, explica Héctor Kopp, alias Maxi, de 29 años, miembro de la ONG Vientos Limpios del Sur. “Ahora se ha puesto de moda en la ciudad la cultura villera, porque en las villas nos gusta ir con ropa y zapatillas de deportes. Pero en un día de lluvia es muy fácil distinguir al auténtico villero: los de acá llevamos siempre los zapatos mojados, porque desde que salimos de la cama estamos pisando charcos”.

Cada villa es un mundo aparte. Maxi conoce a toda la gente de la 21-24, sabe la historia oculta que hay detrás de cada fachada, sabe por qué hay un agente de la Prefectura custodiando durante 24 horas una vivienda, sabe por qué protegen al dueño de ella, sabe cómo se consiguió asfaltar cada una de las calles asfaltadas, pero ignora todo lo que sucede en la 31 o en el Bajo Flores. Y no se atrevería a pisar ninguna otra villa si no es acompañado por alguien de adentro. Maxi puede contar cómo en la década de los noventa nadie podía salir apenas de su propia calle en la 21-24 porque había unas 15 bandas enfrentadas y era imprescindible llevar el fierro, la nueve milímetros, en la cintura. Después se apaciguó la cosa, pero en el año 2000 llegó el paco y otra vez se volvió a torcer. Entonces de aquí y allá se juntaron Las madres del paco y el padre Pepe, que era un cura que se movía en bicicleta y que tenía mucho carisma en la villa, las apoyó contra el narco y fundó un hogar para adolescentes. Hasta que hace un año y medio el padre Pepe empezó a recibir amenazas y se tuvo que marchar a más de mil kilómetros de allí, cerca de Santiago del Estero.

“Aprendí mucho ahí durante 15 años y ahora echo en falta todo”, cuenta el padre Pepe por teléfono. “Son mi familia. La mayoría son inmigrantes, gente de trabajo, con ganas de progresar. El paco llegó después de la crisis de 2001. Y fue como un tsunami, no sabíamos a dónde acudir. Hicimos el Hogar de Cristo, que ha sido el mejor trabajo de recuperación en Buenos Aires. Y ahora se extendió a otras villas. Pero el problema es que nunca hubo planes serios de urbanización. Hace tiempo tuvimos escuelas, pero siguen faltando y están masificadas. He visto cómo el paco ha destruido la vida de tantos chicos.
Son chicos que están en desigualdad con respecto a otros jóvenes de la ciudad. También he visto cómo otros han logrado salir de la droga y tienen su trabajo y su familia. Pero era duro vivir ahí. Muchas veces a uno lo despertaban los tiros por la noche. Las amenazas eran muy serias y me fui cuando vi que le podría pasar algo a la gente que trabajaba conmigo”.
Hace poco más de un año un directivo del canal Todo Noticias, perteneciente al grupo Clarín, quiso contratar a una señora para el servicio doméstico. Se percató de que ella dudaba a la hora de darle la dirección porque no quería revelar que vivía en una villa. Y esa fue la génesis de una serie de documentales con el nombre de ‘Esta es mi villa’, presentados por Julio Bazán. “Una de las imágenes que hacemos es plantar una cámara de madrugada ante las paradas de colectivos y ves cómo salen a montones a trabajar”, relata Bazán. “Pero la droga está haciendo mucho daño. En la mayoría de las villas está instalado el narco. En la 1-11-14 directamente gobierna. Cuando fuimos ahí nos sacaron a piedrazos. Solo después de que una de las habitantes hablase con la esposa de un capo y le pidiese autorización, pudimos entrar”.

“Las villas aparecieron en Buenos Aires a partir de la crisis de 1930”, cuenta Silvina Premat, autora del libro Curas villeros. “Eran gente muy pobre viviendo al aire libre. En 1960 ya se formaron barrios. Y los curas empezaron a ver que no iban a la iglesia y crearon allí capillas. Y vieron que la gente no tenía agua, ni luz, ni gas y empezaron a solucionar problemas. Hasta 2009 no había presencia del Estado en las villas. Ahora cambió un poco, porque en algunas están la gendarmería y la Prefectura”.

De vez en cuando, algún crimen, la detención de un narco, el corte de carreteras en demanda de suministro eléctrico o el estreno de una película hacen que la sociedad vuelva la mirada hacia esas grandes bolsas de pobreza. La última película ha sido El elefante blanco, que narra las desventuras de un cura encarnado por el actor Ricardo Darín en la Ciudad Oculta, una villa de Buenos Aires. La película se ha convertido en la más vista en Argentina en lo que va de año, con medio millón de espectadores. El Elefante Blanco es un inmenso edificio en cuyo origen se refleja todo el drama de los mejores sueños rotos. El proyecto data de 1823 y lo retomó Juan Domingo Perón en sus dos primeras presidencias (1947-1955). Se pretendía construir ahí el hospital más grande de Latinoamérica. Perón fue derrocado en 1955, el edificio quedó abandonado y ahora viven en él familias y drogadictos de los que casi nadie se acuerda si no es por el rodaje de alguna película.

El padre Toto, el sucesor del padre Pepe, se alegra de que El elefante blanco haya puesto de nuevo a la sociedad frente al problema de las villas. Pero él no quiere oír hablar de “urbanización” de la villa, porque le suena a “colonización”, sino de “integración urbana”. “La villa también tiene mucho que enseñar a la ciudad. Esto era un basural y los vecinos lo convirtieron en barrio. Acá hay un sentido de la vecindad y de la solidaridad que no se encuentra en muchos lugares. Cuando hay algún incendio en una casa o cae un árbol sobre una vivienda, primero son los vecinos los que sacan a las víctimas. Y después llegan los bomberos”.

El padre Toto también se mueve en bicicleta por la 21 y también aprende cada día algo de los vecinos. “Los voluntarios que vienen de afuera, en cuanto llegan sienten el olor a gas y quieren traer cocinas eléctricas. Sus intenciones son buenísimas. Pero no reparan en una cosa: siendo que es gratis la electricidad [porque hay tomas ilegales en cada vivienda], ¿cómo es que nadie tiene cocinas eléctricas? La razón es muy simple: la luz se va a cada momento, por eso prefieren el gas. No basta solo con querer ayudarles, hay que conocer sus verdaderas necesidades”.

¿Y cuáles son sus necesidades? “Que abran las calles de una vez”, explica Maxi, de la ONG Vientos Limpios del Sur. "¡Aquí las calles mueren en cualquier sitio, en medio de la nada. Hay que urbanizar esto”. La respuesta se repite en otras villas. Mónica Ruejas es la presidenta de la junta vecinal de Villa Soldati, en el barrio porteño de Los Piletones. Unos lo expresan mejor y otros peor, pero casi todos los villeros consultados en esta nota vienen a decir lo mismo que expresa Ruejas: el gran problema en las villas es que nunca ha habido un proyecto estable. “Yo he visto que los vecinos, cuando tienen la oportunidad la saben aprovechar. Pero nunca ha habido soluciones definitivas. Nos gustaría pagar impuestos como todo el mundo, pero para eso hace falta tener las instalaciones que tiene todo el mundo: agua, luz, gas… Faltan verdaderas políticas públicas. Nos quieren hacer creer que nacimos pobres y que vamos a morir pobres”.
 

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