La otra hora cero

El 8 de mayo de 1945 es la fecha conmemorativa más difícil para los alemanes.

El ministro de Asuntos Exteriores alemán, Frank-Walter Steinmeier, en una ceremonia en Rusia para conmemorar los 70 años del fin de la II Guerra Mundial. /EFE
Sin lugar a dudas, el 8 de mayo de 1945 es la fecha conmemorativa más difícil para los alemanes. Con la capitulación incondicional del ejército alemán hace 70 años comienza la época de posguerra en Europa y nace el mito de la “hora cero”, es decir, la idea de una ruptura radical con el pasado que habría posibilitado un “nuevo comienzo”, con igualdad de oportunidades para todos.
 
El régimen de la Alemania Oriental y socialista interpretó el 8 de mayo como el “día de la liberación”, resaltando la supuesta tradición de la resistencia antifascista al Tercer Reich. Pero su conmemoración en la futura República Federal Alemana (RFA) sería más complicada. Mientras las condiciones políticas en el bloque soviético no permitían una discusión abierta sobre el significado del fin de la guerra, las interpretaciones en el oeste oscilaron entre un sentimiento de derrota y la alegría por ser liberados de un régimen criminal.
 
En las primeras dos décadas de posguerra dominaba el sentimiento según el cual el pueblo alemán habría sido seducido por una élite siniestra que habría conducido el país a la catástrofe. Millones de civiles y soldados muertos; millones de judíos, gitanos, disidentes políticos, discapacitados y homosexuales “eliminados”, países enteros en ruinas. ¿Cómo lidiar con esa culpa?
 
Ante la dimensión de la hecatombe, la mayoría de los alemanes se negó a aceptar la tesis de la culpa colectiva. Por lo tanto, la justicia implementada por los vencedores en Núremberg era ampliamente rechazada, al igual que los procesos de “desnazificación” llevados a cabo tanto en la zona soviética como en la occidental. Muchos tampoco querían hablar de “liberación” sino más bien de la “venganza de los vencedores”, cuya interpretación del pasado no compartían.
 
Con excepción de algunos intelectuales y activistas de izquierda, la generación de la posguerra compartía memorias de sufrimiento, violencia y humillación. Incapaces de reflexionar sobre el dolor que Alemania había infligido a otros pueblos o “enemigos internos”, prevalecían relatos colectivos que realzaron los millones de soldados caídos, las innumerables víctimas de los bombardeos aéreos, la violación sistemática de cientos de miles de mujeres por parte del Ejército Rojo o la expulsión de los alemanes de los antiguos territorios del este. Estos relatos eran tan persistentes que aún en 1985, cuando el presidente federal Richard von Weizsäcker declaró ante el parlamento que el 8 de mayo habría sido el “día de la liberación”, su ponencia provocó una fuerte polémica. Hoy, a 70 años de la emblemática fecha y con pocos sobrevivientes de esa época, casi nadie pondría en duda la validez de las palabras de Weizsäcker.
 
Lo que sigue generando debates airados, no obstante, es la asombrosa persistencia del mito de la “hora cero”. De hecho, se ha transformado en una especie de mito fundacional. Mientras el régimen de la Alemania Oriental declaró que el socialismo habría reemplazado un sistema fascista y criminal, abriendo paso a un “mejor país”, la élite política de la RFA reclamaba haber conseguido lo mismo con sus programas de desnazificación y justicia.
 
Contrariando este relato, la historiografía reciente, así como decenas de películas y libros, han mostrado claramente que la “hora cero” es sólo un mito bien cuidado, usado para poder construir y legitimar la extremamente exitosa “economía social de mercado” en el oeste, así como la utopía socialista en el este. Era necesario mantener la ficción de una ruptura total con el Tercer Reich. 
Es sólo a partir de los años 60 —en el contexto de la revolución cultural del 68— que se empiezan a señalar de manera decidida las continuidades entre la dictadura nazi y su Estado sucesor, la RFA. Debido al contexto político distinto, sin embargo, los intelectuales de la República Democrática Alemana nunca participarían en ese debate revisionista. Así, sabemos que las continuidades personales entre los aparatos burocráticos del Reich y la RFA eran abrumadoras.
 
A pesar de Núremberg y el proceso de “desnazificación”, sólo una muy pequeña parte de los criminales nazis fue realmente castigada. Aparte de algunos líderes del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP), la justicia de posguerra hizo caso omiso de simples “colaboradores”, aunque muchos de ellos eran en realidad protagonistas. También es conocido que tanto la Unión Soviética como Estados Unidos “importaron” cientos de científicos nazis, aunque varios de ellos eran directamente responsables de crímenes de lesa humanidad.
 
Cuando el valiente fiscal general Fritz Bauer consiguió abrir los procesos de Auschwitz en 1963, gran parte de la sociedad alemana rechazaba tales intentos de esclarecimiento y justicia retroactiva. La mayoría prefería “reconciliación”, o sea olvido. Otros grupos sociales involucrados en los peores crímenes nazis, como los médicos o los juristas del Reich, fueron sólo juzgados en décadas más recientes, o nunca. De hecho, en este mismo instante se están juzgando algunos de los últimos capos de los campos de concentración, todos ancianos de entre 80 y 90 años. Estos juicios tienen un valor simbólico e indican que hay una conciencia creciente acerca de las fallas de la justicia de posguerra.
 
Con una perspectiva colombiana, en una coyuntura en la cual también se habla mucho de un “nuevo comienzo” o de “construir memoria”, la experiencia de Alemania es ciertamente instructiva, aunque no en un sentido literal. Lo que uno puede ver y aprender a partir de mitos como el de la “hora cero” es más bien que su aparición está vinculada a necesidades sociales y políticas concretas de una sociedad en posconflicto, y por lo tanto no reflejan la “verdad histórica”.
 
* Director Programa de Historia, Universidad del Rosario