¿Otro califato en Nigeria?

Un atentado perpetrado por mujeres suicidas dejó al menos una decena de muertos.

Cazadores y vigilantes nigerianos se agrupan para hacer frente a militantes del grupo terrorista Boko Haram, en Yola, Nigeria. / EFE

En Nigeria es extraño que pase un día sin una explosión, sin un atentado suicida, sin una decena de muertos por causa del conflicto. Durante los últimos meses, la violencia provocada por el grupo extremista Boko Haram no ha dado tregua. Sólo ayer, más de 10 personas murieron en un doble atentado suicida perpetrado por dos mujeres en un concurrido mercado de Maiduguri, en el noreste del país. La semana pasada, otras dos kamikazes se habían inmolado en el mismo lugar, dejando 45 muertos.

Maiduguri, capital del estado de Borno, es el feudo histórico de Boko Haram en el noreste del país y ha sido desde hace tiempo lugar de constantes enfrentamientos entre este grupo islamista y las fuerzas del orden. Boko Haram surgió desde 2009 como un aliado de Al Qaeda, con el objetivo de controlar cada vez más territorio e imponer una visión muy drástica de la ley islámica —la sharia—. Una visión más ligada a intereses tribales, políticos y territoriales, en vez de religiosos. Los ataques de Boko Haram y la represión lanzada por las autoridades han provocado más de 13.000 muertos. Este año los fallecidos son alrededor de 3.000.

De manera muy similar al Estado Islámico (EI), la organización de fundamentalistas suníes que controla algunas regiones de Irak y Siria, Boko Haram dice haber fundado en el noreste de Nigeria un Califato, donde tomó control de más de una veintena de ciudades y de amplios territorios. La respuesta de las fuerzas armadas en ocasiones es nula y por lo general es insuficiente para controlar el avance de los islamistas.

Además, la aparición de Boko Haram dio lugar a una guerra religiosa. En enero de 2012, en Kano, miembros del grupo radical incendiaron dos iglesias y cerca de 180 personas murieron en el peor atentado contra cristianos en la historia del país. Desde entonces, el país africano estaba al borde de una guerra civil por cuenta de la violencia entre musulmanes y cristianos. En los dos años siguientes, los ataques a propiedades e iglesias cristianas han sido frecuentes. También los musulmanes moderados han declarado la resistencia a los radicales.

El pasado viernes, otra vez en Kano, dos bombas estallaron en una mezquita, justo en el momento de la oración de los musulmanes, dejando alrededor de 80 muertos. Desde esa misma mezquita se había pronunciado días antes el emir de la ciudad, Sanusi Lamido Sanusi, para llamar a los ciudadanos a defenderse con todo lo que pudieran contra Boko Haram. Por eso, se asume que el ataque es una represalia de los islamistas radicales, liderados por Abubaker Shekau.

Los atentados suicidas no son el único método de Boko Haram. A principios de la semana pasada, milicianos de esta organización tomaron la ciudad de Damasak, junto a la frontera de Níger, en una nueva victoria en su estrategia por acaparar tierras e instaurar un califato. Más de 3.000 cristianos tuvieron que huir del lugar. Dicho ataque fue presuntamente una represalia por la adhesión de jóvenes de esta ciudad a los grupos de autodefensa, la mayoría cristianos, constituidos para combatir a los radicales.

El más mediático de los asaltos de Boko Haram fue el secuestro en abril de este año de 270 niñas en una escuela en Chibok, estado de Borno. Aunque las autoridades nigerianas han intentado negociar la liberación de las jóvenes, hasta ahora no ha sido posible. El impacto del secuestro fue tal que seis países liderados por Francia decidieron declararle la guerra a Boko Haram por ser este grupo una franquicia de Al Qaeda en África Occidental y por no estar clara la procedencia de sus recursos financieros.

No obstante, hasta ahora la organización sigue sembrado el terror en el país. Inspirados en el Estado Islámico, los militantes de Boko Haram podrían extender pronto sus operaciones hacia países fronterizos como Camerún, Chad y Níger.