Palestina: la Intifada de los cuchillos

Mientras se enfrentan a la ocupación israelí y a la falta de un apoyo internacional certero, los palestinos viven una frustración proveniente de las promesas incumplidas y de una economía ahogada. Sus gobernantes parecen incapaces de llegar a un trato.

Archivo AFP

Estando en 2008 en Gaza, un abogado me enseñó una palabra árabe de difícil traducción al español: sumud, que traducen como perseverancia pero que, me decía, significa más que eso: aquí estoy y aquí sigo, es el apego a la tierra, la solidez de permanecer. Pero el sumud tiene un costo, el costo de renunciar a huir, de aferrarse al mástil en medio del vendaval.

Ahora que llegan nuevas malas noticias de Palestina, recuerdo aquella conversación. Algunos palestinos están usando cuchillos para atacar judíos, tomando carros que estrellan contra peatones israelíes y tirando piedras contra el ejército. El público israelí y la opinión internacional temen preguntarse: ¿Por qué? Pero el debate de la violencia política no es estético sino ético.

Ya hay un lenguaje establecido y aceptado, que explica el conflicto palestino-israelí de manera simple y equivocada: los judíos son eternamente víctimas, los árabes son terroristas, el oprobioso muro que construye Israel encerrando a los palestinos es una “valla defensiva”, la demolición de miles de casas árabes es una “medida de seguridad”, cualquier crítica a Israel es antisemitismo y cualquier ataque en su contra es un nuevo Holocausto. Los periódicos siguen repitiendo mentiras como que no se trata de una ocupación sino de un “territorio en disputa”.

Los palestinos deciden, de nuevo, levantarse frente a un conflicto que se define con un solo concepto: ocupación por parte de Israel de una tierra que no le pertenece, y que incluye la negación del derecho al retorno de los palestinos expulsados en 1948, el estatuto de ciudad internacional dado a Jerusalén y que Israel niega mientras se la apropia ilegalmente, la necesidad de definir fronteras reconociendo un territorio para los palestinos y el crecimiento de un crimen de guerra llamado asentamientos.

En 1987, armados de piedras, los palestinos se enfrentaron con el quinto ejército más poderoso del mundo, obligando a que Israel diera inicio al proceso de negociación de Oslo que, a su vez, dio como resultado una serie de acuerdos, incumplidos por el ocupante. Los palestinos tiraron piedra con el sueño de conseguir un Estado.

En 2000, fruto de las promesas incumplidas y en medio de unas deplorables condiciones de vida, los palestinos volvieron a tomar las calles para pedir que Oslo se cumpliera y la ocupación finalizara. En esa oportunidad optaron por acompañar la protesta callejera con acciones militares y de actos terroristas; rápidamente toda la Intifada fue presentada al mundo con la lógica imperante de la “guerra contra el terror”, negando las causas del conflicto.

Ahora en 2015, con una economía ahogada y miles de violaciones de derechos humanos que nada importan a la comunidad internacional, los palestinos se vuelven a levantar para pedir unas condiciones de vida digna. Ya no bastan las piedras pero tampoco han hecho presencia las acciones militares de gran calado. Curiosamente aparece una práctica ya vista de manera aislada en años anteriores: el ataque con cuchillos a israelíes.

Este giro hace que la confrontación, desde el lado palestino, ya no sea entre actores armados sino entre sociedades. Pero esta lógica no se la inventaron los palestinos, la aprendieron del pueblo de Israel que ha visto en cada palestino un responsable de terrorismo; entonces, cada sionista es responsable de la ocupación.

Este método impide cualquier respuesta por parte de Israel y lo empuja a reforzar lo que ya viene haciendo por décadas: castigos colectivos, demolición de casas, controles militares y detenciones sin cargos. Nadie que haya pisado Palestina podría decir que el respeto a la distinción entre civiles y combatientes, por parte de los palestinos, haya servido para algo en el pasado.

Y ahí radica una gran diferencia para esta Intifada: los palestinos no tienen esperanzas. No tienen ninguna en el derecho internacional pues las resoluciones de la ONU son letra muerta; en los procesos de paz que imponen primero medidas al pueblo ocupado antes que al ocupante y que evitan la agenda real del conflicto; en los medios de comunicación que nunca han ofrecido un asomo de imparcialidad; en reconocer a Israel y optar por la diplomacia porque estas dos decisiones de nada le sirvieron a Arafat, envenenado por Israel. Kafka parece vivir en Palestina y repetir su frase “hay esperanza, pero no para nosotros”.

Hoy, por más crudo que suene, los palestinos reclaman y asumen el derecho a la defensa por mano propia que han alegado por décadas los israelíes, especialmente los colonos y los judíos ortodoxos, para aplastarlos. La creciente pérdida de legitimidad de la Autoridad Palestina alimenta la decepción y hace agua por completo la maniquea tesis de que hay unos palestinos “buenos” en Cisjordania y otros “malos” en Gaza, territorio que Israel ha calificado de base terrorista para justificar sus múltiples ataques que han dejado miles de muertos.

En mayo de 1943, el gueto de Varsovia fue exterminado. Cuatro años antes, empezaron las medidas progresivas para aniquilar a los 400.000 judíos que había en la ciudad. En abril, cuando los judíos finalmente se sublevaron, utilizaron todo tipo de armas para enfrentarse a las tropas nazis. No era un debate estético sino ético: resistir, incluso sabiendo que no había ninguna posibilidad de triunfo.

En mayo de 2004, Yosef Tommy Lapid, ministro de Justicia de Israel y único miembro del Gabinete superviviente del Holocausto, comparó el dolor de una madre palestina en Gaza con el dolor de su propia madre y fue acusado de hacer paralelismo y de traicionar a Israel. En esa línea, cualquier comparación de la historia de estos dos pueblos es condenada.

Las dos salidas que hay sobre la mesa están condenadas al fracaso: crear dos Estados le significaría a Israel renunciar al mito de la Tierra Prometida para apropiarse toda la Palestina histórica, y la opción de crear un Estado con igualdad de derechos para los dos pueblos, sería negar el mito del Pueblo Elegido, dejando sólo paso a un sistema de Apartheid, insostenible a largo plazo y, de hecho, ya en curso. Inútilmente en Palestina, Kafka, cuchillo en mano, sin reparar en el derecho, busca su propia esperanza y murmura la palabra sumud que juega entre sus labios.

* PhD. @DeCurreaLugo

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