Pasos de libertad en París

En la manifestación contra el terrorismo se evidenció la determinación de los parisinos para decirle al mundo que en estos momentos de crisis la unión es el remedio más eficaz.

Alrededor de 3 millones de personas y 40 gobernantes del mundo se dieron cita en la capital francesa para marchar contra el terrorismo. / EFE

La cita era en plaza de la República a las 3 de la tarde. A medida que el reloj se acercaba a la hora pactada para marchar, la policía anunciaba cada vez más estaciones cerradas debido a las grandes aglomeraciones de manifestantes. Se convirtió en toda una aventura para los parisinos llegar al punto de encuentro: el metro pasaba cada tres minutos, pero el siguiente más lleno que el anterior. Sin embargo, esto no fue impedimento para marchar, ya que algunos, hasta con niños pequeños, decidieron seguir el camino restante a pie solo para poder decir “Yo también soy Charlie”.

En medio del cielo azul de invierno, las calles parisinas se fueron quedando pequeñas para albergar a los manifestantes, que no salían en gran número desde la Copa del Mundo de 1998. Se podía avanzar hasta el cruce de las calles Oberkampf y Voltaire, en donde se habían dado cita las escuelas de periodismo por medio de las redes sociales. Había tantas personas en tan pocos metros cuadrados, que algunas personas se desmayaron en medio de la marea humana. Pero los franceses, que son tan habituales de las manifestaciones y tan disciplinados, hicieron espacio para que una ambulancia pudiese avanzar para atender a los afectados.

La Marsellesa se convirtió en el canto de batalla, así como las proclamas “Libertad de expresión” y el famoso “Je suis Charlie”. Eran varios los carteles que criticaban la politización de la marcha por la presencia de los partidos políticos y que se utilizara el nombre de las víctimas para ganar protagonismo. “Yo pensé por un momento no venir a la manifestación. Pero al mismo tiempo pensé que era importante estar acá, así fuera solo para honrar la memoria de las víctimas”, sostuvo Maurice, abogado parisino de 54 años. Al lado de Maurice estaba su esposa Victoire, quien sostenía un cartel referente al ‘cogito, ergo sum’ de Descartes, que decía “Yo pienso, entonces soy Charlie”. “¿Cómo puede ser posible que hagan parte de esta manifestación por la libertad de expresión presidentes que ni siquiera la respetan en sus países?” preguntaba Victoire indignada en medio de los asistentes.

Parecía apenas coincidencia el hecho de que el cortejo principal de la manifestación pasara por el bulevar Voltaire, aquel filósofo francés abanderado de la libertad de expresión con frases memorables como “no estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo”. Las terrazas y balcones de los apartamentos de este gran bulevar parisino fueron el lugar ideal para que sus habitantes saludaran a los manifestantes, hicieran parte de los interminables aplausos en honor a las víctimas y colgaran todos los carteles defendiendo una de las libertades más importantes del país que elaboró la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.

Como dice la canción, “cae la noche y amanece en París”. Algunos parisinos están buscando el metro más cercano para volver a casa después de una larga jornada de protesta. Pero en otros puntos, como la mítica plaza de la Bastilla, allí donde la revolución francesa explotó, hay una fiesta de manifestantes que ondean la bandera tricolor francesa al son de trompetas y tambores. “La vida tiene que seguir. Si paramos, les estaríamos dando la razón a los terroristas. Hoy es un día de alegría después de tres días llenos de tensión y miedo. Estamos felices porque demostramos lo que Charlie Hebdo quería transmitir: el amor es más fuerte que el odio” relata Patricia, profesora de música en una escuela primaria de París.

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