Peleando contra el ébola

Wbeimar Sánchez Bustamente, de 30 años, relata cómo es vivir en uno de los focos de la crisis en África.

Un trabajador médico verifica la temperatura de una persona que, presuntamente, puede tener el virus del ébola en Kenema, Sierra Leona. / AFP

Ébola. La palabra aparece con tanta frecuencia que termina perdida entre la cascada de titulares. Ébola. El nombre de un afluente del río Mogala, República Democrática del Congo, epicentro del primer brote aparecido en 1976. Ébola. Aquella vez murieron 431 personas en Sudán y Zaire. Ébola. Doce brotes en los últimos catorce años. Ébola. Tasa de mortalidad, sin consenso: entre 50% y 90%.

De toda la lluvia de datos, sin embargo, hay uno en particular que te obliga a detenerte, te abre los ojos de inmediato frente a lo que está ocurriendo por estos días en África Occidental. Un artículo publicado por El País de España en diciembre de 2005 asegura que, para ese entonces, 20 años después del primer brote, 1.287 personas habían muerto por cuenta del virus. Compárese esta cifra con el último reporte del Centro para el Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos, con fecha 16 de agosto de 2014: 1.229 víctimas mortales desde que reapareció el virus en marzo de este año: primero en Guinea, luego en Sierra Leona, luego Liberia, Nigeria…

Desde entonces la palabra no desaparece. El virus, albergado probablemente por tres especies de murciélagos africanos —Hypsignathus monstrosus, Epomops franqueti y Myonycteris torquita—, ha provocado la cancelación de algunas rutas de vuelos, la muerte y fuga de personal médico, el establecimiento de zonas en cuarentena y la discriminación injustificada contra los sobrevivientes y los ciudadanos de los países que padecen la epidemia, como bien lo denunció la activista Lola Okolosie en una columna publicada en The Guardian a comienzos de agosto.

Sí, por estos días buena parte del mundo huye de África Occidental o lo borra de sus mapas e itinerarios. No obstante, en medio de tanto pánico, hay excepciones —o historias excepcionales, que para este caso significan casi lo mismo—. Entre ellas, la del doctor Wbeimar Sánchez Bustamente, paisa, 30 años, graduado de la Universidad de Antioquia, especializado en preparativos para emergencias y desastres de la universidad CES y voluntario de la Cruz Roja Colombiana desde que tiene 15 años.

A comienzos de agosto, Wbeimar salió de su consultorio en el hospital de Santa Margarita de Copacabana, Antioquia, hizo maletas y se fue para Sierra Leona. Cuando muchos iban de salida, él iba llegando. Tres semanas después, Vice lo localizó en un pequeño pueblo en el oriente de Sierra Leona. Y en medio de grandes dificultades de comunicación, logramos hablar con él sobre la epidemia, su trabajo y lo que le espera en un par de semanas, cuando regrese a casa.

¿Dónde está en estos momentos?

Actualmente estoy en una ciudad secundaria de Sierra Leona llamada Kenema, a cinco horas por tierra de Freetown y a tres horas y media de la frontera con Guinea. Kenema es una ciudad pequeña, con muchas carencias, como muchas de las ciudades secundarias en estos países en vía de desarrollo. Estoy con un equipo de la Cruz Roja ubicado en un centro de retiro católico. Aquí tenemos nuestras oficinas y nos hospedamos.

Hábleme más en detalle del equipo del que hace parte...

La federación como tal tiene unos sistemas de respuesta internacionales a desastres o a situaciones humanitarias llamados unidades de respuesta de emergencias (ERU, por sus siglas en inglés). Yo hago parte de una unidad de aproximadamente 20 personas de la Cruz Roja Española, aunque tenemos personal de otras partes de Europa, África y Australia.

Sé que llegó el 8 de agosto y recientemente estuvo recibiendo entrenamiento en un centro de atención en una ciudad llamada Kailahun. ¿A qué está dedicado su equipo ahora en Kenema?

El hospital de Kenema ha sido muy afectado. No sólo ha recibido gran cantidad de pacientes, sino que muchos miembros del personal médico contrajeron la enfermedad. Varios de ellos murieron, a otros les dio miedo y se fueron, eso hizo que el hospital tuviera una crisis de personal. Así que primero llegamos a apoyarlos. Luego, con el paso de los días, nos dimos cuenta de que las personas con otro tipo de dolencias estaban dejando de ir al hospital porque estaban asustadas. Así que decidimos bajarle la presión al hospital y construir un centro de atención exclusivo para enfermos de ébola. En esas estamos.

Además de la construcción del hospital, ¿están atendiendo pacientes?

En el hospital de Kenema estamos apoyando la fase de clasificación inicial, que nosotros llamamos triage, en la que determinamos si el paciente tiene el virus o no. En dos semanas, aproximadamente, esperamos tener el hospital finalizado; allá trataremos a todos los pacientes de ébola y así el hospital de Kenema podrá enfocarse en otras tareas.

¿Cómo se trata a una persona contagiada con el virus?

Por un lado, nos concentramos en la rehidratación, ya sea oral o por vía intravenosa. Es muy importante. También controlamos los síntomas: el dolor, el vómito y, en caso de que se presenten, las convulsiones y las hemorragias.

¿Hay cura para el ébola? ¿Cómo es la vida de un sobreviviente?

No hay cura para el evento agudo. Lo importante es superar los días críticos. Después de eso, la vida vuelve a la normalidad, el virus desaparece por completo del cuerpo, salvo en el caso del semen, en el que permanece tres meses. La vida de estas personas es completamente normal, salvo por las secuelas psicológicas que pudieran quedar.

¿Cómo le ha ido con el trato de los pacientes?

Es complicado, comenzando porque en estos momentos estamos en época de invierno y, aunque no hace tanto calor, es muy húmedo. Para entrar en contacto con los pacientes debo utilizar un equipo y una vestimenta especial. Consiste en un traje de protección parecido al de quienes trabajan en centrales químicas, incluyendo máscara, gafas de protección, botas de caucho... Imagine eso: el calor, la deshidratación, la excesiva sudoración... Y ahora súmele el estrés que genera el hecho de estar tratando con una enfermedad que tiene un índice alto de contagio, un índice alto de mortalidad y unos pacientes en condiciones muy complicadas que uno sabe que pueden morir.

Sumado a la preocupación de que usted mismo se convierta en un vehículo de contagio, ¿no?

Claro. Aunque bueno, no por el hecho de mirar a alguien termina uno contagiado. O sea, si yo con mi mano, con la piel intacta, toco el sudor de una persona con ébola, a mí no me va a pasar nada. Ahora, si yo con la mano sucia me mando las manos a los ojos, o a la boca, ahí sí hay posibilidad de contagio. Por el hospital de Médicos Sin Fronteras que estuve visitando en Kailahun, que lleva ya varios meses operando, han pasado unos 400 miembros del personal médico de otros países y no han tenido ni un solo caso de contagio. Si uno es juicioso y aplica bien las medidas de seguridad el riesgo se reduce a lo más mínimo, no se reduce a cero, pero es mínimo.

¿A qué tipos de medidas se refiere?

Cosas como tomarse el tiempo para ponerse los trajes de protección, pero sobre todo para quitárselos. Estar tranquilo y consciente de las limitaciones y problemas que se vayan presentando mientras se está en la zona de aislamiento, constante lavado de manos y limitar el contacto físico al mínimo posible. Si se siguen todas las recomendaciones de protección, no tendría por qué pasar nada.

Cuando regrese al país será el colombiano que más cerca ha estado al virus. ¿No le genera preocupación?

Obviamente. Pero se tienen unos protocolos de regreso que además son concertados con el Instituto Nacional de Salud y el Ministerio de Salud. Así una persona tenga el virus, si no tiene síntomas, no se transmite; el virus se vuelve contagioso cuando ya la persona se vuelve sintomática. Si llego a Colombia sin síntomas no habrá ningún miedo al respecto. Ahora, si en algún momento llego a desarrollar síntomas ya hay unos protocolos para el manejo tanto mío como de mis posibles contactos.

¿Ya están enteradas estas entidades de que está allá? ¿Está listo el protocolo para su regreso?

Me he comunicado por medio de mis superiores en la Cruz Roja Colombiana: están al tanto del tema y ya hay unas disposiciones iniciales. Sin embargo, el protocolo no está completo aún. Aclaro que la Federación Internacional de la Cruz Roja y la Organización Mundial de la Salud tienen unos protocolos. Es posible que se extraigan cosas de allí y se adapten al contexto de nuestro país.

Una de las posibles consecuencias de toda esta epidemia es la discriminación de sobrevivientes y nacionales de los países afectados. ¿Ha notado algo así en su área?

Ciertamente. Pero acá la Cruz Roja, las otras agencias de ayuda internacional y las autoridades locales están enfocando buena parte de sus esfuerzos en brindar ayuda psicosocial a estos pacientes y realizar campañas de generación de consciencia en las comunidades. Acá, por ejemplo, a cada paciente que se recupera y se le da de alta se le organiza una especie de ceremonia de felicitación.

¿En qué consiste esta ceremonia?

Cuando el paciente empieza a presentar mejoría clínica y pasa dos o tres días sin síntomas, se hace de nuevo el examen de sangre que confirma la presencia o no del virus. Si el examen sale negativo se decide el alta. Recibe ropa nueva y aprovisionamiento de preservativos en caso de ser hombre, sale de la zona de aislados, recibe el diploma y un saludo con la mano sin ninguna protección como muestra de que ya no hay ningún riesgo. Por supuesto, todo esto en medio de aplausos y mucha emoción.

¡El diploma de la vida! ¿Qué variables determinan que una persona infectada sobreviva?

Para que una persona se salve es muy importante su condición de salud previa, esto hará que su sistema inmune sea fuerte o no. No es lo mismo un niño con problemas de desnutrición o un anciano a un adulto joven sano. Otra variable es la demora en consultar desde el principio de los síntomas: entre más demore la consulta, más alto será el riesgo de tener un peor pronóstico.

¿Qué tan frecuente es la tentación de escapar, como lo hicieron algunos médicos del hospital de Kenema?

Ninguno de nosotros se ha planteado esa opción.

Si tuviera que escoger una, ¿cuál ha sido la gran lección que ha aprendido en estas tres semanas?

Que la verdadera fuerza de la humanidad es ofrecer ayuda a quien la necesita. Cuando paso en el carro por las calles y los niños nos ven, nos saludan y nos gritan pomoi, que significa hombre blanco en kriol, uno de los idiomas de acá. Se les nota la alegría y la nobleza, sin ningún prejuicio. Eso llena el corazón.

@donmaldo

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