Perfil sociopático de los hermanos Tsarnaev

Atentados desligados de organizaciones criminales, que nacen en la privacidad y están motivados por el resentimiento. Una explicación de los ataques en Boston.

El momento en el que las autoridades presentaron las imágenes de los sospechosos. / AFP
El momento en el que las autoridades presentaron las imágenes de los sospechosos. / AFP

Además de la corta edad de los protagonistas del último episodio de muerte y caos en Estados Unidos, dos elementos de su aparente forma de ser —ya visibles en casos recientes como los de Connecticut (Adam Lanza) y Colorado (James Holmes)— resultan esenciales para descifrar sus oscuras motivaciones: su presumible integración al entorno y su forma de vida silenciosa previa a los actos de violencia.

Algunos sociólogos de la violencia y el crimen exponen la idea de que ciertas formas de terrorismo, de lo que al parecer se trató lo ocurrido en Boston, no necesariamente se corresponden a mandatos o planes fraguados por organizaciones estructuradas. Por el contrario, pueden derivar de acciones individuales, que aunque enraizadas en componentes fundamentalistas de algún tipo, nacen y se gestan en el universo privado de personas descontentas, alimentadas por el resentimiento social y emocional de no sentirse verdaderamente integradas al mundo.

Estos individuos, como al parecer ocurrió con los hermanos Tsarnaev, incluso pueden habitar dicho sistema con relativo éxito e intentar hacer parte activa de él; pero a pesar de reiterados intentos, respiran total desencanto y experimentan un desasosiego perpetuo. Su desesperada e irracional sensación de miseria humana desemboca en la necesidad de buscar culpables, y en algunos casos pasar a atacar a quienes nada les han hecho, con el absurdo pretexto de reparar algo que consideran ilusoriamente dañado.

En este caso, aunque se perciban elementos fundamentalistas y religiosos, hay que insistir en que este tipo de sociópatas actúan pensando en ellos mismos; su confrontación con el abismo social que los asfixia los lleva a tomar decisiones sobre matar y morir en medio de una explosión de violencia dirigida contra un grupo que, bajo su absurdo juicio, los amenaza. No representan a nada ni a nadie, sólo a sí mismos.

Este tipo de terroristas personales buscan revanchas inauditas y no las dirigen a personas concretas, sino a aquellas que encajan con su criterio para odiar. Persiguen la libertad subjetiva con el dolor de la muerte de otros; la violencia entonces es su forma de escapar de la frustración, de la vergüenza de sus vidas. No aceptan el supuesto nivel inferior que su sociedad les ha destinado y entonces deciden planificar una horrible matanza.

En este punto, donde el terrorismo privado se erige sobre el estructurado, hay que recordar que uno de los objetivos de la estela de los ataques de grupos como Al Qaeda y otros similares apuntaba precisamente a que sus acciones fueran replicadas en algún momento por sujetos jamás conectados con algún tipo de célula o líder de la organización. El peligroso mensaje extremista, una suerte de legado sin fronteras ni jerarquías, que busca que algún solitario (s) replique bajo su personal decisión y sello (incluso patrocinio) un atentado de gran magnitud, al parecer fue escuchado por estos dos jóvenes asfixiados en su propia vacuidad.

Los sospechosos nacieron en Majachkalá, la capital de la república norcaucásica rusa de Daguestán, vecina de Chechenia. A causa del conflicto en los años 90, huyeron junto con su familia hacia Kazajistán. En 2002 los hermanos finalmente se refugiaron en Estados Unidos. Según datos recientes, Dzhokar, el menor, estudiaba en el instituto Ringe & Latin School de la ciudad de Cambridge, claustro que en 2011 le concedió una beca por US$2.500. También participaba en clases de lucha. De acuerdo con declaraciones de una excompañera de clase, era callado y reservado. Sobre Tamerlán se sabe que se dedicaba al boxeo y había participado en el campeonato National Golden Gloves, estudiaba ingeniería en Bunker Hill, carrera que abandonó durante un semestre para dedicar todo su tiempo a competir y entrenar.

Los informes establecen que después del atentado los hermanos regresaron a sus actividades escolares; incluso se cree que Dzhokar estuvo en el campus de la Universidad de Massachusetts Dartmouth después del ataque, hasta el jueves; allí tomó clases y asistió a una fiesta. En el dormitorio donde vivía Tsarnaev, los estudiantes bromearon el jueves cuando vieron las fotos del FBI en televisión; se rieron de la entonces inverosímil posibilidad de que se tratara del apacible y tímido joven.

Las fotografías que se conocen de la vida cotidiana de Tamerlán desconciertan por la falta de conexión entre sí; se reconoce una reiterada obsesión por mostrarse fuerte y apuesto, pero en contexto parecen pertenecer a chicos diferentes; eso sí, con el afán de parecer el tipo de joven estadounidense rumbo al éxito. Ropa de diseñador, auto costoso, poses de boxeador tipo Rocky y una novia atractiva que termina por moldear su figura de ganador. Parecen más un catálogo impostado que un diario honesto de un joven sensible. Paradójicamente, en uno de sus álbumes subido a internet expuso su opinión sobre los estadounidenses: “No tengo un solo amigo americano, no los entiendo”.

Con estos datos, vemos cómo destaca la ambición y la obsesión por sí mismo. En efecto, el sociópata se autoexamina en extremo y en detalle, al punto de desencadenar sobre su mundo mental una conciencia angustiada frente al guión de su biografía. Sus acciones no lo agobian, pero sí el sistema que lo rodea.

Las imágenes de Dzhokar pueden confundir aún más: ¿se trata tan sólo de un joven tímido? ¿El típico solitario que intenta encajar? ¿El chico outsider genial? La constante ausencia de emoción en su mirada parece decir algo más; nos recuerda a los ojos desencajados de James Holmes y la frialdad de los chicos de Columbine; se repite la mirada reptiliana, infantilizada, carente de expresión, que ya Adam Lanza enseñaba al mundo. Contagiado o no por el odio de su hermano, de seguro concluyó que el problema no era él sino el entorno que no lograba descifrar.

Los ataques terroristas, ya sea que se trate de planes orquestados por organizaciones estructuradas, por células aisladas e incluso por individuos solitarios, guardan un factor en común: el sentido perverso y cruel de destruir alguno de los núcleos de la estabilidad social: escuela, familia. En este reciente caso, un evento deportivo.

La escogencia de los escenarios de muerte de los sociópatas contemporáneos implica desatar todo el miedo y el dolor posible como presumible desenlace de su rebelión. Buscan asestar un duro golpe a quienes consideran, erradamente, responsables de negarles sus propias vidas. La crisis personal de los hermanos Tsarnaev, mezcla de mediocridad, ambición, exagerada visión de su fracaso, terminó por apuntar a los más indefensos, a quienes, aunque no odiaran directamente, percibían como inexistentes y carentes de vitalidad. Sí, el sociópata es una especie de zombi que estúpida e insensiblemente cree que los demás son los que están muertos y equivocados.

En realidad Tamerlán y Dzhokar no se sentían a gusto con el sistema al que pretendían pertenecer; en su interior se daba una explosión de emociones definidas por un odio irracional a sí mismos, del cual culparon a inocentes personas. Por otro lado, la positiva respuesta de la comunidad, la cooperación de las agencias, los homenajes a las víctimas, los agradecimientos de los niños a los policías por permitirles dormir a salvo una vez capturaron al sospechoso, demuestran que la sociedad se ha cansado; esa sociedad que se supone rechaza y excluye, también ha educado jóvenes que no odian, dispuestos a unirse para enfrentar el miedo sin violencia.

Especial para El Espectador

@miguelmendozal7

Una vez más los rostros e incluso la edad de los responsables de actos terroristas parecieran no corresponder a la imagen que se podría anticipar de la maldad y la subversión humana. Tamerlán y Dzhokar Tsarnaev, hermanos de origen checheno, de 26 y 19 años respectivamente, señalados como los responsables del atentado de la Maratón de Boston, se suman a casos recientes en los que se ponen a prueba los perfiles de los sociópatas propios del mundo contemporáneo.

 

* Escritor y catedrático universitario.

 

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