Periodista cubano: "Se nos hacía creer que debíamos defender a Fidel incluso con nuestra sangre"

El padre de Amir Valle, junto a Fidel Castro, luchó por la Revolución. Siempre creyó que era pura y posible. No le creía cuando le contaba de los atropellos contra amigos o colegas que habían decidido hacer valer sus criterios diferentes.

Un grupo de cubanos celebró la muerte de Fidel Castro el sábado en las calles de Miami (EE. UU.).  / EFE
Un grupo de cubanos celebró la muerte de Fidel Castro el sábado en las calles de Miami (EE. UU.). / EFE

Se me enseñó desde niño que le debíamos todo: la libertad, la dignidad, la felicidad e incluso mis sueños para el futuro. Se nos repetía que jamás podríamos pagar lo que él y otros héroes (los comandantes Camilo Cienfuegos y Che Guevara, por ejemplo) habían ganado para el pueblo cubano. Se nos hacía creer que Fidel, Cuba, Patria y Revolución eran una sola palabra y que debíamos defender a Fidel (es decir, a Cuba, a la Patria y a la Revolución) incluso al precio de nuestra propia sangre. (Vea el especial sobre la muerte de Fidel Castro)

Recuerdo el fastidio que me provocaban sus discursos. Llegué incluso a sentirme como un bicho raro porque veía a mis compañeros de escuela, niños de mi edad, implicarse con regocijo en los discursos pioneriles (que imitaban la retórica de combate que Fidel utilizaba en sus comparecencias públicas) y en los actos políticos donde teníamos que jurar estar dispuestos a empuñar las armas contra el imperialismo yanqui y universal.

Luego, con los años, conversando con otros cubanos, supe que ellos participaban en aquellas algazaras simplemente porque sus padres los impulsaban; era un modo de evitar ser marcado como enemigo, la única manera de construirse un puesto en la sociedad: había que gritar como gritaban todos contra el imperio que amenazaba constantemente con arrebatarnos la libertad que Fidel nos había regalado. Como cotorras, repetían lo que sus padres y maestros les exigían, sin tener una clara conciencia de lo que hacían, cosa obvia, pues se supone que a esas edades el niño esté descubriendo el mundo a través del juego y no confundiendo su formación con ningún adoctrinamiento político de esos tan usuales en la tan elogiada educación cubana desde que la Revolución triunfó en 1959.

Un hombre de Fidel

Mi padre, junto a Fidel, luchó por la Revolución y creyó toda la vida que era pura y posible. Al abrir los ojos a la dura verdad, no me creía cuando le contaba de los atropellos contra amigos o colegas que habían decidido hacer valer sus criterios diferentes. No había represión, decía. No existía el mal en la Revolución.

Sé que le dolió aceptar que algo no andaba bien cuando vivió muy de cerca todo lo que hicieron contra mí por señalar en mi periodismo independiente y mis libros evidentes errores de la Revolución; o cuando me vi obligado a enfrentarme a quienes quisieron condicionar mi éxito intelectual dentro de Cuba a mi participación en las tareas de la Revolución; o cuando me resistí a renegar de la amistad que me unía a muchos “disidentes peligrosos”, como mis colegas Raúl Rivero, Manuel Vázquez Portal, Manuel Cuesta Morúa, Dagoberto Valdés, inspirado en el ejemplo de mi maestro Gabriel García Márquez, a quien en un encuentro en las oficinas de la corporación Cubanacán en México escuché defender su amistad con Fidel Castro por encima de cualquiera de las muchas diferencias de criterios e ideologías que entre ellos existían.

Cuando vio todos los desmanes, las censuras, las trampas legales del poder político y cultural para “hacer invisible” mi reconocida carrera literaria y periodística, y cuando puse en sus manos las decisiones ministeriales que mentían tildándome de “agente del enemigo” y “mercenario”, dijo: “Fidel no sabe nada de esto…, es obra de mediocres funcionarios embriagados de poder”.

Quise decirle que existía un documental sobre el nazismo en el que una anciana alemana, cuando los victoriosos soldados rusos la llevaron a un campo de concentración y le enseñaron el genocidio, respondió: “El Führer no sabía nada de esto, si lo supiera, no habría pasado”.

Algunas necesarias preguntas

Cuba —es una de las verdades de la historia oficial— era un estercolero de corrupción política; un feudo económico de Estados Unidos; el reino de la mafia norteamericana que nos convirtió en el burdel de las Américas; una nación con una diferencia abismal entre la ciudad y el campo; un lugar donde las fuerzas represivas batistianas asesinaban a la oposición impunemente y un país cuya larga tradición democrática había sido interrumpida por el golpe de Estado del general Fulgencio Batista en 1952.

Pero también era uno de los países con mayor crecimiento económico en el mundo, segundo receptor de emigración en América luego de Estados Unidos (hoy es uno de los mayores emisores de emigrantes de América Latina); era considerado por los organismos internacionales el tercer país de América en desarrollo del transporte personal, público y comercial; el país de América con mejores niveles e infraestructura en la salud pública; el tercer lugar en América Latina en niveles de educación y alfabetización, con el 78% de la población alfabetizada, y el segundo país con mayor libertad de prensa (representando a todo el espectro ideológico y político, existían 50 periódicos, 126 revistas, 160 emisoras de radio, además de la tercera televisión más moderna y de calidad de la región, mientras hoy sólo contamos con 19 periódicos, poco más de 30 revistas y cadenas de radio, cuatro canales de televisión con tecnología obsoleta, todo bajo el estricto control del Partido Comunista).

La epopeya triunfante en 1959 no fue, como dice la historia oficial, obra de una sola tendencia ideológica sino de la unión de hombres de todas las ideologías ante una necesidad nacional: derrotar la tiranía sangrienta de Batista. Pero después del triunfo, Fidel fue acusando de traidores a los líderes de las tendencias que se oponían al monopolio del poder de su facción, traicionando así el consenso pactado durante la insurrección de unirse en las diferencias para construir un país democrático.

El fracaso de Fidel puede comprobarse con sus propias palabras. Basta ver su análisis del pueblo en 1953, en su alegato de autodefensa “La historia me absolverá”. Véase, entre paréntesis, la situación actual, según datos del propio gobierno de Raúl Castro:

“Nosotros llamamos pueblo si de lucha se trata, a los seiscientos mil cubanos que están sin trabajo deseando ganarse el pan honradamente sin tener que emigrar de su patria en busca de sustento (hoy, cerca de 1 millón 200 mil desempleados, 2 millones con bajos salarios y más de 2 millones de exiliados); a los quinientos mil obreros del campo que habitan en los bohíos miserables que trabajan cuatro meses al año y pasan hambre el resto compartiendo con sus hijos la miseria, que no tienen una pulgada de tierra para sembrar y cuya existencia debiera mover más a compasión si no hubiera tantos corazones de piedra (luego de 50 años, desde el 2008 y obligados por la escasez de alimentos, se han entregado tierras a 163 mil agricultores); a los cuatrocientos mil obreros industriales y braceros cuyos retiros, todos, están desfalcados, cuyas conquistas les están arrebatando, cuyas viviendas son las infernales habitaciones de las cuarterías, cuyos salarios pasan de las manos del patrón a las del garrotero, cuyo futuro es la rebaja y el despido, cuya vida es el trabajo perenne y cuyo descanso es la tumba (hoy; el retiro apenas alcanza para sostener los 10 primeros días del mes a los cerca de 2 millones de ancianos, y el 70% de la población vive en condiciones de hacinamiento e insalubridad en viviendas depauperadas); a los treinta mil maestros y profesores tan abnegados, sacrificados y necesarios al destino mejor de las futuras generaciones y que tan mal se les trata y se les paga (Fidel Castro reconoció las pésimas condiciones de trabajo y salarios de los más de 250 mil maestros, e intentó paliar el éxodo de profesionales con la formación acelerada en tres meses de “maestros emergentes”, con lo cual cayó el nivel de la educación impartida); a los veinte mil pequeños comerciantes abrumados de deudas, arruinados por la crisis y rematados por una plaga de funcionarios filibusteros y venales (luego de 50 años sin permitir la libre empresa, cerca de 500 mil cuentapropistas se quejan de los excesivos impuestos y por esta razón más de 220 mil se vieron obligados a cerrar sus negocios apenas un año después de inaugurar); a los diez mil profesionales jóvenes: médicos, ingenieros, abogados, veterinarios, pedagogos, dentistas, farmacéuticos, periodistas, pintores, escultores, etcétera, que salen de las aulas con sus títulos deseosos de lucha y llenos de esperanza para encontrarse en un callejón sin salida, cerradas todas las puertas, sordas al clamor y a la súplica (desde finales de la década del 90, el gobierno ha reconocido innumerables veces que más de la mitad de los 669 mil graduados universitarios del país no encontraron trabajo en la profesión que estudiaron).

Finalmente, alguien podría preguntarse qué responsabilidad puede tener Fidel en estas fallas, que obligaron a Raúl Castro, en el 2010, a decir en un discurso: “o cambiamos el rumbo o nos hundimos”. La respuesta es simple: si bien Fidel Castro no es Cuba, no es la Patria, nadie podrá negar que Fidel Castro es “esa Revolución”, una revolución social fracasada que muchos, entre ellos mi padre, insisten ciegamente en defender, aunque las evidencias sean abrumadoramente claras, sólo porque, en verdad, la esperanza que representaba como proyecto social era algo humanamente hermoso y necesario.

* Escritor y periodista cubanowww.amirvalle.com