Perspectivas de cambio en Irán

Se piensa con alguna justificación que las relaciones entre Washington y Teherán difícilmente pueden cambiar. Lo anterior tiene bases, porque los inamovibles de ambas partes pesan por encima de las coyunturas favorables.

El líder supremo iraní, Alí Jamenei, durante una ceremonia militar en Teherán. / AFP

 No obstante, para ambos el momento es ideal para encontrar principios de solución a una serie de problemas que van desde lo nuclear, pasan por Israel y comprometen los derechos humanos.

Algunos consideran que el régimen teocrático de Irán no puede cambiar, por el control absoluto de las autoridades religiosas. No obstante, dos hechos dan muestras de cambios en su sociedad y en su política: el carácter cíclico de su régimen y la transformación social.

Primero, el sistema político ha revelado un carácter cíclico que pocos identifican y que incluso puede compararse con el que aparece en algunas de las democracias occidentales, especialmente en las bipartidistas. En Irán, en lugar de partidos, se puede analizar una suerte de alternación entre moderados y radicales desde finales de los ochenta, con la elección de Hachemi Rafsanjani, sucedido por Mohamad Khatami, reemplazado por Mahmud Amhadineyad. El primero de estos gobiernos fue particularmente ortodoxo (durante su gobierno se reafirmó la fetua —que en este caso consiste en el pedido de asesinato— sobre el escritor Salman Rushdie, por su polémica obra Los versos satánicos) y estuvo seguido por la administración Khatami, la más moderada hasta la fecha. Los avances en la relación de Irán con Occidente mientras Khatami estuvo al mando de Teherán fueron innegables. Luego la llegada de Ahmadineyad selló el retorno a la ortodoxia. En este orden de ideas, el arribo de Hassan Rohani rememora la época de Khatami y hace pensar en una coyuntura favorable para una reconciliación. El actual presidente parece haber entendido el concepto de Diálogo de Civilizaciones propuesto por Khatami y que estuvo opacado por las constantes rivalidades entre George W. Bush y Ahmadineyad.

El segundo elemento tiene que ver con un despertar de la sociedad iraní, que tiende a consolidarse como un actor de la política. Lo demostró en la fallida Primavera de Teherán en 2009, cuando se denunció el supuesto fraude para la reelección de Ahmadineyad, y recientemente a propósito de una desafortunada y torpe afirmación por parte de Benjamín Netanyahu. El premier israelí dijo esta semana que “si en Irán fueran libres, la gente podría utilizar jeans y podría escuchar música occidental”. Inmediatamente se produjo una respuesta por parte de la juventud iraní en redes sociales, burlándose de Netanyahu, pues en Irán es habitual el uso de esa prenda y la mayoría de la música occidental no está proscrita. La reacción en masa y en cadena a través de nuevas tecnologías es una muestra de la evolución y del cambio de la mentalidad iraní, así como del sesgo que todavía existe frente a la sociedad persa.

Esperar un cambio abrupto con un restablecimiento total de relaciones diplomáticas Estados Unidos-Irán es prematuro, pero las señales de cambio en uno y otro lado dan para pensar en un Teherán que comienza a salir del ostracismo.

 

* Profesor Universidad del Rosario.