La pesadilla para llegar a Europa

Hay muchas rutas a elegir para un emigrante desesperado que quiere tocar tierra europea a través de España.

Youssou es un inmigrante de Senegal que vive ilegal en Madrid. / Archivo particular

Algunos inmigrantes optan cruzar el Sahara hasta las ciudades enclave españolas como Ceuta y Melilla, en el norte de Marruecos, donde, si pueden, saltan las vallas con púas y hasta con llamaradas. Víctimas de los conflictos medio orientales cruzan el norte del África, buscando después quién les dé un lugar en cayucos, a pesar de que muy probablemente se convertirán en sus ataúdes. Otros zarpan desde las costas de África occidental para cruzar el Atlántico hasta llegar a aguas españolas. Lo único que tienen en común estos viajes es que son pesadillas.

Youssou se sienta en un columpio del barrio de Lavapiés, territorio de africanos y asiáticos ilegales en Madrid. Llegó desde Senegal buscando el sueño europeo a bordo de una patera, una barcaza nada fiable que de milagro flota en el mar. “Vengo de una familia de agricultores en Senegal. Cultivaba maní, fríjoles y frutos secos. Un día se me ocurrió lo del viaje. Había escuchado hablar de encontrar una vida al otro lado del océano. Más oportunidades. Me contaron cómo otros barcos habían llegado a España. Así que decidí juntar mis ahorros y emprender el viaje. Tenía 25 años.

No vivía al lado de mar, de hecho nunca lo había visto. Me fui a M’bour, una pequeña ciudad pesquera sobre el Atlántico. Sabía que allí habría pateras. En todo Senegal, en toda su costa, las hay. Una vez allí se localiza al dueño y poco a poco se unen interesados hasta reunir el número requerido para zarpar. Éramos 73.

Una vez completo el cupo nos montaron, en grupos de cinco, a lanchas que nos llevaron a la patera que nos esperaba alejado de la costa. Cuando ya se había montado el último viajero, el dueño escogió a los que tenían experiencia con el mar. Pescadores, por ejemplo, eran los capitanes. Ellos tendrían que irse turnando la navegación de la patera, y los demás, muchos que jamás si quiera habían visto el mar, debíamos seguir sus órdenes. Pocos sabían nadar. El dueño de la patera recibió el pago y nos entregó la patera.

Y empezamos nuestro viaje. Los siguientes días eran un sin parar. El motor no podía detenerse ni un segundo, y para esto teníamos que sacar agua constantemente del fondo del barco, con nuestras manos, con cuencos, con baldes. Todo el tiempo. Día y noche. Noche y día. Solos, con el sonido del motor.

Los capitanes asignados dirigían el barco. Uno llevaba el timón, el otro manejaba el motor y otro dirigía. Si venía una ola, bajaban la marcha, hasta que el vigilante avisara que había pasado el peligro. Luego otra, y otra vez, se le bajaba, o se le subía, la intensidad al motor. Y así, sube y baja, sube y baja, sube y baja. Viene la ola, se pausa. Se va la ola, se arranca. La primera noche pensaba: —ahora mismo, realmente, estoy solo, porque si muero aquí nadie me puede salvar”.

Siempre pensé en llegar, nadaba en los pensamientos de lo que haría cuando llegara a España. Lo mismo todos los días, un desierto azul sin fin, el día, el sol, la noche, la sal. A veces algún compañero se enloquecía, y le gritaba al capitán, como si de un bus se tratase, que parara, que se tenía que bajar a darles de comer a los caballos, que tenía que hablar con su mujer, con sus hijos, que tenían que volver. A los ocho días mucha gente ya estaba mal de la cabeza y, claro, la gente hablaba sola. ¿Yo? Una noche, la más dura, de repente sentí que no existía. No veía. No vivía.

Nueve días después, a la medianoche, nos encontró un barco de la Cruz Roja española. Empapamos un trapo con gasolina para hacer una antorcha y nos pusimos a gritar, mientras nos acercábamos al barco. Cuando nos acercamos encendieron una luz, y le dimos un golpe al barco con nuestra patera, para que nos ayudaran. Nos subieron uno a uno al barco. Apenas puse pie en el gran barco, colapsé. Detrás de mí se hundía la patera con todo lo que llevaba, salvo las 73 almas y los trapos que nos vestían. El resto sigue ahí, dentro del bajo el mar.

A partir de este momento ya no me acuerdo de mucho, pero me lo contaron todo después: Nos dieron agua y, tirados en el suelo, por fin pudimos descansar. El primer pensamiento que se me vino a la cabeza al amanecer fue “No morí. Estoy vivo”. Luego vi que se me había hinchado todo el cuerpo. La tripulación ayudó a los más sanos a levantarse, y a lavarse. A mí, mis compañeros de viaje me ayudaron a bañarme, porque no me podía tener de pie. A los enfermos les ofrecieron atención médica. Desde la popa, con la misma ropa que llevábamos desde hacía días, mirábamos el profundo desierto azul que ahora custodiaba los restos de nuestro viaje.

Llegamos a Tenerife (Islas Canarias), a las 11 de la mañana. Vinieron personas a curarnos, a darnos ropa y zapatos. A cada uno una camisa, un pantalón y unas zapatillas. Todo idéntico. En Tenerife, repartidos en tres autobuses, nos llevaron a una comisaría donde estuvimos tres o cuatro días. No sé bien —estaba mal. Me tomaron sangre, me hicieron fotos, de todos los ángulos, cogieron mis medidas, mi altura, mis huellas, todo. Luego vinieron los abogados, la gente que pregunta por qué habíamos venido, cómo habíamos llegado, de quién era el barco y quién su capitán. Yo no entendía lo que preguntaban. Les dije que era de Senegal y que no tenía nada que esconder.

Nos llevaron a una base. Allí estaban todos los que veníamos en las pateras. ¡Era un ejército de inmigrantes! Ahí estuve tres días y seguía mal. Hasta que me dieron unas pastillas, y por fin se detuvo la tierra debajo de mis pies. Luego nos enviaron a otra base. Esperamos hasta que nos dieron el permiso para poder entrar a España.

Y un día llegó el resultado. Me llegó el papel de libertad. Cada uno se fue en un bus a un lado u otro. El que conocía a alguien, o tenía familia, los llamaba. Y se iba. Y ya está. Yo me fui a la familia de un amigo que me ayudó y me dijo que me podía quedar unos días en su casa, y ahí al final me quedé cuatro años. Estuve trabajando vendiendo películas, música, en el metro, en la calle, en las plazas. Una por 3 euros, dos por 5. Así les pagaba el alquiler a mis compañeros. Lo que vendía, lo escondía, porque si me cogían, iba a parar al calabozo. Me han cogido muchas veces. Y al calabozo he ido.

Sí valió la pena. Porque sigo aquí. Pero yo prefería mi vida en Senegal. Mi vida natural. Si yo hubiera sabido que iba a ser así, no habría venido. Si hubiera sabido que estaría tanto tiempo sin papeles, no habría venido. He perdido mucho tiempo aquí en España porque quiero trabajar y no encuentro. El papel de libertad que tengo dice que no puedo trabajar. Los primeros tres meses no hay calabozo. Pero cuando se te acaban esos meses, cada vez que te paran, te meten entre rejas. Y ahí esperaré todas las veces que vaya a que un día vuelva a ser un ser humano legal.

 

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