La política de los conscientes

En cuatro años de gobierno, José Mujica ha logrado convertirse en un referente regional y mundial por la fuerza de sus palabras y su distancia de los radicalismos.

José Mujica asistió en marzo pasado a Chile, a la posesión de Michelle Bachelet. / AFP

Con José Mujica sucede algo extraño: uno puede darse cuenta del momento en el que empieza a hablar, pero tal vez comience a dudar de cuándo termina. La imagen de la entrevista hablada, él sentado en algún paraje de su granja a las afueras de Montevideo y el periodista de cualquier parte del mundo al frente, se ha convertido en una suerte de repetición que no hastía la vista ni el oído. En ese huracán pasivo de respuestas con perfil de reflexiones hondas, el fin de una idea sorprende y entonces el periodista parpadea como para salir del asombro de que todo suene tan bien, tan fácil, y hacer entonces una nueva pregunta. En esas prácticas casi siempre aparece señalado un problema en la voz del presidente uruguayo: el hambre en África.

Entonces José Mujica activa sus engranajes retóricos y con una indignación reservada explica que el mundo, en su conjunto, tiene la capacidad de erradicar el problema. Los países desarrollados, los grandes capitales, en su opinión, tienen recursos suficientes no solamente para llenar los casi 850 millones de estómagos vacíos que perviven en ese continente, sino para regalarles además un techo que los cubra de la intemperie. Y para sonar más convincente dice que los empresarios no deberían regalar nada, que el mercado —el mismo que él asegura que está fuera de control y arrastrando al planeta al colapso— se encargaría de retribuirles, pues esa misión titánica requeriría de muchas manos e inversiones que a la larga arrojarían rentabilidades y aumentos en el poder de consumo.

Se puede o no estar de cuerdo con él, pero el largo recorrido que logran sus palabras luce incontrovertible. No de otra manera su imagen puede ser comúnmente reconocida en las naciones americanas o en un stencil pintado sobre un muro en una solitaria esquina de Ámsterdam. La voz de Mujica ha nacido en un país pequeño de 3,5 millones de habitantes y ha saltado fronteras y océanos sin donaciones millonarias a causas en países pobres, ni en grandes giras diplomáticas que sirven para reafirmar las amistades y dar un leve empujón a eso que los politólogos reconocen como soft power (poder suave). Tal vez se halle aquí una diferencia necesaria que señala el politólogo uruguayo Adolfo Garcé: “Si nos apegamos al significado del ser líder, difícilmente podríamos decir que él es un ejemplo. Líder es el que la toma decisiones y logra que los demás lo sigan y se obtengan resultados, por lo que ese no es su caso. No obstante, sí estoy convencido de que Mujica se ha convertido en un referente ético de la política internacionalmente y esa es una posición que él ha sabido aprovechar, por lo menos para enviar su mensaje”.

Entre las palabras caben muchos matices. Cuando la noticia de que Mujica y Barack Obama conversaban sobre la posibilidad de enviar a seis presos de Guantánamo en calidad de refugiados a Uruguay (ahora su llegada es cuestión de semanas), Washington reconoció que veía en el gobernante uruguayo a un “líder regional”. Cuando Mujica, ateo declarado, anunció que se reuniría con el papa Francisco, dijo que “desconocer el papel político de la Iglesia católica es un error garrafal en América Latina” y que aprovecharía la ocasión para pedirle al jefe del clero que se metiera de lleno a apoyar el proceso de paz entre el gobierno colombiano y la guerrilla de las Farc. La semana pasada llegaban a Uruguay 42 refugiados sirios a quienes la guerra había enviado bajo la sombra de un toldo en un campo de desplazados en Líbano y fue pública la solicitud de un grupo de 115 académicos de la Universidad de Bremen (Alemania) que enviaron una carta al Comité de Noruega para pedir que se le concediera a Mujica el Nobel de la Paz. Sí, la máxima distinción pacífica para “un tipo sin título universitario, exguerrillero, curtido por años de calabozo, que había sido descartado por muchos como candidato”, como dice Sergio Israel, autor de Pepe Mujica. El presidente. Una investigación no autorizada.

Hay una pregunta que jamás tendrá respuesta: ¿podría Mujica desempeñar el mismo rol, esa manera de encarnar los deseos de los “conscientes”, de ser el antipresidente que dona el 90% de su sueldo, si estuviera al frente de un país grande y poderoso? Porque quizá sea justamente esto lo que lo haya mantenido al margen de ser considerado una amenaza, pues al rebelde se le respeta más si es inofensivo. Con un mayor talante es posible que alguien ya le hubiese gritado que cesara con esa ambición de entrometerse en asuntos que no son de su esfera o de intentar expandir por la fuerza un legado que no conduciría a ninguna parte. Mujica parece dar la mano a quien lo necesite, pero nunca ha dado muestras de querer tomar la sartén por el mango.

Si el presidente uruguayo podía criticar a Chávez y luego ensalzarlo, y al mismo tiempo conversar sin tensiones con Obama y plantarse al frente de la conferencia Río+20 o en la Asamblea General de la ONU para decir que “pobre no es el que tiene poco sino el que desea mucho”, no era porque sus ideas fueran a convertirse en nueva doctrina, sino por el “radicalismo de baja intensidad” de sus ideas, como lo describió Javier Moreno, anterior director de El País de España, cuando lo entrevistó. Si alguien le decía que algunas naciones europeas veían con sospecha su cercanía con ciertos líderes que mostraban facetas antidemocráticas, él respondía que Europa también podría ser juzgada y que este es un “mundo lleno de sospechosos”.

El papel mundial de Mujica, coincide Garcé, es al final la sensación de actuar basado en principios humanitarios, universales, en ser un viejo reconocido que ha vivido mucho, que ha pensado mucho.

 

 

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@Motamotta

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Diego Alarcón Rozo

El Mundo

La política de los conscientes

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