La primavera de Francisco

En la capital italiana impresiona el impacto y la mercadotecnia que ha generado la llegada al Vaticano de un papa latinoamericano.

En la Plaza de San Pedro empieza la “hipnosis colectiva".

El 9 de enero de 1522, tras la muerte del León X, fue elegido el papa Adriano VI. Ajeno a las luchas por el poder, el nuevo pontífice ni siquiera estaba en Roma para la elección, sino en la zona de Navarra, España, desempeñando funciones como regente del reino. Aunque su papado fue breve —un año—, intentó luchar contra el nepotismo y la corrupción que reinaba en el Vaticano. Además escandalizó a los altos jerarcas de la Iglesia con una práctica poco común entonces: celebraba misa todos los días.

Durante el último conclave para elegir al sucesor de Benedicto XVI después de su renuncia, entre las muchas cosas que conversaban los cardenales se comentaba que el nombre del nuevo papa debía ser Adriano VII, en homenaje a aquel sacerdote de origen holandés que comenzó una revolución para cambiar la Iglesia, como debía ocurrir en ese momento, acosada por escándalos de filtraciones y los graves casos de pederastia. “No tengo fuerzas”, se había lamentado Ratzinger en su renuncia.

La temperatura en Roma, este martes, es la correcta. El cielo parece pintado, el sol reina sobre el firmamento, pero no calcina la cabeza de los que caminan por la ciudad buscando en cada rincón un pedazo de historia. Algunos turistas visitan la plaza de San Pedro, adelantándose a la audiencia del miércoles y evitar las multitudes.

En un estante hay numerosas postales del nuevo papa. Y no sólo postales: rosarios, medallas, tarjetas, novenas. Todo lo que un ídolo religioso puede soportar. Allá, en una esquina, solitaria, una imagen del papa Benedicto XVI.

—¿Cuánto vale esta? —le preguntan a Carlo, el dueño de un local a la salida del Vaticano, señalando la postal de Francisco sonriente.

—Dos euros —responde.

—¿Y por ésta? —le preguntan ahora por la del papa alemán.

Carlo la mira como sorprendido de tener todavía inventario de Benedicto XVI.

—Esa se la encimo si me compra la de Francisco —responde.

Aunque hace apenas seis meses renunció, Benedicto ya es una sombra que se desvanece en el recuerdo de los romanos. De los católicos en general. La poderosa energía de Francisco, el papa del fin del mundo, ha cambiado el rostro del Vaticano. En poco más de 170 días la Iglesia católica parece vivir una revolución, que se parece mucho a una primavera.

Los gestos del papa

Marcelo, un comerciante de medallas y camándulas apostado justo a la salida de San Pedro, está alistando su furgoneta para marcharse. Lleva 18 años en el mismo lugar. Fue testigo del declive en la salud de Juan Pablo II y los ocho años de Benedicto XVI, y ahora vive el esplendor de Francisco. Mientras guarda una imagen de la Virgen de Chestokova, la patrona de Polonia, dice cosas que parecen un eco de los medios: que la Iglesia no la maneja el sumo pontífice, que son otros quienes la organizan y deciden lo que hay que hacer.

—Esto se estaba quedando vacío —relata—. Así que pusieron a alguien que supiera hablar. Que se pudiera comunicar con la gente.

Esa misma frase se repetirá en los otros almacenes a lo largo de la vía Della Conciliazione, que es la que lleva a la plaza: que Francisco es un hombre que sabe llegar a todos. “Hace años que no veíamos la cantidad de jóvenes que hoy están llegando a Roma”, cuenta Marta, de la librería Ancora.

—Si pudieras darle un número a la diferencia en las ventas desde que está Francisco, ¿cuál sería?

Marcelo no duda: —Un 70 por ciento.

Por ahí. Según la prefectura del Vaticano, en las primeras 14 audiencias de los miércoles, Benedicto XVI llevó a la plaza de San Pedro unas 140.000 personas. En las mismas catorce, Francisco ha convocado 800.000. Este martes, soleado, la plaza hierve de turistas. 

Para Elisabetta Piqué, periodista del diario argentino La Nación en Roma, no hay simplemente una razón por la que se esté dando este fenómeno. Benedicto XVI era un hombre sabio, profesor de universidades tan reconocidas como Ratisbona y tal vez el teólogo más respetado en el mundo, pero esta efervescencia que atrae a católicos y no católicos nunca se vivió en sus ocho años como sucesor de Pedro.

“El mismo Benedicto reconocía no ser un hombre de gobierno, mientras que Francisco sí lo es, más allá de que también es un pastor. Además, por su modo y sencillez, por esa ruptura del protocolo, ese hablar fácil y de los problemas de la gente, hace sentir su cercanía”, anota Piqué.

Esa ruptura tiene miles de ejemplos: su primera salida de Roma fue hacia la isla de Lampedusa para llamar la atención sobre la inmigración desde África. Aceptó complacido reemplazar su limosina papal por un Renault 4 modelo 84 que le regaló el sacerdote Renzo Zocca. Hace poco le envió 270 dólares a una mujer de 80 años que había sido asaltada en un bus de Venecia, cuando llevaba a su esposo enfermo al hospital. La anciana le había escrito en busca de consuelo. A la vuelta de correo iba un cheque y el mensaje de aliento del mismísimo vicario de Cristo.

Pero no son sólo los gestos. Son las palabras. En las tres entrevistas que ha concedido y se han publicado alrededor del mundo, Francisco ha sido claro en evitar caer en la Iglesia estilo inquisición y ha cambiado el tono: quiere una Iglesia misericordiosa. Solidaria. Pobre. Que no juzgue, sino que acoja. “Un hospital de campaña después de la batalla”, afirmó en la entrevista al diario jesuita Civiltà Cattolica.

“Veo —dijo— que lo que la Iglesia necesita con mayor urgencia es la capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones de los fieles. Veo a la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla. ¡Qué inútil es preguntarle a un herido si tiene altos el colesterol o el azúcar! Hay que curarle las heridas”.

Por supuesto, esa posición no les ha gustado a algunos sectores conservadores de la Iglesia, que después de dos papados tradicionales y doctrinarios no saben cómo responder a los llamados de reconciliación de Francisco. Por ahora la curia, a la que tanto critica el nuevo papa, calla. Pero los laicos no.

Por ejemplo, Robert Royal, del grupo de estudio Faith and Reason (Fe y Razón), de Estados Unidos, piensa que el papa está hablando mucho y el mensaje se está tergiversando: “Han sido siglos de construir la doctrina de la Iglesia. Francisco es un hombre notable, sin duda, pero me parece que no le preocupa mucho la precisión de sus palabras y eso nos pone a pensar en lo que viene”.

La audiencia

Miércoles. El Vaticano hierve de turistas y feligreses. Las calles que permiten el acceso a la plaza de San Pedro son ríos de personas, de nacionalidades diversas, en distintas etapas de la vida: los grupos parroquiales que han envejecido juntos y los estudiantes que se acercan por primera vez al Vaticano. Todo es ebullición. Ansiedad. Son las ocho de la mañana y el cielo romano permanece del mismo color: azul intenso.

En la plaza, Beatriz espera aferrada a una de las vallas que cercan el camino por donde pasará Francisco. Su hijo le ha regalado el viaje hasta Roma, una de sus grandes ilusiones en la vida. Su rostro no puede más de la emoción. Se olvida de que está haciendo calor, del agua. Es argentina, de Córdoba, y sólo quiere que él la vea a los ojos.

—Se ha convertido en una voz de esperanza —dice.

A las diez y tres minutos de la mañana, el ruido, los pitos y los aplausos indican que el papa ya está en la plaza. En la misma entrevista, Francisco dijo que le gustaba establecer contacto visual con las personas que estaban a su alrededor, fuera una o fueran miles, como ahora. Cuando pasa en su papamóvil descapotable frente a nosotros, se queda un instante mirando a Beatriz. Tiene el rostro de un abuelo feliz. Ella le grita el apellido de alguien y él sonríe. Francisco continúa. Beatriz llora. La escena se repite en las otras vallas.

Cuando desciende finalmente después de dar dos vueltas, esperamos sus palabras. La lectura, que no se extiende más de diez minutos, es una metáfora de la Iglesia con la figura de la madre (La mama) “Me gusta mucho esta imagen de la Iglesia como madre (…) ¡La universidad de las mamás es su corazón! Ahí aprenden cómo llevar adelante a sus hijos”, dicta desde la puerta de San Pedro.

Los aplausos rompen el silencio contemplativo. Esa es la estela que deja a su paso este nuevo papa.

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