La primera crisis de De Blasio

El alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, se enfrenta a una tensa situación con los sindicatos de la policía, que lo responsabilizan por el asesinato de dos agentes el sábado.

El alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, dio un discurso al departamento de Policía el pasado 19 de diciembre. / AFP

“Las manos del alcalde gotean con nuestra sangre. Por primera vez en años somos un departamento en guerra. Actuaremos en consecuencia”. La declaración de hostilidades de los sindicatos de la policía de Nueva York tras la muerte el fin de semana de dos agentes tiroteados en plena calle en Brooklyn tiene un destinatario: el alcalde, el demócrata Bill de Blasio. El enfrentamiento con los representantes de los 35.000 agentes de la ciudad, en un momento de gran tensión por las protestas contra la violencia policial, es la crisis más grave a la que se ha enfrentado en su primer año en el cargo.

“Hay sangre en muchas manos. Comienza en la oficina del alcalde y llega hasta los que incitaban a la violencia en la calle en las manifestaciones. No se puede tolerar”, proclamó Patrick Lynch, presidente de la Patrolman’s Benevolent Association (PBA), el principal sindicato. Como gesto de rabia, todos los agentes presentes en el hospital de Brooklyn que atendió a las víctimas el sábado dieron ostensiblemente la espalda a De Blasio cuando llegó al centro.

Una nota a favor de una huelga de celo circula entre los agentes. En ella se ordena no hacer arrestos salvo que sea necesario. Tanto la PBA como la segunda mayor central, la Sergeants Benevolent Association (SBA), negaron ser sus autores.

La mortal emboscada, que ha recibido la condena del presidente Barack Obama y del fiscal general de EE.UU., Eric Holder, conmocionó a la ciudadanía. Se produjo en plena calle, en una zona comercial y sin que los agentes, Wenjian Liu y Rafael Ramos, pudieran defenderse. El autor, el afroamericano Ismaaiyl Brinsley, de 28 años, huyó a una estación de metro, donde se quitó la vida con la misma arma. Además de un amplio historial delictivo, Brinsley padecía trastornos psiquiátricos, según fuentes policiales.

Los asesinatos han golpeado a la ciudad en un momento muy delicado. A las protestas se sumó el fin de semana pasado un suceso que irritó mucho a los sindicatos. Dos oficiales fueron agredidos en el puente de Brooklyn durante una manifestación. La policía se ha lanzado a la caza y captura de los atacantes. Para ello ha distribuido fotos y vídeos para recabar la colaboración ciudadana.

Las relaciones entre De Blasio y los sindicatos son malas desde el primer día que accedió al cargo y anunció su intención de introducir reformas en el cuerpo. Consideran que el alcalde ha alimentado una mala imagen de su trabajo, que no les ha apoyado lo suficiente, que ha impulsado las protestas en las que se tildaba a la policía de asesina y que ha coqueteado en exceso con grupos agitadores como la National Action Network de Al Sharpton, reverendo afroamericano de Harlem. Todo ello agravado por discusiones laborales para renovar el contrato de los agentes, una de las principales causas del distanciamiento.

El hecho de que el alcalde esté casado con una mujer afroamericana, Chirlane McCray, con la que tiene dos hijos, complica cualquier polémica que toque el tema racial. El penúltimo choque con los sindicatos se produjo cuando el alcalde, al criticar la decisión del gran jurado de Staten Island que exculpó al oficial Daniel Pantaleo de la muerte de Eric Garner, explicó que habían tenido miedo en ocasiones de que su hijo Dante se topara con la policía alguna noche de ocio.

La muerte de los dos agentes en Brooklyn supone, además, un golpe brutal para la política policial seguida hasta ahora por De Blasio. El político demócrata llegó al poder con la promesa de una ciudad más segura, más unida y más respetuosa con los derechos civiles. Para ello ha puesto fin al stop-and-frisk (detener y registrar a la gente simplemente por su aspecto), ha eliminado los arrestos por posesión de pequeñas cantidades de cannabis, ha programado cursos formativos para 22.000 agentes, ha implantado cámaras que grabarán la actuación de los policías, ha transformado la academia policial y ha tomado medidas para sacar de las comisarías y de las cárceles a miles de enfermos mentales. Como resultado, las quejas contra la policía se han reducido 10% este año. El resultado ha sido una reducción histórica de la criminalidad: 300 asesinatos en lo que va del año, un récord positivo.