“Primero tuve que salir del armario de mí mismo”: exsacerdote católico

Expulsado de la Iglesia católica por su orientación sexual, Charamsa conversa sobre la homosexualidad en el clero y los sufrimientos que provoca la homofobia.

Krzysztof Charamsa nació en Polonia en 1972. Hoy vive en España. / Cortesía - Xavier Angulo
Krzysztof Charamsa nació en Polonia en 1972. Hoy vive en España. / Cortesía - Xavier Angulo

“Estás aquí. Te tenemos. Esta es tu prisión. Sufre, porque es muy feo que sientas estos deseos horribles. Eres un pervertido. Eso es lo que eres”. Lo escuchaba dentro y fuera de su cabeza. Siempre. Durante toda su vida. Cuando tenía 10 años. Cuando tenía 20. Dice que era como vivir en una esquizofrenia. Antes era un sacerdote católico, secretario adjunto de la Comisión Teológica Internacional, profesor en las facultades de teología de dos universidades de Roma y oficial de la Congregación para la Doctrina de la Fe, una de las congregaciones más elitistas y poderosas del Vaticano. Krzysztof Charamsa (agosto de 1972, Gdynia, Polonia) fue apartado de sus funciones. Definitivamente. Sin derecho a réplica.

—¿De qué se le acusa?

—De ser gay y de decirlo públicamente. Podría continuar en el clero siendo gay, pero en silencio y encerrado en una prisión interior toda mi vida. No podría, jamás, decir a los demás quién soy. Y aquí no importa si tengo pareja o no, porque muchos de mis colegas tienen pareja y siguen adelante. La razón oficial de mi despido es el problema con el celibato. Yo no la acepto. Porque en realidad no podría decir que soy gay y seguir dentro de la congregación. En ese caso debería encerrarme en un convento y someterme a una terapia de conversión.

—¿Terapia de conversión?

—Sí. Esto es normal en la Iglesia católica. Nosotros estamos todavía al nivel de terapias que son rechazadas por la comunidad científica y por las leyes. No solamente porque no son efectivas, sino porque son dañinas para las personas. ¿Sabe cuál es la violencia homofóbica más grande de la Iglesia? Su ignorancia. No quiere empezar a estudiar las ciencias humanas sobre la homosexualidad.

Era el sábado 3 de octubre de 2015. En un restaurante de Roma, cerca de la Piazza del Popolo, estaba todo listo para recibir al sacerdote polaco. La prensa lo esperaba. Al mismo tiempo, el Vaticano se preparaba para la celebración del Sínodo Ordinario de Obispos, que empezaría al día siguiente con la familia como tema principal. Charamsa, vestido con su traje eclesiástico, llegó al restaurante acompañado por su pareja sentimental, el catalán Eduard Planas. Sus palabras, pronunciadas con una ostensible carga emotiva, sacudieron las altas esferas de la Iglesia católica: “Quiero que la Iglesia y mi comunidad sepan quién soy: un cura homosexual, feliz y orgulloso de su identidad. Estoy dispuesto a pagar las consecuencias, pero es el momento de que la Iglesia abra los ojos frente a los homosexuales creyentes y comprenda que la solución que les propone, la abstinencia total de una vida de amor, es inhumana”.

Conversamos en el patio de una librería-café del centro de Barcelona. Desde que la Iglesia lo despidió, Charamsa reside en la capital catalana junto a su pareja. Tiene el rostro sonriente y una mirada diáfana. Viste pantalones jeans, camisa lila y chaqueta azul. Quiere saber si haremos fotos antes o después de la entrevista. “Mejor antes —dice, en correcto español, con acento italiano—. Hace mucho calor. No quisiera parecer un mártir en su artículo”. Posa sosteniendo un ejemplar de La prima pietra (La primera piedra), su libro testimonial, publicado en italiano y polaco y próximamente en español.

—Primero tuve que salir del armario de mí mismo —dice Charamsa—. Me di cuenta de que no podía más. No podía continuar en silencio siendo cura. Porque cada cura católico que no lucha, que no denuncia las falsedades de la doctrina católica sobre la homosexualidad, colabora con esta doctrina. Una doctrina inmoral, inhumana y antievangélica.

—Según sus palabras, la Congregación para la Doctrina de la Fe es “el corazón de una homofobia paranoica e irracional”. Usted formó parte de esta congregación durante doce años. ¿Cómo fueron esos años?

—De mucho sufrimiento. La primera fuente de sufrimiento para un homosexual es la negación de su ser, de su identidad, de su orientación sexual. Nosotros no somos ángeles, somos personas humanas. Mis colegas heterosexuales pueden pensar, decir quiénes son y cuáles son sus deseos. Yo, como homosexual, no podía. Lo esencial no es si somos célibes o no, porque la sexualidad madura no depende de si estás en pareja, lo importante es cómo tú vives tu identidad.

Se describe a sí mismo como activista, pensador, feminista y defensor de los derechos de las personas LGBTIQ (lesbianas, gais, bisexuales, transexuales, intersexuales, queer). Durante la conversación, hay dos palabras que Charamsa repite varias veces: “Mi Iglesia”. Lo hace con una mezcla de afecto y pesar. Sentado ante una mesa de hierro, mientras toma pequeños sorbos de una bebida fría, el exsacerdote polaco —filósofo, teólogo y bioético— enumera y describe los tipos de sufrimiento que provoca la homofobia.

—Son tres: personal, social y eclesial. La homofobia nos lleva a la falta de estima por nosotros mismos. Yo me he odiado toda la vida. Desde que supe por parte de mi Iglesia lo horrible que es la homosexualidad, y me daba cuenta de que soy homosexual, me sentí sucio, malo, diabólico. A nivel social, cuando las minorías sufren, sufre toda la sociedad. Cuando se lucha por los derechos de una minoría, se lucha por los derechos de todos, y cuando se elimina el sufrimiento de una parte de la humanidad, se elimina el sufrimiento de todos. Que mi Iglesia no lo entienda, que use su poder machista y patriarcal sobre las masas, como lo han hecho en las calles de Bogotá, y como lo han hecho en Francia o en Italia, apoyando protestas de rechazo colectivo hacia una minoría, es ir contra el evangelio, contra la religión y contra Dios. Muchísimos gais, lesbianas y transexuales tienen un sentido espiritual muy fuerte. Cuando están en la Iglesia se sienten en casa. Pero son rechazados en nombre de Dios. Es como estar en casa de tu madre, y que tu propia madre corra detrás de ti con un cuchillo porque quiere matarte. Esto es lo que viven estas personas en la Iglesia.

—Si todos los curas homosexuales decidieran seguir sus pasos y hacer pública su orientación sexual, ¿nos sorprenderíamos?

—Sí. El clero está lleno de homosexuales. Muchas personas homosexuales tienen una gran sensibilidad religiosa. Y en el pasado, en la cultura cristiana, tanto en Europa como en América Latina, el celibato sacerdotal era un refugio para los homosexuales. Cuando un hombre no se casaba, la familia se preguntaba qué hacer con él, ¿cuál era la solución? Que se haga cura. Así se realizaba socialmente, porque en nuestras culturas los curas gobernaban la sociedad.

—¿Hay tantos homosexuales como homófobos en el clero?

—Así es. No es un misterio que muchos homosexuales tienen una homofobia interiorizada. Muchos curas viven un complejo terrible. Cuando odias la homosexualidad y dentro de ti sientes algo, empiezas a tener miedo y odio por ti mismo. No quieres explorar esa parte de ti, porque es una enfermedad, es un pecado. Lo digo en mi libro, la Iglesia católica debe empezar a estudiar cuántos homosexuales tiene el clero.

—En 2005, Benedicto XVI firmó una Instrucción que prohíbe la admisión de homosexuales en el sacerdocio. Según el documento, la Sagrada Escritura presenta los actos homosexuales como pecados graves, inmorales y contrarios a la ley natural.

—No hay ni un solo punto en la Biblia cristiana que rechace la homosexualidad tal como la conocemos hoy. ¿Cómo puede ser, si ni siquiera nuestros abuelos tenían una mínima idea de lo que era? Cuando se escribió la Biblia, en otro tiempo y en otra cultura, no existía el concepto de orientación sexual. Tampoco existía el concepto de heterosexualidad. Hay algunos fragmentos en el Antiguo Testamento y en el Nuevo Testamento, especialmente las páginas sobre Sodoma, que parece que dicen algo sobre la homosexualidad, pero no es así. Es un gran error de la tradición de la Iglesia. Lo hemos hecho antes. Cuando se luchaba para eliminar la esclavitud, buscamos todos los argumentos bíblicos para tener esclavos. También buscamos argumentos bíblicos para demostrar la inferioridad de las personas negras y de las mujeres. Hoy lo hacemos con gais y lesbianas. Con las lesbianas aún más, porque son lesbianas y mujeres, doblemente culpables. Aquí se ve la fuerza diabólica de un sistema de poder que no tiene nada que ver con la Biblia.

—¿Cree que la Iglesia católica puede ser un obstáculo para algunos estados que proponen leyes a favor de los derechos de las personas LGBT?

—Lo es. Es un obstáculo para el reconocimiento de los derechos humanos, para la eliminación de la discriminación y de la violencia, para la maduración de la mentalidad y el conocimiento de la gente. La Iglesia quiere que se mantenga la ignorancia sobre temas como la sexualidad, el matrimonio, la familia y sobre la consciencia individual.

—El papa Francisco ha dicho que “con los chicos no se juega”. En abril de 2014 pidió perdón por los casos de pederastia que involucran a sacerdotes de la Iglesia y dijo que las sanciones deben ser fuertes. ¿La Iglesia católica está actuando con justicia en estos casos?

—No. ¿Qué se ha hecho en Polonia con la pedofilia? Nada. ¿Qué ha hecho el papa Francisco con el arzobispo Wesołowski? Ha permitido un entierro de diez días, que empezó en el Vaticano y terminó en Polonia. En su entierro leyeron una carta en la que Wesołowski decía que las acusaciones en su contra eran un invento de la mafia de la República Dominicana, que él no había hecho nada. Bajo el pontificado del papa Francisco, Wesołowski, que era un delincuente y un criminal, ha ganado. ¿Quién se preocupó por los niños dominicanos abusados? El papa Francisco tiene buenas intenciones pero, ¿la Iglesia lo sigue? Mis colegas lucharon para que Wesołowski fuera enterrado con todos los honores, con su anillo, con toda su dignidad, como si fuera un santo. Y yo me pregunto, ¿el papa Francisco lo sabe?

—El papa Francisco también ha hablado sobre el derecho de los niños a crecer en una familia, con un padre y una madre. ¿A las parejas del mismo sexo se les debe prohibir adoptar niños?

—El niño tiene derecho al amor. Este es el deber de los padres. Estudios científicos han demostrado que la orientación sexual de los padres no determina ninguna diferencia. Mi Iglesia utiliza a los niños para mantener las emociones negativas de la gente, y esto funciona muy bien. Un niño no sufre por tener dos padres o dos madres, sufre por la sociedad que los rechaza. Todos buscamos la misma cosa. Buscamos el amor. Y el amor es un arte de la diversidad.