Las promesas ambientales de Obama, en el aire

Con la llegada de Trump a la Presidencia de Estados Unidos, los compromisos verdes de ese país se vuelven más difíciles de cumplir. El tránsito a las energías limpias y el acuerdo de cambio climático, que fueron grandes logros de este mandato, estarían en la cuerda floja.

Barack Obama en el Congreso Mundial de la Naturaleza en Hawái, donde aplaudió la ampliación del santuario natural de Papahanaumokuakea, clave para el equilibrio ambiental del planeta. AFP

El legado ambiental del presidente Barack Obama comenzó a evaporarse desde el momento en que Donald Trump ganó las elecciones de Estados Unidos. Obama ha dedicado los últimos cuatro años de su mandato a construir una agenda ambiental agresiva enfocada en reducir la dependencia del país de los combustibles fósiles, impulsar las energías limpias y dar la pelea, como líder global, para enfrentar los efectos devastadores del cambio climático.

Esos puntos fueron los que tocó Obama en el artículo científico que redactó para la prestigiosa revista Science el pasado 9 de enero. Con esa publicación se convirtió en el primer presidente de Estados Unidos en aparecer en una revista académica de ese calibre. Su nota titulada “El irreversible momento de la energía limpia” era un llamado a su sucesor Donald Trump (de frente y con nombre propio) para que no deshaga sus tres logros ambientales más grandes.

Uno de ellos, como explicó para Science, es enterrar, de una vez por todas, el falso argumento de que la mitigación de gases de efecto invernadero (GEI) impacta negativamente en el crecimiento económico de Estados Unidos y la calidad de vida de sus ciudadanos. En cambio, puede aumentar la eficiencia, la productividad y la innovación. “Concretamente, las emisiones de CO2 del sector energético se redujeron 9,5 % entre 2008 y 2015, mientras que la economía creció más del 10 %”, aseguró Obama.

Pero más allá del caso macroeconómico, otro logro ha sido que las empresas han llegado, poco a poco, a la conclusión de que la reducción de emisiones de CO2 y el tránsito a las energías limpias no sólo son buenos para el medioambiente, sino que son útiles a la hora de reducir los costos, ofrecer más empleo y dar mejores resultados a los accionistas. Algunos ejemplos son visibles: Alcoa, la tercera empresa más grande del mundo en producir aluminio, se fijó la meta de reducir la intensidad de GEI en un 30 % para el 2020 y General Motors está trabajando en menguar la intensidad energética de las instalaciones en 20 % para el mismo año.

Como escribió el mandatario refiriéndose al Informe del Departamento de Energía de Estados Unidos publicado la semana pasada, “2,2 millones de estadounidenses están empleados en el diseño, instalación y fabricación de productos y servicios de eficiencia energética. Esto se compara con los 1,1 millones de estadounidenses que se emplean en la producción de combustibles fósiles”.

Sin embargo, voltear la matriz energética de Estados Unidos (el mayor emisor de gases contaminantes a la atmósfera después de China) no es un salto repentino. El sector eléctrico estadounidense, que es la mayor fuente de emisiones de la economía del país, se está transformando. En 2008, el gas natural representó el 21 % de la generación de electricidad en Estados Unidos y hoy representa el 33 %. Y aunque las emisiones de metano de la producción de gas natural no son enteramente limpias, sí desincentivan la construcción de plantas de carbón y dan pasos pequeños pero determinantes para hacer las energías renovables una realidad.

Según Bloomberg New Energy Finance, 2015 fue un año récord para la inversión en energía limpia, pues atrajo el doble de capital global que los combustibles fósiles. Google, por ejemplo, anunció el mes pasado que en 2017 planea alimentar el 100 % de sus operaciones a punta de energía renovable y Walmart, la tienda minorista más grande del país, se propuso obtener el 100 % de su energía de renovables en los próximos años. “Las empresas de energía solar y eólica ahora emplean a más de 360.000 estadounidenses, en comparación con alrededor de 160.000 estadounidenses que trabajan en la generación de carbón”, sostuvo Obama.

Aunque Trump tiene lazos profundos con las industrias del petróleo y del carbón, es probable que su declive sea inexorable, como lo aseguró para Science Obama con optimismo. Frente al logro de cambio climático le dijo a su sucesor que si se retira del acuerdo mundial firmado en París “perderían su lugar en la mesa” de la política climática mundial. “Esto no significa que la próxima administración necesite seguir las mismas políticas”, recordó Obama, “existen múltiples caminos y mecanismos para lograrlo”.

Pero el panorama no es muy alentador sobre la posición que adoptará Trump frente al cambio climático, pues lo ha descrito como un engaño y prometió sacar a los Estados Unidos del acuerdo negociado en París en 2015. En una entrevista con el New York Times en noviembre, sin embargo, dijo que mantenía una mente abierta sobre si retirarse del acuerdo.

Desde tiempo atrás no ha concordado con la abrumadora evidencia científica sobre el calentamiento global. Ya había trinado en 2012 que “el concepto de calentamiento global fue inventado por los chinos para lograr que la industria norteamericana dejara de ser competitiva” y que “está helando y nevando en Nueva York. Necesitamos el calentamiento global”. Como si fuera poco, el sucesor de John Kerry, secretario de Estado, es Rex Tillerson, director ejecutivo de la multinacional petrolera ExxonMobil.

Y así, mientras Trump se prepara para llegar al poder, Obama se ha dedicado a enviarle dardos desde un formato poco usual como las revistas académicas que le recuerdan sus doce años como profesor de derecho constitucional de la Universidad de Chicago. Ya lo había hecho para la revista Harvard Law Review cuando habló acerca de la reforma de la justicia penal y también para el New England Journal of Medicine defendiendo su ley para transformar el sistema de salud. Ahora, con la publicación en Science intenta que el cambio climático y la preocupación ambiental sigan teniendo eco en la agenda norteamericana, aunque probablemente esté hablando con un sordo de la ciencia.