Proteger al cristianismo: tarea mundial

El escritor Daniel Rondeau dice que las armas de destrucción del EI son el miedo y el ataque a las raíces sociales. La democracia europea es responsable del desastre de las religiones minoritarias.

 ¿Cuáles son las verdaderas armas del Estado Islámico (EI)? ¿Por qué se preocupa por destruir —y traficar— los monumentos que sustentan la historia de Irak y Siria? Desde los primeros ataques a Hatra, Nimrud y Mosul, el EI ha reivindicado un profundo odio hacia las religiones que precedieron al islam y a todas aquellas en cuyos postulados se incluyan la paz y la convivencia entre diversos grupos. La convivencia no va con el EI; la dictadura, en cambio, es muy de su gusto. El escritor francés Daniel Rondeau —exembajador y autor de Veinte años y más: un diario— dice en un ensayo publicado por Le Monde que el EI no ha inventado nada: que sus métodos son idénticos a los del totalitarismo.

¿Por qué, entonces, sobreviven esos métodos? En el siglo pasado, Europa pasó por muchos tipos de totalitarismo; quizá la estructura política se segregó en ciertos países y en otros simplemente se quebró, pero el trasfondo —la idea misma del miedo y del poder como una forma de control y no de creación colectiva— siguió en pie. El EI es en buena parte heredero de una tradición de terror que proviene de la misma Europa y que, incluso hoy, bajo disfraces muy distintos, pervive. “De cara a los rebeldes en el Líbano, ellos (la comunidad europea) sostuvieron a Hafez Al-Assad, maestro del terrorismo internacional, y ahora quieren tumbar a Bachar, que ha renunciado al terrorismo y reconocido al Líbano. Ellos crean vacíos donde prosperan las mafias islámicas con ambición de califato. Nuestro acción (francesa) en Malí sucede de un mejor modo, pero ¿producirá paz?”.

Con esa perspectiva, resulta casi imposible señalar a un solo culpable. El responsable directo es el EI, pero ¿qué tanto tiene que ver el ejército estadounidense que, desde su entrada a Irak en 2003, expolió parte de su patrimonio cultural, aún no recuperado? También las grandes potencias son responsables de esa pérdida cultural, dado que su mirada hacia la región ha estado embarazada de olvido, segregación y estigmas. Occidente ha decidido que el islam es uno solo y que está encaminado, todo él, a la destrucción masiva de las expresiones religiosas ajenas. Nada más falso, sugiere Rondeau. “Hace mucho tiempo los cristianos de Oriente se encuentran en pena y mientras tanto preferimos mirar hacia otro lado —escribe—. ¿No son tan elegantes para nuestros rituales de compasión democrática?”.

Por eso, Rondeau demanda más atención y, sobre todo, una pronta protección de los bienes culturales tangibles e intangibles. Todos aquellos, desde cierto ángulo, tienen que ver con la religión. Por eso, Rondeau rescata el origen de las religiones minoritarias del Medio Oriente —coptos, maronitas, griegos ortodoxos, griegos católicos y melquitas, por ejemplo—, que provienen del cristianismo y que han dado sustento a muchas de las creencias actuales de las religiones más extendidas. “Así seamos creyentes —cristianos, judíos, musulmanes— o no, debemos preguntarnos cuál sería el rostro del mundo si aquellos que han impulsado durante dos mil años esta historia invisible desaparecieran”. Toda la herencia intangible que poseen estas religiones, dice Rondeau, supera con creces el patrimonio material. El EI puede destruir, con toda certeza, las esculturas y los templos; no está a su alcance, sin embargo, destruir una tradición oral y espiritual, que va de boca en boca y que tiene que ver más con la formación compartida de una sociedad. A menos que el EI, como ha hecho, ataque directamente a la población.

“Sabiduría —escribe Rondeau—: esos cristianos han aprendido a vivir con el islam, dentro de sus fronteras o al interior de sus tierras. Han creado en ocasiones las condiciones para un diálogo espiritual con el islam y han inventado una diplomacia de coexistencia día a día. La cruz lanza sobre las ciudades de Oriente una sombra que favorece las reconciliaciones imposibles”. Ese valor, que resulta esencial para la comprensión del islam, es también esencial para la situación actual de conflicto, en una zona donde, como en otras partes del mundo, hay quienes simplemente no comprenden a su vecino y prefieren la violación de sus derechos al mero respeto de su libertad.

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