Protestas en Brasil: la primera victoria de los 20 céntimos

Si es cierto que menos es más, la primera victoria real de la protesta callejera brasileña ha empezado por lo más pequeño.

    Manifestantes participan en una protesta en la calle principal Amaral Peixoto de la ciudad de Niterói, ciudad vecina a Río de Janeiro (Brasil). /EFE/
Manifestantes participan en una protesta en la calle principal Amaral Peixoto de la ciudad de Niterói, ciudad vecina a Río de Janeiro (Brasil). /EFE/

Un menos que tiene un enorme valor simbólico, porque había sido la mecha que hizo prender el fuego. Tanto, que llevó de cabeza estos días a las autoridades públicas de Brasil, temerosas de ceder a una protesta sin líderes que podría ponerlos de rodillas ante los gritos de la calle.

Primero aseguraron que no era posible volver atrás. Después, que el Congreso debía aprobar una ley para exonerar de no sé qué impuestos. Al final, la rendición.

Ganaron los 20 céntimos. La protesta forjará ahora un camino para que todas las demás ciudades sigan el ejemplo, aunque es solo el primer paso. Una pancarta decía el miércoles: 'País desarrollado no es aquel donde los pobres tienen coche sino donde los ricos usan los transportes públicos'.

Ahora exigirán la calidad de los medios de transportes, la seguridad de los que los usan, la puntualidad de sus horarios y el respeto a la dignidad de los ciudadanos que los usan, ya que a veces parecen transportar ganado y no personas.

Varios expertos en movimientos de masas están afirmando que las reivindicaciones de un movimiento de protesta sin nombre, ambulante, con un rosario de exigencias en sus manos va a seguir y está llamado a crecer.

Llegarán otras peticiones, que irán desde lo que los pobres sin seguro privado sufren en los hospitales o la precariedad de las escuelas públicas, al cáncer de la impunidad que solo lleva a la cárcel y con rapidez a los sin nombre y deja libres a los que les sobra nombre y poder para burlar la ley.

Será importante ahora observar la reacción de esas masas a su primera victoria, así como la de los dirigentes políticos a lo que algunos considerarán una debilidad.

Ni el movimiento podrá querer cortar etapas ni embriagarse con su primera pequeña gran victoria, ni los administradores públicos pueden ahora sentarse tranquilos a beber una cerveza convencidos que con ese regalo han saciado el hambre del monstruo

Paradójicamente, esa victoria podría fortalecer el movimiento como debilitarlo y es un banco de prueba para los responsables políticos que deberán saber demostrar cuándo pueden y deben escuchar esas reivindicaciones y cuándo no.

De ese difícil equilibrio del que camina por encima de un hilo tenso dependerá que lo que aún no tiene nombre como fenómeno de protesta, y que es típicamente brasileño, sea capaz o no de ofrecer algo nuevo e inédito, una nueva primavera, o si todo acabará en agua de borrajas en las que acaben ahogándose los pobres y a la vez ricos 20 céntimos de la discordia.

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