Putin: el hombre que no pierde

El presidente ruso ha anunciado medidas para combatir el dopaje que su mismo gobierno promovió y por el que 68 atletas rusos fueron apartados de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro. Todo para acallar las acusaciones en su contra.

Vladimir Putin ha estado al frente de Rusia, como primer ministro o como presidente, desde 1999. / EFE
Vladimir Putin ha estado al frente de Rusia, como primer ministro o como presidente, desde 1999. / EFE

Decir que el presidente ruso, Vladimir Putin, no pierde no es una exageración, es una realidad. Putin se enfrenta en este momento a un nuevo escándalo, a raíz de la exclusión de 68 atletas rusos de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro al descubrirse una larga red de dopaje que involucra a altos funcionarios del gobierno ruso. Pero es muy probable que él salga indemne y fortalecido de este vendaval. No sería la primera vez. Ya tiene callo.

Ante el anuncio de la decisión del Comité Olímpico Internacional de excluir a los 68 atletas, entre ellos la plusmarquista Yelena Isinbáyeva, Putin ha dado mensajes encontrados: por un lado ha denunciado “injerencias políticas” en el fallo, lo que ha sido entendido como una acusación velada contra el gobierno de los Estados Unidos, y, por el otro, ha anunciado varias medidas contra el dopaje que, según el informe McLaren, en el que se basó el COI, fue promovido por el mismo gobierno ruso para vencer a sus rivales en los Juegos Olímpicos de Invierno, celebrados en Sochi (Rusia), en 2014.

El pasado 18 de julio Putin sostuvo que con el informe McLaren se daba una nueva era de “injerencia de los políticos en el deporte” y que el objetivo de todo esto no era otra cosa que “convertir el deporte en instrumento de presión geopolítica y para formar una imagen negativa de países y pueblos”. Al final dijo que el movimiento olímpico, “que juega un gran papel unificador para la humanidad, se encuentra de nuevo al borde de la división”.

Ayer, el presidente ruso indicó, sin embargo, que “la postura oficial de las autoridades rusas, el Gobierno y el presidente, de todos nosotros, radica en que en el deporte no hay y no puede haber sitio para el dopaje. El deporte debe ser limpio”.

Anunció entonces la creación de una comisión independiente que investigue y atienda las denuncias por dopaje en el interior del deporte ruso. Un grupo de expertos que va a ser encabezado, dijo Putin, por el ruso Vitali Smirnov, la persona con la mayor cantidad de años en el COI.

Se trata de una maniobra para evitar las posibles consecuencias del fallo del COI. Se ha hablado, incluso, de la posibilidad de que Rusia boicotee los Juegos Olímpicos, recordando lo sucedido en los Juegos de Moscú 1980 y Los Ángeles 1984. Aunque el portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, dijo el pasado 20 de julio que “esa opción no está en la agenda”.

Sin embargo, es seguro que el gobierno ruso no se va a quedar con las manos cruzadas, sobre todo por la importancia que Putin le ha dado al deporte como parte de su imagen.

Basta recordar la cantidad de dinero que gastó en los Juegos Olímpicos de Sochi: 37.000 millones de euros, la mayor cantidad de dinero gastada en un evento deportivo como ese. La cifra generó protestas de quienes consideraban que ese dinero podía haber sido invertido en otro rubro. Pero no. Sin mencionar que Sochi, una localidad cercana al mar Negro y reconocida como destino turístico, no tenía, antes del evento, ninguna instalación deportiva. Sin embargo, Putin se fue hasta el fondo con sus intenciones de hacer el evento allí.

Pero no bastaba con eso: la delegación rusa tenía que imponerse. Y así fue. Lo hizo con 33 medallas, 13 de ellas de oro, por encima de las delegaciones de Noruega, Canadá y Estados Unidos. Pero hubo dudas por parte de algunos expertos. Y esas dudas llevaron a que, en 2015, se iniciara una investigación para esclarecer lo sucedido.

El resultado fue el informe McLaren, de 103 páginas, que dejó claro que el gobierno ruso había implementado un sistema de dopaje y encubrimiento para que la delegación rusa se impusiera.

Igualmente, que eso venía ocurriendo desde los Juegos Olímpicos en Vancouver (Canadá), en 2010, sólo que en 2014 se convirtió casi en una política estatal, aunque desde Moscú se han dedicado a presentar el hecho como responsabilidad de algunas personas, de algunas “manzanas podridas”. Al final, Sochi fue una victoria descolorida.

Ahora Rusia se prepara para un nuevo evento de grandes proporciones: el Mundial de Fútbol de 2018. Otra prueba de la importancia que Putin le ha dado al deporte para impulsar su país. Y, a la vez, para impulsar su propia imagen: la de un exagente secreto de la KGB que es capaz de cualquier cosa, que no tiembla.

El gobierno ruso se ha jactado, en reiteradas ocasiones, de las habilidades deportivas de Putin. El presidente ruso practica artes marciales, monta a caballo, esquía, juega bádminton y hockey y es un reputado pescador. Son muy comunes las fotos en las que se lo ve practicando algún deporte o con el torso descubierto o pescando lucios de 21 kilos. Incluso hay un calendario con fotos suyas.

De esa forma, Putin ha creado la imagen de un hombre fuerte. Y ha triunfado. Su popularidad, en casi 16 años que lleva al frente del país como primer ministro o como presidente, nunca ha estado por debajo del 50 %. Aun pese a los escándalos que ha vivido durante su gestión. Putin ha salido avante de crisis como la generada en 2002 con la toma del teatro Dubrovka, en Moscú, que finalizó con la muerte de 130 personas, entre secuestradores y rehenes.

De la misma forma ha salido indemne de los cuestionamientos por violaciones a la libertad de expresión y por sus ataques en contra de la comunidad LGBTI. Algunos, incluso, han acusado a Putin del asesinato de su mayor opositor: Boris Nemtsov, en 2015.

Pero nada de esto ha hecho mella en su popularidad, a tal punto que se ha convertido en un fenómeno cultural. En un aparte del informe McLaren se hace una afirmación que lo ejemplifica a la perfección. Un autor citado por el informe asegura que, pese a que los medios de comunicación y la sociedad en general se han dedicado durante años a hablar del paso de Putin por la central de inteligencia rusa, la KGB, pocos hablan de sus actuales vínculos con esta. Como si no se pudiera ir más allá de la imagen que Putin construyó para entronizarse en el poder: la de un hombre que nunca pierde.

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