¿Quién gana con el acuerdo nuclear?

Aunque las partes cantan victoria, es necesario analizar la situación que enfrentan después de lo acordado en Viena.

Hasán Rouhani /AFP

Cuando un pacto de esta magnitud se firma, es lógico que todas las partes canten victoria. Pero más allá de los discursos triunfalistas, se puede analizar la situación que enfrentan los principales interlocutores tras la firma del pacto. Esto teniendo en cuenta que para valorar el alcance real y el cumplimiento de lo firmado en Viena hacen falta meses o años.

La Casa Blanca priorizó el acuerdo nuclear con Irán, por encima de la búsqueda de una solución al conflicto israelí-palestino (que Obama también intentó, en vano) y en paralelo a la lucha contra el Estado Islámico en Siria e Irak. Poner fin a 35 años de tensión con el país persa a través del multilateralismo y la diplomacia aparece como uno de los pocos logros en la política exterior de Barack Obama en Oriente Medio. Y no sólo un logro para EE.UU., sino que existe un amplio consenso mundial sobre la conveniencia de llegar a un acuerdo que, como dijo Obama, podría ser la puerta para disminuir la proliferación nuclear en la región.

Pero este logro tiene algunos matices. Los principales aliados de EE.UU. en Oriente Medio, que son Israel y Arabia Saudita, no están muy conformes con la firma del acuerdo. En este caso ambos encuentran un punto en común: antes y después del pacto ven a Irán como una amenaza existencial. Israel, por un lado, ve al país persa como el patrocinador del terrorismo que pretende acabar con la existencia de su Estado, a través de milicias como Hizbullah y Hamas. Arabia Saudita, por el otro lado, ve a Irán como el patrocinador de las milicias chiíes que amenazan la gobernabilidad de Yemen y podrían también atentar contra la monarquía saudí. De hecho, los saudíes ya lideran una intervención, sin el visto bueno estadounidense, contra esas milicias en suelo yemení y con el apoyo de sus aliados sunníes en el Golfo. Altos funcionarios israelíes y saudíes han criticado el pacto y manifestado públicamente su inconformidad frente al mismo.

La Casa Blanca, entonces, tiene el reto de demostrar que la firma del acuerdo nuclear con Irán no afectará el irrestricto apoyo económico, político y militar que ha mantenido con Israel, ni los millonarios negocios de armas y petróleo que mantiene con Arabia Saudita. Hasta ahora, el gobierno Obama ha sido muy cauteloso en demostrar que el pacto no altera la relación con estos estados. Ganar un aliado como Irán y perder dos como Israel y Arabia Saudita no significaría logro alguno. Por ahora, a pesar del pacto, Irán sigue dentro de la lista estadounidense de países patrocinadores del terrorismo y, hasta donde se conoce, no se ha planteado la posibilidad de restablecer relaciones diplomáticas con Teherán y abrir embajadas. El acuerdo, en teoría, no implica un nuevo enfoque de las relaciones estadounidenses en Oriente Medio. Sin embargo, el acercamiento entre Washington y Teherán implica que el gobierno estadounidense no tendrá una posición muy cómoda, por ejemplo, cuando se trate de respaldar a Israel ante las frecuentes declaraciones de sus líderes sobre la “amenaza nuclear iraní” o la capacidad del país persa para borrar del mapa a Israel.

Irán es a primera vista el que más gana con el pacto. Después de casi una década de sanciones económicas en su contra, el levantamiento de las mismas reubicaría al país dentro de las mayores potencias económicas de la región y le aseguraría de nuevo un lugar importante en el mercado energético internacional (Irán tiene las cuartas mayores reservas de petróleo del mundo). La principal presión para que los iraníes se sentaran a negociar era el levantamiento de las sanciones en su contra, estas eran la causa del debilitamiento económico del país y el consecuente malestar de la población. Por eso, para el gobierno de Hasán Rouhani acordar el progresivo levantamiento de las sanciones implica un triunfo político, a pesar de algunos sectores de oposición que rechazan la negociación con el P5+1.

El acuerdo también supone para Irán una victoria en el ajedrez regional, especialmente frente a Arabia Saudita e Israel. El Estado que era considerado un enemigo de Occidente desde la Revolución Islámica de 1979, ahora tiene la confianza de Washington y dejará de ser percibido como una amenaza nuclear. Ese cambio en la identidad del país persa, sumado a la influencia que tiene en otros países como Siria y Líbano y en la población chií en general, le puede generar mayores oportunidades para servir como interlocutor cuando se trata de solucionar los problemas regionales, por ejemplo para detener el avance del Estado Islámico.

En términos más realistas, y suponiendo que Teherán planea cumplir a cabalidad lo pactado con el P5+1, aún así el país persa se enfrenta a una convulsa región donde hay carrera armamentista y proliferación nuclear. La distribución del poder militar lo puede llevar a incumplir el pacto. Por un lado, tiene a su archienemigo, Israel, donde se asume que hay un programa de armas nucleares no declarado, aunque el Estado mantiene una política ambigüa al respecto y no niega ni afirma la existencia de ese programa. Por el otro lado están los avances nucleares de Pakistán, India y China (Arabia Saudita también ha contemplado iniciar un programa nuclear con fines militares). Ante este panorama, la opción de desarrollar armas nucleares no deja de ser un atractivo para Irán, que debe plantearse su estrategia de defensa o capacidad de disuasión frente a sus vecinos.

Por eso, no es tan fácil creer que Irán cumplirá a cabalidad lo pactado con el P5+1, a pesar de las recientes declaraciones de los líderes persas. Y existen por lo menos dos razones para ser pesimista. Primero, el discurso iraní ha sido incoherente con sus acciones. Irán ratificó el Tratado de No Proliferación Nuclear en 1970 y siempre ha asegurado que su programa se desarrolla con fines civiles, pero esto ha sido desmentido por evidencias presentadas por agencias de inteligencia y otras organizaciones. La revelación más reciente fue en 2002, cuando el Comité Nacional de Resistencia Iraní presentó pruebas sobre la existencia de nuevas plantas nucleares en suelo iraní. Desde entonces, mediante informes y comunicados, la Agencia Internacional para la Energía Atómica (AIEA) ha advertido sobre las pocas garantías para asegurar que Irán no esté desarrollando en secreto armas nucleares. A pesar de esto, después del acuerdo Irán conserva su derecho a la utilización de energía nuclear con fines civiles.

Segundo, no existen precedentes históricos por los cuales se pueda pensar que Teherán va a implementar el acuerdo después de negociar con EE.UU. Un oscuro precedente en las negociaciones de EE.UU. para neutralizar la capacidad nuclear de otros estados es el acuerdo marco al que llegó con Corea del Norte en 1994, tras una crisis que estalló cuando Pyongyang rechazó inspecciones de la AIEA y despertó sospechas internacionales, según las cuales el país tenía más plutonio que el declarado. Norcorea se comprometió a congelar su producción de plutonio, a cambio de 10 años de entregas de petróleo pesado y de la construcción de dos plantas nucleares generadoras de electricidad, patrocinados por un consorcio liderado por EE.UU. Entre 1998 y 2008, Pyongyang parecía cumplir sus compromisos y se benefició con alrededor de US$8 billones por parte de Corea del Sur, que pretendía mejorar las relaciones bilaterales.

Sin embargo, como han explicado los autores Sue Mi Terry y Max Boot, Pyongyang no sólo chantajeó a sus vecinos del sur, sino que hacía trampa antes y después del acuerdo con Washington. Congeló su programa de producción de plutonio en 1994, pero a la vez empezó a enriquecer uranio con asistencia técnica paquistaní. Poco más de una década después, las relaciones entre EE.UU. y Corea del Norte están por el piso. Las amenazas bélicas son frecuentes por parte de Pyongyang, que ha desafiado las prohibiciones y sanciones internacionales y ha hecho pruebas nucleares y de misiles balísticos.

De todo lo anterior se desprende que, a pesar de que las partes canten victoria, es demasiado pronto para determinar si hay un verdadero ganador y si el acuerdo pasará a la historia como un paso hacia la seguridad mundial o si, como dijo el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, se trata de un “error histórico”.

 

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