“Quiero devolver la paz a mi país”: Joven eritrea

Anna es una joven eritrea que tuvo que huir de su país. Fue asaltada en Sudán, por poco pierde la vida en el mar Mediterráneo y finalmente llegó a las costas italianas.

Anna (der.) se encuentra en el centro de recepción de Pozzallo, Sicilia. / Alessandro Penso
La primera vez que Anna trató de salir de Eritrea todavía era una niña. Fue arrestada y encarcelada; en la prisión la ataron y golpearon. Tras su liberación comenzó a elaborar el plan perfecto para salir del país. “Escapar de Eritrea no es ninguna broma”, afirma. “Quienes tratan de huir corren el riesgo de ser ejecutados”. (Vea: El sueño truncado de un futbolista sirio)

Anna tenía sólo 16 años cuando logró cruzar la frontera a la vecina Etiopía. Permaneció allí cinco años con la esperanza de obtener el permiso para reunirse con su madre en Israel, pero sus solicitudes fueron repetidamente rechazadas. Finalmente decidió salir de allí para embarcarse en el largo y peligroso viaje a Europa.

La parte más difícil del trayecto fue en Sudán. Tras caminar durante 13 horas sin parar consiguió subir a una camioneta en la que ya iban otras 25 personas. Sentía las piernas paralizadas. En el desierto, traficantes interceptaron el vehículo, los obligaron a desnudarse en busca de dinero y objetos de valor. Les robaron todo lo que tenía valor e incluso dejaron a algunas personas sin zapatos.

Anna se aferra firmemente a ejemplos de la Biblia mientras habla. No llora, pero sus ojos se humedecen con lágrimas contenidas. “Tenía miedo”, cuenta. “No sabía si lo lograría. Recé mucho porque confiaba en Dios”.

En Jartum, la capital sudanesa, Anna coincidió con algunas personas que conocía y juntos viajaron a Libia. En la costa mediterránea libia consiguió subirse en un barco de madera junto con 300 personas. Unas horas después de salir, el motor del barco se incendió. Los pasajeros lograron apagar las llamas, pero el motor había quedado inutilizado. Uno de los pasajeros llamó a los servicios de rescate de emergencia, que llegaron nueve horas más tarde y los trasladaron a Pozzallo, Sicilia.

Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), más de 4.000 eritreos cruzan cada mes clandestinamente las fronteras etíopes hacia suelo sudanés.

Anna se encuentra en el centro de recepción de Pozzallo. Como la mayoría de los eritreos que están allí, sabe algunas palabras en italiano, pero es gracias al mediador cultural de Médicos Sin Fronteras (MSF), Negash, que Anna puede contar su historia en su lengua natal, el tigriña.

“Estoy viva y tengo mucha fe en Dios”, afirma Anna. “No sé a dónde voy a ir, tal vez vaya a Bélgica o quizás a Inglaterra, pero sí sé lo que quiero hacer: quiero estudiar ciencias políticas. Quiero trabajar para devolverle algún día la paz a mi país. Tengo un profundo deseo de volver a Eritrea”.

* Colaboración entre Médicos Sin Fronteras (MSF) y El Espectador.

 

Temas relacionados